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Reflexiones en los mordiscos de mi hamburguesa

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09/06/2017
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TEXTO POR MARCELA GIL|FOTO: FRESH FISH

Son las 2:00 PM de un sábado cualquiera. Ustedes decidan si quieren aderezar la historia con una marcha o concentración. Este lugar o, mejor dicho, esta burbuja, pareciera ser indiferente a lo que ocurre afuera Llegamos bajo el placer de disfrutar una deliciosa hamburguesa, quizás una de las mejores que nos hayamos comido. Sabíamos que gastaríamos una pequeña fortuna con la que nos podríamos alimentar durante una semana pero, aún así, decidimos hacerlo pues consideramos que esto forma parte de los pequeños placeres que estos tiempos ameritan para apaciguar todo lo demás. ¡Total! Somos dos adultos, no hay niños de por medio a quienes alimentar ni vestir, no hay colegio que pagar.

Mientras espero que llegue la comida, exploro entre la variedad de cosas que en otros tiempos poblaron mi despensa cotidiana pero que hoy significarían un gasto infinitamente irresponsable, prohibitivo y por supuesto innecesario. Mi visión no deja escapar a los habitué del lugar. Es un ejercicio laborioso. Trato de despojarme de los prejuicios, de las etiquetas y de los estereotipos. Pero, ¡coño! Es que me la ponen bombita. De esto hablaré más tarde.

Una hamburguesa fancy con espárragos y salsa bernesa, se ve engalanada con papas trufadas al borde del plato. Todo se vuelve borroso al hincarle el diente. Olvido lo que me rodea. Recobro el sentido después del primer mordisco. Pienso en mi papá y su deliciosa conversa. Hace unos días hablamos acerca de nuestra cotidianidad en eterna coyuntura. Él es un socialista de formación, un hombre admirable, de valores bien fundados y principios férreos, lleno de amor y muchísima impaciencia.

Él y su novia, desesperados, decidieron mudarse a casa de mi hermana quien reside en Florida. El comunista llegó a la cuna del consumo escapando de la peor época de escasez de nuestro país. Cuando lo visité en diciembre, encontraba en su nevera todo al doble, lo compraba repetido porque “ya se iba a acabar”. Luchaba sin mucho éxito contra esa mentalidad inconsciente de nuestra escasez que migró con él y nos hace previsivos ante la desaparición de algún producto ya no tan vital como la leche o el pan.

En esa ocasión me decía: -Hija, es que la escasez nos ha hecho más prudentes en la abundancia- Me sonó bonita la frase en ese momento. Quizás más prudentes, más conscientes, congruentes, agradecidos y hasta ecológicos a la hora de disfrutar lo que hoy nos falta y donde encontramos mayor placer cuando lo tenemos. Ojalá, de verdad aprendamos algo de lo que vivimos y padecemos unos más que otros. Ojalá dejáramos de ser como somos en Navidad al recibir los aguinaldos: enero inevitablemente llega… Ojalá la mentalidad rentista se desvanezca o al menos se difumine después de que este gran huracán muera.

De vuelta a la hamburguesa

Creo que con los últimos mordiscos de mi hamburguesa y las últimas papas trufadas, esta esperanza se esfuma súbitamente al volver a mi espacio circundante. Aturdida por el ruido y la abundancia del lugar, la exuberancia de la gente y los deliciosos sabores que bailan alegres y despreocupados en mi boca, mil pensamientos vienen a mi cabeza como un tren arrollador: confluimos aquí, en una Venezuela que ama lo irreal, que ama la bonanza y se olvida de la roncha, que aspira a ser algo que no es, pero que deja en claro lo cómoda que puede llegar a ser.

Si algo sabemos hacer es no poner en riesgo nuestra zona de confort. Somos capaces de voltear la mirada para no incomodarnos y disfrazar nuestra realidad con tanta abundancia de fantasía. En este espacio se encuentran cada día y conviven cómodamente aquellos de clase media que nos agarramos con las uñas a conservar un poquito de estatus, que amamos este país y no nos vemos haciendo vida en otra parte, ya sea por romance, por miedo o por lo que sea que nos deje pegados a esta tierra.

También conviven aquellos que conforman la alta sociedad caraqueña, de abolengo, esa que no se conoce por los nombres hasta que se les agrega el apellido, esa que poco a poco pierde los espacios en la ciudad, de la que antes fueron dueños, y que les ha tocado compartir sus privilegios y reducir sus actividades al mínimo para conservar su exclusividad y su élite.

Pero los que más destacan, quizás sean los que mi resentimiento enmarca de forma más prodigiosa y que todos conocemos como la nueva clase social venezolana: la “boliburguesía”, los enchufados o como los quieran llamar, surgida del facilismo, de la inmediatez de la riqueza corrupta, la del dinero mal habido, esa que quiere encajar a fuerza y mostrar todo su poder ante los que otrora los pisaran y denigraran. Parecieran gritar: ¡aquí estamos, somos parte del legado de esta revolución y te lo tienes que calar! Son la representación viva de la venezolanidad actual. Esa que decimos repudiar.

Mientras espero mi deliciosa torta húmeda de chocolate, la que sellará el fin de mi estudio sociológico-empírico-clasista y resentido, además de mi almuerzo de fin de semana, entiendo la gravedad del asunto: hemos sido siempre una sociedad fatua, egoísta y complaciente. Y si bien somos también solidarios, cálidos, divertidos, optimistas y “echaos pa’lante”, no hemos podido escapar de nuestra mala maña de querer ser lo que no somos, de aparentar, de alardear y de plastificar todo lo que nos pasa por delante.

No hablo de lo obvio, del consumo casi ilógico de una cantidad grosera de productos importados en una economía que agoniza y deja a millones sin tener al menos una comida al día o sin poder acceder a los productos básicos de la dieta. Esos que no caben en este espacio. A los que hacemos invisibles y negamos en nuestra reclusión. El que tiene siempre ha tenido y el que no tiene siempre quiere llegar a tener. Sin embargo hoy, no podía desviar mi atención, un día como hoy, donde este lugar se volvió un espacio de convivencia cómplice, de tolerancia (no en el buen sentido), de tregua y enajenamiento de los grupos que decidieron, al menos por un momento, voltear la mirada contra una realidad tan aplastante y avasallante como la nuestra, de cómo podemos convivir en la opulencia, indiferentes a lo que sucede dos cuadras más abajo y nos hacen cómplices irresponsables de la barbarie que afecta a nuestro país. Y de cómo nos toleramos sabiéndonos cómodos y tranquilos.

Me paseo por la culpa, esa que está llena de rasgos mezquinos pero también de empatía. Me mueve entre mis ventajas y la intensión de negar lo real, lo actual. Me lleva también a la conciencia, eso lo valoro, me hace ver mis privilegios y decido que no puedo abusar de ellos, que no puedo ser insensible y sumergirme así no más en un egoísmo individualista.

En mi cabeza late la frase -No saldremos nunca de esto-. La repito sin cesar mientras oigo la campanita de la caja registradora sonar y sonar. ¿Cómo no nos da vergüenza comprar un kilo de arroz con lo que se podría alimentar una familia durante dos semanas? Quizás en una situación “normal” podríamos aceptar mejor estas diferencias, pero hoy la situación amerita que seamos comedidos, tal vez decentes, solidarios o pertinentes. Que la conciencia nos llame para hacer lazo con la empatía.

Termino mi torta húmeda de chocolate, pagamos la pequeña fortuna y salgo de allí con la cabeza llena de angustias, culpa, resentimiento y una tajada de contradicción. ¡Vaya almuerzo! “Estamos rejodidos” le digo a mi esposo, quien enseguida voltea y me mira con cara de ¿y a ésta, que le pasa…?