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¿Es posible escribir sobre cocina y gastronomía desde el dolor?

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19/05/2016
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FOTO: NATE BRELSFORD

Sólo se oyen llantos en medio de un escenario desolado y devastado, con casas destruidas, cables de luz derribados, sistemas de agua corriente inservibles, alto riesgo de epidemias, calles y carreteras y corazones con profundas grietas. El esfuerzo de toda una vida, para la mayoría de la gente, se lo llevó un aciago y sorpresivo terremoto en apenas unos minutos que parecieron siglos

Familiares y amigos que murieron aplastados por los techos y muros derribados ya no están. Ya no se oirán más la risa de los hijos y los nietos jugando en la puerta de la casa, en esa apuesta terrible contra el dictado del destino, en el que, como dijera el novelista y poeta venezolano Miguel Otero Silva en un poema, “mientras los niños mueran, yo no logro entender la misión de la muerte”.

Las tragedias públicas resultantes de un terremoto, de un tsunami, de una guerra, de una fuerte epidemia, trastocan nuestros escenarios habituales, nos dejan con las manos vacías y nos sumergen en la desesperanza. Se ha clausurado el espacio de cocina, destruido el comedor, vaciada la despensa, inservibles los artefactos de cocina, e inexistentes los ingredientes. Sólo hay lágrimas, tristeza y hambre. La familia se ha deshecho y la comida familiar como un acto social cotidiano se ha roto. Haciendo acopio de las fuerzas que nos quedan, debemos reconstruir poco a poco aquella calidez de la que habíamos gozamos, si es que logramos superar con alegría el trauma del pánico y del sufrimiento vivido.

Estoy en Guayaquil, cerca del epicentro del fuerte sismo que asoló las poblaciones costeras ecuatorianas, deteniéndose con saña en la provincia de Manabí, donde ahora vivo, y a la que me aconsejan no regresar.

Yo quisiera seguir camino hacia la casa de Calceta, la pequeña ciudad donde he vivido los últimos meses, y nadie de sus vecinos me responde.

Los diarios y la tele dicen que allí reina la desolación, que no hay luz, ni agua y que las calles están solitarias y los viviendas derruidas. Sólo se ven grupos de socorristas que escarban entre los escombros buscando sobrevivientes y fallecidos. Y grupos de soldados recorriendo las calles para evitar los saqueos de comercios y viviendas, y la llegada de médicos que socorren a los heridos e intentan prevenir las epidemias.

Unos cuantos pobladores, que lo han perdido todo, andan deambulando por las calles, azorados, sin saber bien qué hacer, haciéndose preguntas sin respuestas. En medio de tanta destrucción, uno no se explica cómo alguien puede aprovecharse del dolor y de la tragedia ajena. Robar y especular con el sufrimiento del otro no tiene perdón de Dios.

No obstante, algunos, sin alma, se valen de la carestía para especular con los precios de los productos de primera necesidad en casos de emergencia: agua, harina, arroz, leche, azúcar, aceite, sardina y atún enlatados. En los refugios improvisados, atiborrados de gente necesitada, se come lo que humanamente se consigue y casi no se cocina por la falta de medios, posponiendo la comida de la alegría para otros momentos menos tristes y más propicios.