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Los vinos más irreverentes de Valencia llegan a Venezuela

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29/10/2018
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FOTOS: CORTESÍA ASKAR Y GIULIAMA CHIAPPE

Bodegas Arráez se estrena en el país con vinos diseñados para ser fáciles de beber y con guiños divertidos como sus corchos, a todo color, y sus nombres: Mala Vida, Vividor, Cava Sutra, entre otros

Una bodega de Valencia encontró cómo embotellar la irreverencia y decidió hacer vinos para la gente más traviesa de este planeta. Sus etiquetas reflejan esa filosofía que han convertido en el know how de su negocio. Mala vida, Vividor, Bala perdida, Vivir sin dormir, Canalla y Cava Sutra son los nombres de sus vinos, unos nombres que necesariamente llaman la atención en los anaqueles.

Bodegas Arráez es la empresa que está revolucionando los rígidos estándares del mundo del vino español. Se trata de unos viñedos y una bodega con tradición y 3 generaciones de la misma familia esforzándose en hacer buenos caldos con cepas autóctonas del Levante, donde están ubicados. La diferencia llegó con el nieto, Toni Arráez, quien, después de darse cuenta que todas las bodegas de alrededor hacían vinos “serios” y parecidos y que los “clientes se estaban muriendo”, optó por atender a esos consumidores a quienes los viñedos tenían olvidados: los jóvenes, los fiesteros, esos a los que les dicen irónicamente: “oye, pero qué mala vida llevas tú”.

Pues esos vinos libertinos ya comenzaron a llegar a Venezuela. Los trae Corporación Askar que en un primer lote trae los blancos y tintos Mala Vida y a la etiqueta hermana Calabuig, que son vinos aún más fáciles de beber. En enero, según anticipó Pablo Elexgaray, de  Corporación Askar, se sumarán a los anaqueles venezolanos las marcas Vividor y Canalla, ambos con el sello Arráez.

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Toni -que en realidad tiene el serio nombre de Antonio- Arráez es enólogo y propietario de la bodega valenciana y vino en Caracas para la presentación oficial de los Mala Vida, los Casas de Herencia y los Calabuig. Al escucharlo hablar sobre sus vinos resaltan dos características: primero, está muy orgulloso de su familia y su impronta enológica y segundo, es precisamente el tipo al que están dirigidos los vinos que hace: joven, divertido, que le gusta la fiesta pero que se toma en serio lo que hace. Asumió el liderazgo de Arráez en 2007, en plena crisis económica española y después de 20 años haciendo carrera en otras bodegas de Ribera del Duero y de La Rioja. Y lo que hizo en Arráez lo califica como “una revolución”.

“Si quieres llegar a otro público, hay que hablar en su idioma”, expresa.

 

 

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“No hacemos vinos para estirados” es la primera frase con la que se da a conocer la bodega  y es la columna vertebral de toda la exposición de Toni. Sus vinos son fáciles de beber porque para eso están hechos. Todos están elaborados total o mayoritariamente con cepas autóctonas del Levante valenciano como la Monastrell, Tempranillo, Garnacha Tintorera, Verdil y Moscatel. Si hace falta las complementan con cepas foráneas como Cabernet Sauvignon y Syrah.

En la cata de presentación se degustaron el Mala Vida tinto, el Calabuig blanco y el tinto Casas de Herencia, uno de los más elaborados de la misma bodega y que aún no está en el país. Los tres tienen en común ser muy frutales y con un marcado acento dulce, un claro legado de las cepas Monastrell y Moscatel, autóctonas del Levante valenciano.

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El vino de mamá

El Calabuig blanco se sirvió para armonizar con dos tostadas de sabores distintos, propuesta culinaria del restaurante La Oficina, en Licoteca: Una con parmesano y oliva y otra con un steak tartar, lo que “remarca la premisa de que puede servirse con todo”, dijo Toni, refiriéndose a que rara vez se escoge un blanco para acompañar carnes rojas.

A la vista luce un amarillo brillante y muy claro. En nariz, con la copa quieta, el aroma recuerda a hierbas mientras que, al agitar, surgen los cítricos. En boca la fruta manda y con mucho acento, la manzana verde. Es un vino de tono dulce y fresco, que deja una persistencia frutal agradable en el paladar.

El Calabuig es el vino más amable de la bodega. Está hecho con toda esa intención. Tony dice que es “el vino de mamá” y cuenta que su madre, María Belén, valenciana de pura cepa, siempre acompaña todos los almuerzos y las cenas con vino. Y le pedía que le llevara vinos “no tan buenos” como el Mala Vida o cualquiera de los otros de la marca Arráez.

“Pero, madre, si tienes una bodega, ¿qué te preocupa? Que no se te van a cobrar…”, le respondía él, con su botella de Mala Vida en la mano. 

Pero la madre empeñada en tener un vino suave, “que combinara con todo, que le gustara a todos, que lo pudiera beber cuando quisiera”. Así que Toni creó el Calabuig que es, además, el apellido de su mamá. El blanco está hecho de uva Macabeo y el tinto, de Tempranillo.

La Macabeo es una cepa particular que suele utilizarse en los vinos espumosos. Por eso, da muchísimo frescor a los vinos blancos. Y la Tempranillo es una cepa muy propia de la zona, además de ser la insignia enológica de España, sumamente frutal.

El dibujo en la etiqueta de Calabuig (se pronuncia calabuch en catalán) es una obra del artista valenciano Eduardo Bermejo y representa una “frasca” que es como llamaban a las jarras de vidrio reusables en que las familias de la zona embotellaban los vinos de la casa 100 años antes.

 

 

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Como se ve, puede ser un vino fácil, pero como todo en Arráez también tiene su historia. Ambos se elaboran con uvas cultivadas en viñedos de Font de la Figuera.

Casas de Herencia, más reposado

La finca donde se empezaron a elaborar los vinos que hoy se llaman Arráez se llama Casas de Herencia. “Nuestra bodega nació, creció y se formó en Casas de Herencia”, rememora Toni. Es una marca que heredaron de las personas a quienes le compraron la bodega y, por su significado, la quisieron mantener para identificar a sus vinos más tradicionales pero realizados con nueva tecnología.

El Casas de Herencia tinto es un coupage mitad Monastrell y mitad Tempranillo. Lleva 6 meses en barricas de roble. Es de color granate brillante. Al olfato dominan las frutas rojas como ciruelas y las maduras, como pasas. La complejidad aumenta a medida que se asienta y llega a percibirse el barril aunque de forma sutil. En boca, se siente el golpe inicial de los taninos, que da paso a mucho fruto rojo y miel. Al final se siente marcada untuosidad. Tiene persistencia sin ser agresivo.

Los viñedos en los que se siembran las uvas de este vino tienen entre 10 y 35 años, lo que les ha permitido capturar la esencia del suelo calcáreo de Terres dels Alforins.

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De Mala Vida no tiene nada 

A Toni siempre le gustó el nombre Mala Vida para un vino fresco, jugando con la ironía paradójica de decirle a alguien que la pasa bien “tú si que llevas mala vida”. Incluso registró la marca 5 años antes de crearla, cuando ni siquiera trabajaba en la bodega familiar.

Los Mala Vida lleva 8 meses en barrica de roble francés, americano y húngaro, lo que le da un toque diferente. Sus uvas son cultivadas en Terres dels Alforins y su corcho es fucsia, en el caso del tinto, y verde manzana en el del blanco. Ese guiño también forma parte de los cambios traviesos que trajo Toni a la bodega.

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El rojo es un coupage compuesto por 30% de Monastrell, 30% de Tempranillo; 20% de Syrah y 20 % de Cabernet Sauvignon. Es de un tinto vivo, brillante, con tonos de cereza.

En nariz es intenso. Continuando con la característica del Levante valenciano, se sienten los frutos rojos maduros, al que se le suman especias y aromas tostados.

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El blanco es, igual que el tinto, una mezcla de 3 cepas valencianas, tratadas cada una por separado para respetar sus personalidades. En cada botella hay 40% de Moscatel; 40 % de Merseguera y 20 % de Verdil.

La historia de los Arráez 

La bodega existe desde 1916 pero el abuelo de Toni, también llamado Antonio, la compró hace 57 años. “Mi abuelo la fundó y mi padre la industrializó”, cuenta Toni. Él llegó a cambiar paradigmas. No fue fácil. En 2007 cuando asumió el liderazgo de la casa vinícola, había cinco empleados con un promedio de edad de 65 años. Hoy son 25 y la edad promedio, 30. Sus vinos ya han llegado a 40 países y han ganado diversos premios internacionales.

El centro neurálgico de los Arráez, es decir, la bodega, está en la Font de la Figuera. Los viñedos están en el Levante valenciano, a 90 kilómetros del mar y entre 600 y 800 metros de altura, con un microclima entre Mediterráneo y Continental, de cálidos veranos y fríos inviernos, y suelos pobres que favorecen el cultivo de uvas de gran calidad.

Coordenadas

Página web. www.bodegasarraez.com

Instagram. @malavidavinos /  @askarvinos

Precio: Calabuig: 1950 BsS. / Mala Vida: 3.750 BsS. (precio aproximado al sábado 27 de octubre).