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Reflexiones de un cocinero sobre los Juegos Olímpicos

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24/08/2016
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TEXTO POR LUIS ALEJANDRO MARCANO

Después de ver los juegos olímpicos de Rio de Janeiro 2016, y el gran esfuerzo y perfección que aplica cada uno de los atletas a sus respectivas disciplinas, no puedo dejar de comparar la relación que existe entre la cocina y un deportista de alto rendimiento que participa en estos juegos

Los cocineros también somos atletas de alto rendimiento y les explico por qué. Cada cocinero siente que ha sido entrenado durante toda su vida en cuanto al reconocimiento de sabores y propiedades organolépticas de cuanto ingrediente pasa por su boca, busca reconocer cada uno de esos sabores, identificar qué está bien y qué está mal, siente en el paladar la textura de cada uno de los ingredientes para ver si están en perfecto estado, como si el entrenamiento hubiese comenzado desde que uno es consciente de lo que come.

Por eso somos perfeccionistas. Ese entrenamiento eterno hace que en nuestra disciplina olímpic, que es “cocinar”, haga que todo sea realmente perfecto. Un centímetro más de un corte es un error, segundos más de cocción en una carne no son permitidos; nuestros platos tienen que tener la altura necesaria, el volumen perfecto, la cantidad adecuada. No hay espacio para el error. Si nos salimos de esos parámetros simplemente saldríamos del podio y no obtendríamos ninguna medalla. Lo mismo sucede a nadadores, gimnastas y corredores en unos Juegos Olímpicos.

Ahora imaginen que eso en vez de suceder cada cuatro años, sucede todos los días y no hay ni cinco ni diez, sino cientos de jueces a los que nos enfrentamos y queremos complacer todos los días. En el juego olímpico de la gastronomía no hay medallas de plata, ni de bronce; solo hay oro y todos lo queremos.

Por eso, muchas veces un cocinero llora cuando es alabado por sus críticos. Así como un levantador de pesas colombiano, cuando llega al límite y gana una medalla dorada, un cocinero se llena de alegría por haber levantado tantos kilos como sea necesario para agradar el paladar. Pero cuando la pesa es demasiada carga, un cocinero va a su casa derrotado porque siente que un diploma olímpico de sexto lugar no fue suficiente.

La cocina es el mejor de los deportes olímpicos para la vida de un cocinero y para todo el que esté ligado al mundo de la gastronomía pero cuando se apaga el pebetero, podemos ser reyes olímpicos cuando escuchamos el himno “Que buena experiencia la de hoy”, o simplemente el Chad Le Clos hasta el siguiente servicio.