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Soy vegetariano: padezco igual que usted

vegetariano, alexis correia
21/12/2016
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COMPOSICIÓN GRÁFICA: MERCEDES ROJAS

Solo la impresionante escalada de precios de los menús que incluyen proteína animal coloca como un muy relativo ahorro a la tenue oferta de restaurantes vegetarianos en Caracas, cuya estructura de costos no escapa a las titánicas turbulencias de la economíaYo era de los que me atragantaba con morcilla todos los fines de semana”, es un comentario que suelo escuchar al vuelo cuando hago la cola para recoger mi bandeja en alguno de los restaurantes vegetarianos goteados por Caracas (quizás por eso prefiero aislarme con audífonos). Hay hambre.

Aunque se trata de una generalización, el estereotipo del comensal con el que uno se topa en este tipo de local no es del todo inexacto: una persona de edad madura que debió modificar sus hábitos por motivos de salud o el practicante de un culto minoritario: hare krishna, rastafari, adventista del séptimo día.

Como vegetariano, quisiera transmitir el mensaje de que no necesariamente tienes que padecer una oclusión coronaria o acatar una proscripción religiosa para practicar una dieta (parcialmente) libre de proteína animal. Y que tampoco es algo que altaneramente recomiendo como superior a cualquier otro sistema de nutrición, siempre que este se base en la moderación.

De forma contundente, quisiera dejar claro que, se trata de un estilo de vida que, como muchos otros, esta profundamente acorralado por los muertos vivientes de la escasez y la hiperinflación en la Venezuela que en 2015 volvió a un futuro no tan luminoso.

Vegetariano sin saberlo, lo soy de toda la vida aunque solo tuve conciencia de ello después de viejo. Era el desesperante tipo de niño mañoso que le ponía un cierre infranqueable a los labios ante la avanzada de una cucharada desconocida y siempre experimenté repugnancia al masticar los trozos de carne o pollo que mamá ponía en mis sopas de Mafalda.

No soy de los veganos quemacauchos que ha eliminado los huevos o los lácteos, de hecho forman una parte importante de mis fuentes de proteínas. Sin embargo, era un vegetariano que paradójicamente ingería muy pocos vegetales o frutas, pasaba largas horas sin comer en mi oficina y en mis cenas ansiosas me atiborraba de carbohidratos (sobre todo pan), por lo que, a los 30 años, sumaba aproximadamente el doble de mi peso actual a los 40.

Quizás ya demasiado tarde, al principio apoyado sobre la muleta de la licuadora, aprendí el color que podían introducir en mi vida incluso las partes supuestamente desechables de un brócoli, un pimentón, un ajoporro o una patilla (sí, hoy adoro roer la parte blanca).

Aumento de 250%

Se me hace complicado preparar el almuerzo en casa (aunque debería). Carezco de una oficina fija, le tengo manía al microondas y, en el apartamento donde vivo con mis familiares, una persona más en la cocina al mediodía ya es multitud. Debido a una pequeña hernia en la columna vertebral por largos años de malas posturas en el escritorio, ya no puedo pasar muchas horas seguidas ante la computadora y trato de caminar todo lo que pueda, con el menor peso extra sobre mis hombros. Al menos cinco veces por semana (que quizás pronto se reducirán a tres), según el sitio de Caracas donde me agarre el mediodía, acudo a algunas de las opciones de restaurantes vegetarianos de la ciudad, mucho más diversos de lo que probablemente los no vegetarianos suponen.

El pasado diciembre, en una nota previa sobre este tema para Bienmesabe, conté que el más económico de estos restaurantes, Rincón Vegetariano (sótano del Centro Comercial Sabana Grande, al lado de City Market), tenía un menú básico de 100 bolívares.

En días recientes, luego de varios ajustes repartidos a lo largo de 2015, ese precio se situaba en 350 bolívares (desconozco el impacto del reciente ramalazo del aumento de salarios decretado en octubre: la inflación en Venezuela es un acontecimiento en pleno desarrollo, que puede estar mutando justo en el momento de narrarlo). Muy económico, por supuesto, comparado con los locales de comida “normales”, aunque obviamente, mis ingresos no han subido 250% en el mismo período.

Si me pongo a sacar cuentas, empieza a correr el sudor: por allí se puede ir fácilmente la mitad de lo que gano en un mes.

Servicio desmejorado

No se trata solamente de los precios, sino de la amenazada calidad del servicio. La última vez que acudí al Rincón Vegetariano, no me sirvieron la especialidad que es (o era) el signature de los días lunes, el pastel de plátano y carne de soya. En Superbueno (esquinas de Padre Sierra a Conde, cerca de Capitolio), un restaurante del centro regentado por integrantes de la Iglesia Adventista del Séptimo Día, ya no conseguí más paquetes de arroz integral y le escuché el siguiente consejo a uno de los empleados: “A los que compran la comida para llevar, les recomiendo que traigan sus propios envases: van a pasar a costar más de 100 bolívares aparte” (el menú actual, hasta mi última visita, se situaba desde 130 bolívares desde la opción más barata, apenas sopa y jugo, hasta Bs 490, con dos ensaladas).

Cuando he conversado con gerentes de restaurantes vegetarianos, generalmente se expresan mal los unos de los otros. Pero en lo personal, valoro casi todas las propuestas en Caracas pues sus virtudes me parecen complementarias: desde las más simples y “democratizadoras”, como la del Rincón Vegetariano (vegetales muy poco procesados, aunque casi nunca faltan los granos y alguna fruta entera, dos elementos que se me hacen casi esenciales y con frecuencia se ausentan en otros locales), hasta las que persiguen degustaciones temáticas o de sensaciones más sutiles, como The Veggies (La California, en la calle detrás del INTT: la comida se pesa por gramos), que hace versiones a partir de la gastronomía taiwanesa y asiática, pasando por los intermedios como Sabas Nieves (avenida Francisco Solano) o Gourmet Vegetariano (La Florida).

Quizás la opción más chic es Voiaghio, minimalista rincón especializado en cocina india Ayurveda al que hay que acudir con reservación y ubicado también en la Solano, aunque por mi presupuesto, solo podría ir una vez al mes.

Dichoso punto de venta

Recuerdo que en el templo Iskcon (hare krishna) de San Bernardino, tan recientemente como en 2007, se servían frugales almuerzos vegetarianos por un precio simbólico de 10 bolívares (de los antiguos). Hoy esa iniciativa se convirtió en Hierbas Dulces, un espléndido restaurante en el que he llegado a probar hasta una creativa adaptación de McDonald’s en clave totalmente sana (hamburguesas vegetarianas, imitación de papitas fritas con palitos de zanahoria horneados, etcétera).

Este mes, el menú básico subió ya de 400 a 450 bolívares (de los “fuertes”), aunque ya dispone de una flamante y muy reconfortante novedad: un dispositivo de punto de venta. Lo que sirve para hablar de otro problema agregado en la Venezuela de 2015: no hay voluntad política para introducir métodos de pago electrónico casi instantáneos, como los que ya existen en lugares como Holanda, Canadá o Hong Kong.

Muchos de estos locales vegetarianos son negocios pequeños o sus dueños no quieren ralentizar todavía más el trámite del servicio de la comida, por lo que solo aceptan efectivo. Con frecuencia, pensar en hacer una larga cola (otra más) en un cajero automático me desalienta a comer bien.

Por supuesto, no es la única dificultad que enfrento como vegetariano. En teoría, debería consumir complementos como bebidas de aislado de proteína de suero (whey protein), aunque su precio se me hace inaccesible. En enero de 2015 compré una bolsa de cinco kilos de polvo sabor a chocolate con el cupo de Internet, pero ni siquiera la he destapado por temor a que sea la última que vea en mi vida.

Una alternativa son productos para regímenes especiales como Ensure, Glucerna o Enterex , que solo muy de vez en cuando llegan con dólar preferencial a algunas cadenas de farmacias.

Procesión en vez de regocijo Por no hablar del drama de conseguir arroz integral, un carbohidrato que considero prácticamente perfecto y que, como me instruyó una vez la artista Camila Canabal en una entrevista, puedes comer sin remordimientos a cualquier hora del día.

En mi último intento desesperado, recurrí directamente a las redes sociales de Alimentos Mary, una de las empresas que ofrece el producto de manera industrial. Recibí el siguiente mensaje privado: “Por las leyes venezolanas, tenemos prohibida la venta a personas naturales, tanto al mayor, como al detal. Todo envío de alimentos necesita las guías de movilización del SADA (sólo se asigna a comercios autorizados por el Ministerio de Alimentación). Le invitamos a que visite los comercios de la Gran Caracas. Lamentamos enormemente los inconvenientes que presenta, pero esperamos que pueda entender nuestra situación”.

O de la trágica desaparición de los granos: caraotas, garbanzos, arvejas, lentejas. Gravísimo. Inconcebible. Imperdonable. O de los camioncitos que vienen de los Andes y hacen mercados callejeros de fritas y vegetales y que, aunque efectivamente sirven para ahorrar en la compra por kilos, van agregando 10 bolívares semana tras semana: hasta la semana pasada (todavía no sé la actual), cerca de mi vivienda en el noroeste de la capital, el precio del renglón “todo lo demás” (que excluye la cebolla, el tomate, la papa, el pimentón, el brócoli o la zanahoria) se situaba en Bs 120 el kilo.

He llegado a ver una lechosa en Bs 250 o más el kilo, lo que casi me arranca lágrimas. Lo que era un momento de regocijo en la semana, ahora se parece más a una procesión. Y las colas para pagar son enormes, pues más y más personas tratan de economizar.

Los fines de semana es el momento en que trato de resolver con el menor gasto posible. Mi doctora internista ya me ha llamado la atención por saltar meriendas o no consumir suficientes carbohidratos luego de hacer ejercicio de manera intensa, lo que tiende a provocarme hipoglicemias (baja de azúcar).

A veces compraba un arroz chino con huevo, aunque en los pocos locales donde no me arrugan los ojos rasgados cuando lo pido o lo preparan de manera adecuada (sin trozos de carne o jamón), el precio también se ha disparado a los Cinturones de Van Allen.

También está la solución del “Profeta Peter”: un joven seguidor del I-Tal (gastronomía rastafari) que pontifica contra la Harina PAN y que, algunos fines de semana, vende soberbias hamburguesas veganas de maíz pilado frente al otrora Ateneo de Caracas, en Bellas Artes. Primero a Bs 150, luego a 180, luego a 200… Tengo varias semanas sin verlo. Quizás ya se desmotivó.

Para nosotros los vegetarianos, como casi todos los venezolanos, la pelea cada jornada es para mantener entubada la debilitada moral insuflándole un poco de color.