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Birretes al viento

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En distintas partes del mundo es costumbre de los graduandos arrojar sus birretes lo más alto que sus brazos permitan. Vestidos con togas y portando medallas se fotografían en lugares emblemáticos, convirtiendo sus imágenes en parte de la iconografía de sus casas de estudio. Y luego de su paso por los ritos y los símbolos, procuran integrarse a nuevas rutinas y sorpresas en sus vidas. Sus universidades permanecen, pero cambiando.*

Hay venezolanos que ponen sus esperanzas fuera de Venezuela. No todos se separan del mismo modo de su país, ni lo recuerdan igual. No todos se encontraban en las mismas condiciones mientras vivían en él. De quienes se quedan en el país, algunos lo lamentan y otros identifican (o no) oportunidades y peligros en su entorno.

Las universidades, como organizaciones, no son inmunes a migraciones de estudiantes, profesores, recién graduados o profesionales con mucha experiencia. Aunque no todos se vinculan directamente con escuelas y facultades, universitarios ubicados en distintas áreas generan nuevos estímulos para crear y divulgar formas de conocimiento, dando pie a interacciones inesperadas e innovadoras. Los vínculos cara a cara y las relaciones a distancia son complementarias, pero no necesariamente se sustituyen bien entre sí.

Las migraciones de no universitarios también afectan a las universidades. Sus salas de teatro precisan de músicos, actores, cantantes y bailarines, de coreógrafos y escenógrafos, por ejemplo. El manejo de archivos requiere de secretarios, la seguridad interna de vigilantes y el mantenimiento de las instalaciones de electricistas, plomeros y técnicos de muy variadas competencias.

Las actividades a las que se dedican los residentes que permanecen en el país también tienen consecuencias. Por ejemplo, menos maestros, peor preparados y más vulnerables, se reflejan en estudiantes insuficientemente expuestos a los requisitos y recompensas del estudio. Más personas dedicadas al robo, el narcotráfico y el secuestro disminuyen la seguridad de los universitarios, dentro y fuera de las universidades.

Las universidades en países en crisis las sufren. Salarios relativamente bajos para los profesores, limitaciones para adquirir bibliografía, instrumentos, reactivos e incluso para mantener ascensores y baños dificultan el trabajo diario y la renovación generacional.

Las universidades son ideas, que requieren organización y trabajo en equipo. No son espacios que, por la autonomía que debe reconocérseles, pueda esperarse que se creen y consoliden únicamente por vocación y voluntarismo de sus componentes. Pero tampoco puede esperarse que los graduados en las universidades, públicas o privadas, “paguen” a sus países cuanto se ha invertido en su formación permaneciendo en ellos. Ni el voluntarismo ni la fuerza dan origen a profesores e investigadores en condiciones de interactuar con sus pares de otros lugares del mundo.

Las universidades venezolanas enfrentan graves dificultades. Aparte de las mencionadas, se añaden algunos lugares comunes que conviene descartar. Consideremos sólo dos. Uno, los mejores se van. Otro, “el” venezolano perdió sus valores. No todos los venezolanos son iguales. Ni los que se van, ni los que se quedan. No hay “un” venezolano. Y no todos tienen, ni tuvieron, ni tendrán los mismos valores. Los venezolanos que han salido de las universidades y empresas venezolanas a trabajar en sus profesiones en distintos países del mundo dan testimonio de la calidad de sus estudios y trabajos en Venezuela. Son parte de un país donde se han formado, a pesar de todas las adversidades que puedan hacerles sentir expulsados.

Al lanzar sus birretes al viento, los graduandos podrán poner sus esperanzas en Venezuela, o en otros países del mundo, si han estudiado honestamente y con empeño. Es su derecho y una prueba de las fortalezas que aun conservan nuestras universidades. Ojalá todos recuerden que, en medio de grandes dificultades, lanzaron su birrete desde Venezuela.

*Agradezco a El Estímulo su invitación a escribir para su página web. Por un tiempo deberé retirarme de la columna, que he escrito ininterrumpidamente los martes desde el 23 de febrero de 2016. A partir del primero de septiembre de 2016 comienzo nuevas funciones como Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello.