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Buhonería en el Metro de Caracas, el salvavidas de niños que sobreviven a la crisis

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12/09/2019
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TEXTO: CARLOS CARREÑO Y CAROL ÁLVAREZ FOTOGRAFÍAS: DANIEL HERNÁNDEZ

Yendri Hernández es una madre de 17 años de edad que baja el cerro diariamente para vender dulces caseros en la estación de Petare del Metro de Caracas con la intención de adquirir ingresos económicos. Sabe que con un trabajo formal no obtendrá las mismas ganancias

La joven llega todos los días al andén, a veces a las 8:00 am y otras a las 12:00 del mediodía, con más de cien tabletas de chocolate caseras para ofrecerles a los usuarios del Metro de Caracas. Usa un taburete de plástico para sentarse. En el pasamanos de las escaleras coloca un recipiente donde tiene unas 100 tabletas de chocolate -de por lo menos- 5 centímetros por 5 centímetros para ofrecer a los usuarios.

“Mi hermana es quien hace los dulces, yo simplemente los vendo”, dice Yendri mientras carga en sus brazos a su bebé de un año de edad.

No ha sido fácil para Yendri, su madre falleció unos cinco años atrás, tras su deceso no encontró mayor motivación para continuar sus estudios. Sin ese motor en su vida abandonó la escuela al llegar al sexto grado y se dedicó a la venta informal. Vive en un rancho en Petare con su padre y hermana, quien es también manicurista.

Vende sus dulces a Bs 1500. Diariamente vende 100 y 200 unidades, por lo que gana entre Bs 100.000 y 200.000. Mientras, un empleado público gana diariamente Bs 1.300, lo que suman Bs 40.000 a fin de mes.

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Yendri aseguró que los operadores del Metro nunca le han reclamado por vender sus productos en el metro, a pesar de que es política de este medio de transporte no apoyar la mendicidad y la buhonería.

El comercio informal se nota cada vez más con mas presencia y frecuencia dentro de las instalaciones del tren subterráneo: Se ofrecen chucherías, engrapadoras, lapiceros y hasta pinturas de labios. Los vendedores viajan de vagón en vagón con el repetitivo “Buenas tardes mi gente” o “Buenas tardes, Caracas” para ofrecer sus productos.

Aunque los ítems son ofrecidos mayormente por adultos en este sistema de transporte también se ha constatado que algunos menores de edad se han sumado a estas prácticas que no están permitidas. Los mismos trabajadores del Metro de Caracas son conscientes de estas personas que a diario deambulan en andenes y vagones, pero ya son tolerados, solo son un ejemplo más de un sistema que fue referente mundial y hoy es un ejemplo más del caos.

La política del Metro establece que está prohibido el consumo de alimentos y bebidas dentro de sus instalaciones. El ingreso que aseguran obtener los vendedores refleja la cantidad de usuarios que violan la norma diariamente.

Wilfredo, un niño de 15 años de edad, vendía zarcillos de imitación en la estación Plaza Venezuela. Afirmó que no vende los accesorios de dama para sobrevivir a la severa crisis venezolana, por el contrario aseguró estar “bien”.  Vende cada par de zarcillos en Bs 1.000 y 5.000.

“Semanalmente soy capaz de ganar 250.000”, afirmó y enfatiza que con el dinero que gana trabajando de manera informal compra chucherías y ayuda a su familia.

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Mientras el equipo de El Estímulo lo entrevistaba una pareja de trabajadores con el uniforme del Metro de Caracas le hicieron una seña sutil para que desalojara las instalaciones. El joven asintió y recogió velozmente su mercancía.

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Yolanda es una señora de entre 28 y 30 años de edad que ofrece chupetas y caramelos en la línea 3 -una de las rutas suburbanas que conforman el Metro de Caracas- junto a sus dos hijos; uno de entre 8 y 10 años y una bebé de brazos. Lleva cuatro años trabajando de manera informal en el Metro de Caracas. Actualmente asegura que gana Bs 100.000 “en un día bueno” y asegura que hay jornadas en las que puede ganar Bs 30.000.

“Los niños me los tengo que traer porque tu sabes que la situación ahorita está fuerte. A parte, de eso hay muchos pedófilos y a mis hijos no los voy a dejar para que me los toquen”, dice.

“Ahorita yo trabajo en esto porque no puedo hacerlo de manera estable para que me den 40.000 bolívares al mes, con eso no compro ni siquiera un kilo de queso. No gano mucho tampoco, pero así por lo menos puedo solventar diariamente”. 

 

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Yolanda llega al Metro junto a sus hijos a las 7:00 am y se retira a las 9:00 pm. El trato con los policías es de normalidad: “Ellos son oficiales y nosotros somos los infractores, ese es su trabajo y yo lo respeto y si les toca sacarnos nos sacan, si les toca decomisar ellos nos decomisan”.

“Ahorita se están haciendo cosas distintas a la que nosotros hacemos -refiriéndose a los robos-, (los policías) nos tratan a todos por igual, como también somos infractores todos pagamos justos por pecadores. Por eso es que nos hacen el decomiso y por eso las mismas personas nos denigran”, comenta.

La estación de Petare funciona como un centro operativo para los vendedores, en especial de menores de edad. Se pudo constatar que en cada vagón que ingresaba al andén salían personas con bolsas de chucherías para contar grandes pacas de dinero en efectivo.

El Estímulo intentó hablar con los jefes del grupo, pero estos lo rechazaron e hicieron señas a todos los vendedores presentes para que no dieran declaraciones. Los adolescentes en la misma estación tampoco quisieron declarar y fingieron ser mayores de edad, aunque su aspecto daba cuenta de lo contrario.

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Con constancia se ven a los comerciantes informales vigilar las puertas mientras el tren se detiene en las estaciones, los vendedores solo inician la venta una vez el tren haya cerrado sus puertas e iniciado movimiento. Son cautelosos pues saben cuáles operadores les permiten hacer su trabajo y cuáles no, pero todos tienen claro que un encuentro con la policía puede resultar en el decomiso de su mercancía.

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