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Chichita

Mujer en silueta
08/03/2018
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TEXTO: JOSÉ DOMINGO BLANCO | TWITTER: @MINGO_1 | INSTAGRAM: MINGOBLANCOTV / FOTO: PIXABAY

Mi cardiólogo dice que nosotros, los hombres, no seríamos capaces de resistir lo que es capaz de aguantar una mujer. Él insiste que, a nosotros, nos tocó la parte fácil de la vida y lo tilda de una injustica contra las féminas. “Nosotros no podríamos ni con la mitad de lo que ellas hacen. Tienen una fuerza interior que las convierte en poderosas. Ellas son mucho más fuertes que nosotros”, asegura. Y yo, por supuesto, coincido plenamente en su apreciación. 

Desde mi infancia, he estado rodeado de mujeres maravillosas. De mi abuela Tata, por ejemplo, aprendí su disciplina. Su bondad, no pasaba desapercibida. Iba a misa todos los días y en sus bolsillos llevaba caramelos para repartir entre los niños que encontraba a su paso. Era una mujer buena, sin malicia. Pero regia, como para soportar el encarcelamiento de mi abuelo, el general Manuel Blanco, durante la dictadura de Gómez. Nacida en 1888, tuve la dicha de disfrutarla hasta 1967. Juntos, veíamos la lucha libre y nunca coincidíamos en cuál de los contrincantes era el mejor. Hacía como nadie la torta de queso blanco criolla y otro postre que aún añoro: natilla con ciruelas pasas.

Otra de las mujeres que marcó mi niñez fue mi abuela Carmen Teresa. Fui su primer nieto. El primero, el que la estrenó en ese rol que, solo quienes han sido abuelos, describen como una experiencia única, saturada de amor. Un amor que ella me demostró siempre.

Con mi abuela Carmen Teresa di mis primeros pasos en la lectura. Como su casa quedaba muy cerca de la nuestra, me encantaba ir todas las tardes y sentarme a su lado para leer algún cuento o el periódico. Era como una especie de ritual: a la hora de la lectura, tomaba el periódico y, antes de comenzar a leer, hacía un ejercicio de vocalización -“copiti, copiti, copoti, copoti”- que a mí me causaba risa. En esa casa también vivían mis tías: Yolanda, Beatriz, Trinelena y Morella, las hermanas de mi mamá; para ese entonces, una pavas bellas y solteras que, al igual que mi abuela, se encargaban de hacer de mis visitas, momentos únicos, divertidos y especiales.

Por muy pocos años, acaparé la atención de las mujeres de la familia porque, luego, nació mi hermana Adriana, con quien desarrollé esa complicidad que es muy propia en los hermanos gemelos. Fuimos una especie de morochos; pero, a destiempo. Mi compañera de juegos y travesuras. Travesuras que yo ideaba y ella ejecutaba; pero que, al final, nos hacía merecedores de la reprimenda conjunta. Ya más grandecitos, nuestra dupla fue consolidándose. Sabíamos cómo complementarnos. Comenzamos a asistir o a organizar las fiestas típicas de la adolescencia: y yo, con mis 15 años a cuestas, me esforzaba por lucirme como discjockey para deslumbrar a las amigas que Adriana invitaba. Mi hermana me llena de orgullo: es por mucho, una mujer fuera de serie.

No puedo dejar de mencionar a mi querida Mamaía. La autoridad personificada. Con solo verla, infundía respeto. Mamaía tenía un método para todo. Siempre sabía cómo hacer las cosas y su forma de hacerlas, era la manera correcta. Era rígida y estricta. Era una mujer que, para cualquier niño, hubiese sido de temer; pero, para mí, fue sólo mi Mamaía: la de las mejores delicadas de guayaba, la que me cuidó como si hubiese sido su propio hijo, la mujer dedicada que apoyó a mi mamá en la titánica tarea de disciplinarnos hasta el final de sus días, con una entrega que en nuestra familia retribuimos con mucho respeto y amor.

Y por supuesto, está la mujer que ha sido el eje de mi vida, mi gran amiga: Chichita, mi mamá. La misma con quien, gracias a Dios, sigo conversando todos los días. Incluso por teléfono, sin miedo a lo que decimos, y burlándonos de cómo, en algún momento, nuestra famosa conversación –ilegalmente grabada- fue material de venta para los buhoneros. Ella es una experiencia que me enriquece y fortalece.

 

Me gusta escucharla porque tiene una forma especial de compartir sus recuerdos. De ella, amo sus ocurrencias, su timbre de voz, su sabiduría nata, su coquetería, sus cuentos, su sentido del humor y su envidiable capacidad de reírse de sus propios chascos. Con ella hablo de todo: de la vida, del país, de mi papá, de la gente, de poesía, de música. Mi mamá es como la melodía que acompaña nuestras tardes. A veces escuchamos boleros. Otro día nos da por poner jazz, o tangos, o música llanera. Pero, sobre todo, la escucho a ella: porque todavía a estas alturas de nuestras vidas, estoy aprendiendo de su reciedumbre, admirando su fortaleza y agradeciéndole ese optimismo con el que combate las situaciones adversas.

Chichita, mi mamá, es mi amiga. Mi mejor amiga; pero, también, es la mujer que admiro. Y, les aseguro, me faltan líneas para describir cómo ha llenado mi vida de buenas y bellas anécdotas. Porque Chichita, en cada uno de sus roles –como hija, esposa, hermana, madre y abuela-, y haciendo siempre derroche de inmenso cariño, ha sabido desarrollar su máximo potencial e imponer ese don especial con el que invoca e invita a la unión y el reencuentro.