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“Chile no es un paraíso”

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10/01/2018
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FOTOGRAFÍA: DAGNE COBO BUSCHBECK

Un video en el que una mujer decía la afirmación que le da título a esta columna, desató en una red social una retahíla de comentarios sobre los inmigrantes en este país andino. Después de leer algunos, me hice algunas preguntas que les dejo a continuación.

Cualquier cosa que compras para beber nunca está fría -aunque digan que está “heladita”, ni la cerveza y menos los refrescos. No hay quesos esponjosos chorreando aguita lechoza fresca, lo normal son los mantecosos amarillos que saben a algo así como un muster trasnochado. El café decente es un lujo, al proletariado le toca un polvito instantáneo que hace el intento, pero nanai. En el verano también hace frío y se va la luz cuando llueve. Te miran feo, en el mejor de los casos, si cruzas la calle con el semáforo en verde y si exclamas ¡coño! con demasiada naturalidad.

No, Chile no es un paraíso, pero ¿cuál sería el de un inmigrante que pretende replicar su tierra en el país al que está llegando?

Seguramente una mezcla entre los mejores lugares que conoció en su país y la proyección de lo que él pudo ser si los gobiernos, la hambruna o las guerras no lo hubieran empujado a salir.

Pero, aquí otra pregunta ¿ese lugar de verdad existe o es una proyección ingenua?

Hablando de ingenuidad, no es una fortaleza cuando planificas mover el centro de operaciones de tu vida a un lugar que no es el tuyo. Tampoco lo es la infame viveza criolla, no nos vayamos a los extremos, pero armarte un nirvana que no es tal es en estos casos, sobre todo, irresponsable.

Cuando Miguel y yo decidimos emprender como Emigrante Errático, hicimos bosquejos, mapas mentales, esquemas, varias rutas posibles, opciones por si el plan A no funcionaba, todo basado en una -casi obsesiva- investigación sobre el país, las normas, los trayectos, la economía.

Si eres venezolano y piensas venir a Chile o acabas de llegar, ten claro que aquí -y en ningún lado- está esa Venezuela que “fue pero ya no será”, aquí el mar es un océano inmenso y helado, y nadie sabe qué es un guayoyo.

Te vas a encontrar con varios acentos conocidos: según las proyecciones del Departamento de Extranjería y Migración (DEM), podemos ser alrededor de 600 mil migrantes y compartimos el top 5 con peruanos, colombianos, haitianos y argentinos.

Hasta 2014, según cifras del DEM, desde 2005 la población migrante había aumentado 123%.

Sí, somos muchos y seremos más. Los foráneos crecemos en número a una velocidad que ningún chileno se esperaba, por eso hay muchos asuntos pendientes con respecto a nuestros derechos y deberes.

A mediados del año pasado la presidenta, Michelle Bachelet, firmó un proyecto de Ley Migratoria que ya se encuentra en la cámara de diputados del Congreso Nacional y que, según, intenta establecer un marco legal más claro y actualizado al vigente que data de 1975, aunque tiene muchas críticas y aún no se conoce con exactitud su contenido.

Sin embargo, la legalidad no es la única arista de esta subida acelerada: el chileno está conociendo al continente desde la ventana de su casa. Unos lo disfrutan y participan en la fiesta, bailan tambores y comen arepas, otros sonríen pero de lejitos, otros ni se asoman y, los más pusilánimes, lanzan improperios.

La xenofobia existe desde el vendedor de curitas ambulante que, al no comprarle, nos mandó “de vuelta a Venezuela”, hasta las muchachas que se burlaban de mi manera de hablar y aseguraban que “a mí no me caen mal, pero que se vayan a su país”, pasando por la dueña de la tienda en la que trabajaba -descendiente de inmigrantes, valga decir- que miraba extrañada que dos muchachas blancas y chilenas tuvieran de amigo a un negro haitiano.

No pasa siempre, en 9 meses en este país, me sobran dedos de una mano para contar episodios como estos, que también hay que tener claro, son resultado de los prejuicios de una sociedad muy desigual. No es nada personal, el chileno es discriminatorio con él mismo. En ese sentido, sigo con mis preguntas: ¿hay alguna sociedad latinoamericana que no lo sea?

Quizás por esa facilidad que tenemos de vernos la mugre en el ombligo es que andamos buscando paraísos que no llenan nuestras expectativas, como la de la mujer haitiana que durante una entrevista a un medio digital chileno, aseguraba que este no es un pedacito de cielo, intentando bajar de la nube a sus coterráneos. Claro que la afirmación fue aprovechada para darle título a un artículo con muchos clicks (que no es este) y que, muy apropósito, buscó con éxito, sacar los comentarios más burdos y despiadados, pero también los más compasivos.

Así funciona esto de ser humano: somos carne y hueso que no responden a un personaje creado por Corin Tellado o un cuento de hadas de Disney en el que los malos son malévolos y los buenos son pendejos. Todos tenemos nuestros estigmas, unos más públicos que otros, unos más irrevocables que otros, pero todos individuales y, aunque los individuos definimos los grupos, los conglomerados son mucho más que una masa y una cifra.

Por ejemplo, para mí: mujer de casi 30, de 1.56 metros de altura, unos kilos de más que censuran el dato del peso, piel morena, ojos café y pelo rulo, un paraíso nunca es un lugar para quedarse a vivir, en cambio, es un espacio temporal que valoro lo suficiente como para entender que debe ser efímero para no encontrarle los defectos, la caída, la quinta pata maloliente.

Tengo muchos: la orilla de una playa solitaria que veo recién despierta desde mi carpa; una biblioteca con ventanales altos y descubiertos por los que entra la luz de las 5 de la tarde, en la que todos intercambiamos miradas fugaces y cómplices que devolvemos a los libros; un cuarto oscuro para revelar todos mi rollos con calma y sin apuro; una fiesta con la comida de mi mamá, el encanto de mi papá, la sonrisa de mi hermano y todos mis amigos (que incluya agua salá y ron, obviamente).

No sé en cuál grupo me metería esta descripción, pero estoy segura que en ninguno en el que la gente ande buscando vivir en su edén ¡Qué va! ¿Y si me aburro?

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