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Chino, no te quiero

Chino
29/12/2015
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FOTO: OSCAR LUCIEN

No, Jesús Miranda no sabe llorar. Tampoco un gran cantante. Este negocio es así: a veces necesitas más un frontman que un actor, o nadie te va a al cine. Lo puedes compensar con el reparto y el empaque visual y obtener un producto profesional, aunque no demasiado inspirado: por lo visto Felipe Pirela era todo un enigma

El resumen de un párrafo de la biopic El Malquerido para el lector apurado porque quiere comprarse el estreno (¿eso todavía existe?): sí, Danielita Alvarado sigue teniendo problemas de sobrepeso. No, Chino, el de Chino y Nacho, no es un buen actor, tampoco canta (o transmite) mucho, ni se parece a Felipe Pirela.

En la película, lo que sabemos sobre el bolerista de América lo sabemos gracias a actores secundarios que sí son buenos.

Porque así funciona este negocio: porque si el director Diego Rísquez hubiera hecho el casting en el que realizó el gran hallazgo arqueológico entre el tierrero de Cabimas de Juancito Trucupey, el perfecto doble de Felipe Pirela, no estaríamos hablando de El Malquerido.

La gente va a ver El Malquerido para comprobar con sus propios ojos que el Chino no actúa. Y el director Diego Rísquez lo sabe, porque Diego Rísquez hizo películas de alto valor iconográfico que siempre tenían una letra “K” metida (Orinoko, Amérika, Karibe Sinfonía tropikal, y así), pero que vieron cuatro gatos. A veces, más que de un actor, requieres de un frontman. Lo puedes compensar con el reparto, la dirección de fotografía y la dirección artística y obtener un producto bastante profesional, aunque tampoco demasiado inspirado.

¿Qué conocemos sobre Felipe Pirela gracias a la enigmática actuación de Jesús Miranda, conocido como el Chino? Que era un tipo al que le gustaba andar encorbatado todo el tiempo y muy formal en el escenario, es decir, un cantante que no daba la vueltica y que no hacía pasitos así:

Se lo advierto. Pongamos que la película empezó, por ejemplo, a las 4:50 pm. Más o menos como a las 5:38 pm es que usted va a ver un arranque de espontaneidad en el personaje del Chino: arrojará desencajado una bola de billar, lamentablemente no contra nadie en particular.

Segundo arranque de espontaneidad, 5:53 pm: Felipe Pirela eleva ligeramente el tono: “Con mi esposa no se meta”. Tercer arranque de espontaneidad, 5:56 pm: Felipe Pirela es capaz de pronunciar groserías (“Vergación, Mariela, ¿cuándo coño te he caído yo a coñazos?”).

Cuarto arranque de espontaneidad, 6:06 pm: Felipe Pirela llora, o al menos nos ponen enfrente un bodoque de carne y hueso que, según la experiencia cognoscitiva que hemos adquirido por aprendizaje, expresa gestos que asociamos a la tristeza. Incluso parece emitir un lamento en forma de suspiro debido a sus sensaciones de profundo desarraigo: “¡Chinita!”. A lo mejor Felipe Pirela era así, esa también es una posibilidad.

No lo sé, no viví aquella época. A lo mejor era un tipo que se convertía en una bestia cantando boleros, pero cuya personalidad resultaba más bien anodina, débil, convencional, no demasiado interesante fuera del escenario. Hay cantantes así.

Para colmo, el director Diego Rísquez opta por la vía de la flojera y toma como hilo conductor de El Malquerido una entrevista acartonada, llena de lugares comunes y de información obvia: “Yo me llamo Felipe Pirela y yo nací en Maracaibo. Yo debuté en el show de Víctor Saume. Yo no era tan bueno jugando beisbol”. Por desgracia, Chávez tampoco.

Repito, lo que sabemos de Felipe Pirela lo sabemos gracias a los actores de reparto. Rísquez estaba claro en que debía ser así, necesariamente. Por su mánager (Iván Tamayo) nos enteramos de que, aunque vendió 500 millones más de copias que Wisin y Yandel, el bolero perdió terreno ante la balada romántica y Pirela debió haber sentido lo mismo que los Caramelos de Cianuro cuando aparecieron Chino y Nacho, y de hecho Tamayo tiene la gran frase de El Malquerido: “El enano vende más que tú” (alude a Nelson Ned, no al Enano de Caramelos).

El maestro Billo (Héctor Manrique), sin embargo, nos recuerda que el bolero es y será el código en que nos enamoramos en esta parte del mundo, y que luego existirán Luis Miguel y Charlie Zaa.

A Greisy Mena (Mariela, la perturbadora esposa-niña revienta-carrera) le queda bien la mosquita muerta. Sheila Monterola (Mamá Lucía), en santa alianza con la iluminación saturada, es la fuerza telúrica de la zulianidad de que el protagonista carece. Samantha Castillo (La Lupe) es otro ciclón que zahiere impunemente al tieso Pirela: “En el escenario está todo: la gloria y la caída”. Hasta Sócrates Serrano hace su aparición que más me ha convencido en el cine venezolano (una especie de media coach con acento maracucho en la época en que la portada de Últimas Noticias era más influyente que Twitter).

De lo menos memorable: Mariaca Semprún como la suegra cuaima.

Incluso Kenia Carpio, alguna vez ganadora del reality show para escoger a la Brujita de Canal i, sobrepasa al Chino en una brevísima aparición como putica puertorriqueña, ya cuando El Malquerido ha languidecido como la propia vida de Pirela y la doña nacida durante la Segunda Guerra Mundial que está sentada detrás tuyo en la sala de cine ha hecho el fatídico anuncio: “Ahí es cuando lo matan”. Ese bolero es tuyo.

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