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Cine venezolano en caída libre

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2016 no marca solo un retroceso en la taquilla de cine venezolano, es básicamente el año que indica su extinción de las salas comerciales si lo comparamos con cualquiera de los últimos cinco años. Hace un par de años atrás los comunicados del CNAC hablaban de un porcentaje de asistencia mayor al de países como México y Brasil para ver cine regional. La ilusión se derrumbó con una fuerte dosis de realidad y patria por supuesto.

El año ha sido una bofetada al estilo de vida y a la ilusión de “riqueza” que creían poseer algunos, al ser un país monoproductor y derrumbarse los precios del petróleo que durante 10 años habían tenido un superávit descomunal, vino el spoiler que nadie quería, somos pobres, muchísimo más de lo que lo éramos a finales de los 80.

Las cifras que manejo en esta primera aproximación son hasta el 3 de octubre, evaluando el comportamiento de los primeros 3 trimestres, en enero de 2017 evaluaré el año entero tomando en cuenta que hay películas de relativa importancia que se han estrenado en este último trimestre, y que hay unas tantas cuyos estrenos han sido suspendidos. Aunque honestamente poco afectarán el resultado de lo que acá veremos.

Los números de los años anteriores son los ingresos de la taquilla de los estrenos de enero a diciembre de ese año en particular. El tema es evaluar la taquilla, no acariciarle el ego a los que hacen el mercadeo de ciertas películas. Esto es más una infografía para que usted saque conclusiones propias que yo predicarle las mías.

Inflación, el enemigo más evidente
El cine no es una prioridad, y no tiene por qué serlo en un país donde faltan alimentos, medicinas, transporte, vialidad, vivienda y seguridad. Ningún país en crisis genera ingresos significativos por boletería en películas de estudios y menos aún en cine local. Venezuela no es la excepción.

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El gráfico arriba nos ilustra de manera contundente la relación entre el índice inflacionario y la caída de la venta de boletos de cine venezolano. El pico alcanzado el 2013, cercano a los 4 millones, no volverá en un futuro cercano, ese año hubo un fenómeno particular: Papita, maní y tostón y La Casa del fin de los tiempos que combinados aportaron dos tercios de los ingresos. Pero así, cada año había un grupo de 5 o 6 films que sumaban el grueso de la taquilla – o “tanques” como los describe Abdel Guerere- mientras que los otros 15 o 20 restantes no sumaban demasiado público.

Estrenos y estrellados
¡Estrenar, estrenar! Ese parece ser el leit motiv, de muchos cineastas, la meta es estrenar, como sea, a costa de lo que sea. “Yo tengo derecho a mis 36 copias”, le escuché decir a un documentalista hace un par de años, como si el número de copias garantiza el éxito de una película. Una pésima estrategia es la de tratar de saturar las salas con tu película, sin saber si realmente tienes una audiencia para ella, sin darle al público razones para engancharse con ella, sin ofrecer una campaña bien enfocada y personalizada a cada obra.

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Desde 2010 se han estrenado más de 90 películas venezolanas, ahora haga por curiosidad alguna vez este ejercicio, pregúntele a alguien ajeno al mundo del cine venezolano, que le nombre 10 películas de esas más de 90. Le sorprenderá saber que más del 80% es solo capaz de mencionar, con dudas, y en el mejor de los casos a cinco, y de esas, tres son de la franquicia de Er Conde.

Estrenar más películas venezolanas por año claramente no ha significado mayor afluencia de público, de 2013 a 2014 la estrategia de la boletería de CNAC cambió por el de cantidad de estrenos, igual pasó en 2015 cuando tuvimos el récord de 33 estrenos nacionales y poco más de 1 millón de entradas. Es un fracaso llevar unitarios de TV, videos de YouTube o cortos transformados forzadamente en largos al cine, el público se encuentra nuevamente con una realidad innegable, más de la mitad de lo que llega a las pantallas es producción descuidada, apurada, improvisada y con serios problemas en las historias que queremos contar.

En la 1ra reunión del Sistema Nacional de Festivales en Caracas, alguien planteaba el discurso de que Hollywood es el enemigo y debe ser erradicado de nuestras carteleras. Obviamente un personaje bastante fanático y algo iluso. Su actitud es simplemente subestimar al público, creer que es extremadamente manipulable y bobo, pensar que la audiencia simplemente debe aceptar y apoyar sin condiciones lo que se exhibe es parte de un discurso rancio y autoritario. La audiencia exige, evalúa por contraste y decide en qué producto gastar su dinero.

La palabra producto no le agrada al cineasta promedio, hay que referirse a su film como una obra de arte, como si el arte no fuese también un producto. Existe un discurso un tanto extraño y cuyos resultados son paradójicos. Un cineasta que insiste en que su película es cine de autor, que es sólo para un público selecto termina despotricando de la audiencia cuando ve los números de la taquilla, siempre es culpa del distribuidor, del exhibidor y del público, esos malditos maleducados que no saben un carajo de cine y no comprenden su obra maestra. Jamás asumirá que su obra no conecta con la audiencia, que es mediocre, floja o que falla en el guion. La culpa siempre es de alguien más, nunca del incomprendido artista.

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Hace pocos días se publicaron las cifras de la taquilla general de este año comparado a la del año pasado, y la bola comenzó a correr por todos lados, ilusamente en muchos casos se pensaba que el descenso de la boletería de cine venezolano era de algún modo proporcional a la general. De algún modo, existía una relación saludable incluso durante el bajón de 2014 a 2015 donde el porcentaje de boletería venezolana aún era un 6,60%.

Este año, con la situación especial del ahorro energético y la satanización de los centros comerciales como altos consumidores la taquilla general bajó en un 40%, los estrenos de cine venezolano comenzaron a cambiar de fecha, de repente desaparecieron de las pantallas, situación comprensible, nadie querría estrenar en condiciones tan adversas.

Sin embargo, no todo es culpa de la situación tan complicada del país, la calidad de la oferta de este año y las estrategias de mercadeo no ayudaron.

28 estrenos se programaron para 2016, y en sus contratos originales de exhibición (previo a la crisis eléctrica) sólo dos se iban a estrenar durante el primer trimestre: Devuélveme la vida y Juntera. La oferta de cine venezolano fue inexistente en ese primer trimestre, de las 456 pantallas existentes en ese momento (a la fecha han cerrado varios complejos), solo en 26 hubo cine venezolano, y durante poco tiempo pues solo eran dos películas y nada extraordinarias a decir verdad.

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5.973.509 boletos vendidos el 1er trimestre del año, sólo dos películas venezolanas exhibidas que juntas suman 11.396 entradas y representan apenas el 0,19% de las ventas. Entonces, sin presencia en salas, sin estrenos programados previamente ¿Podemos culpar a la audiencia de no ir a ver cine venezolano durante ese primer trimestre? El resto del análisis de cada trimestre y el desempeño de cada una de las películas del 2016 a detalle lo haremos en enero de 2017.

Calidad y cantidad
Hacer ver que Hollywood es el enemigo y que nuestras películas están asfixiadas por el cine extranjero es una verdad a medias. Tratar al cine nacional como un ente desvalido con la maniquea campaña de “Apoya el cine venezolano” no ha dado resultados, tampoco dio resultados el pésimo jingle de “vamo’ pal’ cine” que pretendía ser más urbano y from de hood que malandro con botella de anís.

El cine extranjero desde 2014 no ha hecho sino bajar el número de estrenos y el cine venezolano ha ampliado los mismos. Es decir la presencia de productos venezolanos en pantallas comerciales ha aumentado porcentualmente (hasta un 22% en 2015) y sin embargo la boletería sólo ha tendido a bajar fuera de toda proporción.

Explicar este fenómeno es salirnos de las cifras matemáticas, no tiene que ver ya con el tema de la crisis per se, sino con una oferta poco atractiva, cine mediocre, cine que no conecta con el espectador y con estrategias de mercadeo y distribución poco apropiadas.

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Colocar un tráiler durante ocho semanas (las que garantiza la ley) y en un 80% de los casos un muy mal avance, no es una “estrategia de mercadeo” es una pésima estrategia de mercadeo. Sino pregúntele a cualquier hijo de vecino cuál fue el último tráiler de una película venezolana que realmente le dejó con ganas de verla, que le generó expectativas y la respuesta será un gran signo de interrogación en su frente.

Tratar a las películas venezolanas como un bloque, sin personalizarlas, sin investigar a fondo la visión, el tema, los actores o la dirección es simplemente meterlas cual patrocinador de evento en un paquete con algún nombre infeliz (vip, gold, titanium) y básicamente hacerle la misma promoción a todo, ya sea drama social, terror futurista o comedia. Una oferta de servicios de copy/paste en la que sólo cambia el nombre de quien paga.

Valor del boleto
Varias de las teorías para explicar el fracaso insisten en culpar al valor del boleto de exhibición como uno de los principales responsables, esa afirmación resultaría cierta sí y solo sí vemos la evolución del valor del boleto per se, sin tomar referencia alguna. Hasta ahora el aumento del valor del boleto promedio anual va ligado al aumento del IPC, no responde a un capricho del exhibidor. Además en el boleto se cobra IVA, impuestos municipales y el tan anhelado Fonprocine, de lo que queda, se dividen los porcentajes en partes desiguales entre el exhibidor, distribuidor y productor.
Afirmar que existe usura en el valor del boleto es simplemente desconocer la realidad nacional.

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¿Soluciones?Puede que esto no le caiga bien a nadie, pero la actitud pasiva y de mirar hacia otro lado de los gremios no ha ayudado para nada durante este año de crisis. Desconocer la realidad tildando como un “tema político” el denunciar lo que se hace con los recursos públicos o prohibiendo hablar de noticias en los diversos chats de cine venezolano no es parte de la solución, es una visión complaciente y disociada, es querer mantenerse en una realidad paralela, en una especie de Arcadia disfuncional.

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Las cifras de este año son para llorar, sí, pero fuera de un episodio de catarsis eso no es útil, debemos reflexionar sobre la manera como se está trabajando, sobre la estructura burocrática que se arma alrededor de una producción y cómo implementar nuevas maneras de hacer cine local en tiempos de crisis. Debemos dejar de depender de Fonprocine para todo y no alimentar roscas de corrupción que benefician a unos pocos.

Debemos pensar si los resultados obtenidos con el estímulo a las producciones “comunitarias” son los buscados pues han resultado en fracasos creativos y monetarios. Hay que aprender a hacer cine de bajo presupuesto con temas universales, con impacto a gran escala, pensar glocalmente y no sólo empeñarse en hacer cine donde unos pocos puedan identificarse.

Las mejores propuestas audiovisuales que he visto en los últimos tres años son las de quienes se graduaron hace poco o están por graduarse en las escuelas de cine y medios. Hay un valor importantísimo allí que está fugándose por la situación país, pero también y principalmente por no querer ingresar a un sistema burocrático controlado por los mismos pesos pesados desde hace 30 años que aportan poco o nada al cine fuera de dar talleres cíclicos y repetitivos.

Seguir esperando porque “alguien arregle esto” no va sino a contribuir a la extinción del cine nacional, a devolverlo a finales de los 90 y el primer lustro de este siglo, ya que de usted no dependen las políticas económicas y sociales del país, entonces debe identificar su radio de acción, salir de su zona de confort y plantear soluciones novedosas y creativas a problemas reales, quejarse que no hay dinero lo hacen hasta con un presupuesto de 200 millones de dólares en Hollywood.

Estamos ante los albores de un movimiento de disidencia, de una buena parte de una generación que al no poder irse y no querer adaptarse al sistema establecido ya está creando soluciones para sus carencias, los resultados serán evaluados en su momento. Cómo le dije al propietario de un medio nacional que en 2010 se negaba a tener presencia en redes sociales: quien no se adapta y lucha, se extingue.