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Ciudadanos venezolanos se rebelan ante la crisis de la verdad

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18/05/2017
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POR AMADO FUGUET (COMUNICADOR Y CONSULTOR GERENCIAL) @AMADOFUGUET

Diferentes aristas caracterizan a la crisis sistémica que desde abril ha sido la razón de ser de las protestas en todo el país. La economía en barrena, la pobreza multiplicada, los poderes secuestrados, el parlamento perseguido, el voto mutilado, los reclamos reprimidos, la inseguridad alarmante y la salud diezmada, configuran motivos suficientes que han activado el reclamo de multitudes.

Se ha dado así la primera rebelión popular del siglo XXI, bautizada de esta forma por el Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos (PROVEA), que en un informe reciente describe una serie de elementos que le permiten llegar a tal calificación. Desde su extensión cronológica, geográfica y numérica, pasando por el contexto no democrático en que ocurren y la cruel represión, hasta llegar a una resistencia compartida entre la dirigencia política y los manifestantes; el movimiento popular que usa la no violencia como estrategia, protagoniza también una insurrección comunicacional.

“Ante la hegemonía comunicacional y la censura, la indignación de las multitudes ha construido sus propios canales de información, divulgación y convocatorias: mediante el uso intensivo de redes sociales y mecanismos de autorregulación de contenidos, los manifestantes se mantienen alta y rápidamente informados”, resalta Provea en su informe.

LA CRISIS DE LA VERDAD

De la crisis sistémica, germen de la masiva y continuada protesta nacional, salta a la vista como uno de sus rasgos prominentes la crisis de la verdad, transversal a todos sus componentes económicos, sociales, políticos e institucionales.

La verdad sobre los asuntos de interés público entra en crisis cuando los acontecimientos, datos y testimonios son ocultados, tergiversados o manipulados para crear una percepción ajena a la realidad, y cuando los hechos son fabricados para construir versiones en función de generar acusaciones contra actores determinados o matrices de opinión basadas en falsos positivos.

Es lo que ha pasado durante estos años. Esta crisis de la verdad se fue gestando progresivamente desde inicios del período chavista, y se estableció como tendencia desde que se definió como línea estratégica la hegemonía comunicacional desde el poder.

El propósito de instalar una verdad única se buscaría a través de distintos mecanismos, como la creación de un poderoso aparato comunicacional estatal, impreso, digital, radiofónico y televisivo; la transmisión de cadenas audiovisuales obligatorias; el cierre de canales y periódicos privados; las restricciones de divisas para la compra de papel; la censura y restricciones a medios y periodistas; la compra de medios a través de inversionistas anónimos; la opacidad de la información pública, y la intimidación mediática continuada contra actores de la sociedad.

Sobre ese andamiaje con pretensiones omnímodas, se montarían narrativas para negar y esconder la realidad, endosar a otros la responsabilidad de los males que afectan a los ciudadanos, y crear espejismos sobre la efectividad de la gestión oficial y la eventual solución mágica de los problemas.

Tal estrategia tuvo relativa efectividad, especialmente en los años de bonanza petrolera, pero al hacerse evidentes en la vida cotidiana del ciudadano de a pie los fracasos del modelo, la gente le fue restando confianza a los mensajes y voceros hegemónicos, como lo evidencian los resultados de las encuestas de los últimos dos años, los resultados de las elecciones parlamentarias de 2016 y la disposición masiva a participar en las protestas que han dominado la escena pública durante casi ya dos meses.

EL RESCATE DE LA VERDAD

Durante el presente proceso de manifestaciones populares, la gente ha requerido tanto orientación como información sobre los acontecimientos que acontecen día a día en todos los rincones del país, e incluso aquellos que tienen lugar más allá de las fronteras, donde existen cientos de venezolanos que han emigrado en los últimos años.

El aparato estatal y paraestatal (medios privados al servicio del régimen) ha tratado de arrinconar la verdad usando sus métodos de propaganda y censura ya conocidos, incluso con mayor agresividad. Y se ha generado un bloqueo que ha limitado la difusión de las protestas a través de medios audiovisuales tradicionales.

Esta vez se han encontrado no solo con nuevos medios periodísticos en el mundo digital que, aún con limitaciones en su alcance, han servido de fuente de información alternativa a través de cobertura profesional de los acontecimientos; sino también con ciudadanos que han documentado hechos con herramientas comunicacionales que ha aprendido a utilizar.

Una de las técnicas ciudadanas ha sido la del uso de grabaciones de video, buena parte de ellas desde ventanas de sus hogares, que captan actuaciones de los cuerpos de represión, incluyendo aquellas perpetradas por grupos paramilitares. El país y la comunidad internacional ha podido observar escenas de todo tipo, desde ataques policiales a periodistas, pasando por persecuciones y maltratos físicos a manifestantes, hasta disparos a viviendas.

También han podido mostrar cómo los propios ciudadanos han resistido a la represión, tanto en las grandes manifestaciones urbanas como en las protestas que han tenido lugar en poblados rurales.

Detrás de las rejas de sus ventanales, los ciudadanos han activado sus aparatos móviles para oportunamente usar la técnica del contraste, en una misma grabación de pocos minutos, que permite comparar la narrativa oficial generada a través de las pantallas de televisión, y la realidad que se registra en la calle.

Uno de los videos caseros más virales que lo ejemplifica fue aquel que mostraba a Maduro y sus ministros celebrando con bailes en pantalla el llamado a la Constituyente y al girar la cámara desde el monitor a la ventana del apartamento, aparecía una gigantesca nube de humo de lacrimógenas y tanquetas reprimiendo a los manifestantes de la Autopista Fajardo. La grabación dio la vuelta al mundo, generando reacciones de desaprobación a la escena.

La ciudadanía, así mismo, ha hecho reportes con grabaciones de audio, fotografías o con textos, y ha emitido sus opiniones sobre hechos en particular o sobre la protesta en general, todas a través de redes sociales como Twitter, Facebook o Instagram, y haciendo un uso intensivo como nunca antes de chats, con plataformas como Whatsapp o Telegram.

Al no contar con el rigor del periodista formado para estos procesos, se han cometido errores, especialmente en el proceso de retransmisión, al no verificar determinados contenidos que corren en las redes, algunos incluso sembrados para generar el desprestigio de estos mecanismos. También al no especificarse el lugar y la fecha de lo registrado, por lo cual a veces se usan videos de otros momentos distintos al actual. Afortunadamente han surgido guías y recomendaciones por parte de periodistas profesionales y organizaciones no gubernamentales, para que se haga el mejor uso posible de estas redes y se eviten errores como éstos que conllevan el riesgo de alimentar la desinformación o los rumores.

Lo relevante, en todo caso, es que la ciudadanía, además de su presencia en la calle, está usando la comunicación como otra de sus formas de resistencia, en la defensa de la verdad que estima le ha sido escamoteada, y en la procura de compartir registros sobre las violaciones a los derechos humanos que se han venido dando en esta movilización llamada por Provea como la rebelión popular venezolana del siglo XXI.

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