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Claves para el cambio del modelo chavista

Chavismo

El chavismo, y su intento de crear una nueva república, ha sido uno de los fracasos más espectaculares de la historia contemporánea venezolana.

Más allá de la evidencia económica y social que padecemos todos los días, y que con toda seguridad se llevará a este gobierno antes de tiempo, muchos de los conceptos alternativos de los que pretendió vestirse, no fueron sino dislocadas ideas que no aguantaron la primera confrontación con la realidad.

Democracia directa, representación de intereses sin instancias de intermediación, multiplicidad de poderes públicos, esquema de relación con el Estado, nexos y composición de lo civil con lo militar, modelo de economía mixta (por hacer la lista corta); no fueron sino el resultado de un rosario de prejuicios anti-partidistas, ideas simples sobre las virtudes de la intervención del Estado y una desmedida sobrevaloración de tendencias emergentes poco prácticas.

Prometió ser la nueva esperanza para alcanzar una democracia más participativa, una economía más incluyente y un tipo de relaciones sociales más humanas y mucho más sensibles, que las concebidas por un mundo moderno e institucionalizado que no tenía nada que ver con nuestra idiosincrasia latina y caribeña.

Todo ello termino en una anti-utopía. En sueños frustrados que hoy debemos recomponer. Superar la ilusión chavista por otra más auténtica y real es la clave para que nos demos una nueva oportunidad.

La hipocresía constitucional de 1999

El texto constitucional de 1999 es un buen resumen de este intento desmedido de innovar por innovar o de tomar partido por muchas de las ridiculeces que pretendían ser el sesudo análisis de las causas de nuestros males de entonces.

Del texto constitucional desaparecieron los partidos políticos, para dejarnos en manos de caudillos y hombres fuertes; se suprimió el financiamiento público de las organizaciones políticas, para quedar a merced de sospechosos mecenazgos, cuando no de indebidas utilizaciones de las instituciones del Estado y su presupuesto.

Se crearon mecanismos de democracia directa y participativa, difíciles de implementar (como el mecanismo para la postulación de los integrantes del poder moral y electoral), o burdamente desechados o manipulados, cuando las encuestas evidenciaban que la consulta electoral (referéndums para ser más claros) indicaban que el gobierno sería revocado, como ocurre en el presente.

Se le dio forma a un Estado gigantesco imposible de gobernar.

Luego de casi dos décadas de su promulgación, la sociedad venezolana lejos de hacerse más civil e independiente, se fue haciendo esclava de un Estado (ahora si) omnipresente, y un estamento militar sobrevalorado y utilizado por un jefe del ejecutivo (y del proyecto transformador), que sólo entendía de normas marciales y sólo confiaba en quienes habían pasado por los cuarteles y su orden cerrado.

El entusiasmo con el que contó (y puede que cuente), el texto constitucional que se supone sigue vigente, fue la apuesta de todo un país por unos prejuicios lentamente macerados en la crisis de los años 80 y 90. Todas esas ideas no sirvieron para construir nada y sí para destruir mucho. Defensores o detractores de la constitución puede que estén de acuerdo en lo fallido que fue intentar su aplicación.

Roto el pacto constitucional por sus propios creadores, y luego de 17 años de confrontaciones políticas, de inestabilidad y violencia, de ilusiones de riqueza y despertares de pobreza, el país se encuentra sumido en su peor crisis económica y social, sin tener haberes con los cuales recuperarse después de haber quemado todos los ahorros, utilizado toda capacidad de préstamo y vendido muchos activos y hasta empeñado las reservas en oro.

Venezuela va para su tercer año consecutivo de recesión económica, su cifra histórica de mayor número de hogares en pobreza, dependiente al extremo de una actividad económica en relativa decadencia, pero sin las industrias, los capitales, y lo mejor de sus recursos humanos, quienes se han ido o están haciendo las maletas para salir corriendo de esta tragedia. No es mucho lo que tenemos para hacerle frente al peor momento de nuestra historia.

No es mucho lo que tenemos para cambiar de modelo.

¿Qué hacer?

Si le preguntáramos a los venezolanos la causa de nuestra actual crisis, nos sorprendería los pocos que aceptan reconocer que fueron nuestras falsas y prejuiciadas ideas las que nos trajeron hasta acá.

Si bien es cierto que algunas nociones ramplonas (como la virtud de la propiedad estatal sobre la privada, la creencia en el precio justo, el intento por reducir los problemas económicos a la avaricia de unos y la necesidad de muchos, así como la supuesta moralidad superior de los militares sobre los civiles, o de los bolivarianos sobre los demás), han quedado a un lado, también es cierto que no tenemos muchas ideas con las cuales sustituir aquellas que nos trajeron hasta aquí.

En otras palabras, no está del todo claro, y mucho menos es un nuevo consenso social, que incentivar la oferta y al sector privado es la mejor manera de que “todos” vivamos mejor; o que el Estado debe concentrase en algunas y puede que pocas funciones, y que se entienda de una buena vez que el bienestar es responsabilidad de las familias y no un regalo o favorcito del Estado.

Menos aún ha cambiado la concepción que tenemos sobre nuestra principal actividad productiva. No son muchos los que piensan que la industria petrolera quizás funcionara mejor (y definitivamente produciría mucho más) si fuera más privada que pública y mejor supervisada por el Estado que controlada por él. Carecemos de las ideas nuevas y el consenso sobre ellas para cambiar de modelo.

Pero si esperamos que el venezolano cambie mayoritariamente sus principios evaluativos y sus preferencia socioculturales, para que entonces cambien las políticas públicas, pues estamos fritos. No porque el venezolano no pueda cambiar, todo lo contrario, sino porque esperar que cambie la conciencia para que después cambie el comportamiento, es como poner la carreta delante de los caballos.

Si vamos a esperar que la mayoría del pueblo deje de creer en lo que creyó, para luego entonces poder viabilizar los cambios económicos e institucionales, entonces la senda de equivocaciones y retroceso continuará. Lo que se necesita de las preferencias de la gente es el rompimiento, o al menos la duda, del proyecto anterior, del consenso previo que nos condujo a este desastre.

Y eso ya ocurrió. El desabastecimiento extremo y lo que sigue, la temida hiperinflación, se encargarán de echar por tierra, todos los prejuicios y simples recetas que nos trajeron hasta aquí.

Liberados de las lealtades del pasado y desesperados porque se resuelvan los problemas actuales, el pueblo estará listo para escuchar nuevas ideas y apoyar nuevos proyectos. Eso sería suficiente para que un nuevo modelo se activara y comenzara a resolver los problemas y atender las necesidades, que el modelo antiguo no solo no resuelve, sino que profundiza.

El nuevo modelo no necesita entonces del consenso inicial, del convencimiento entusiasta del pueblo, lo que requiere es el chance de que pueda írselo ganando porque resuelve problemas y ofrece soluciones tangibles en el corto plazo.

El pueblo no apoyará en esta ocasión etiquetas o eslogan. El pueblo apoyará soluciones.

Esa será entonces la tarea pendiente. Tener listas las formulas, las políticas, las recetas con las cuales dar al traste con esta pesadilla. Salir de esto, pasar la página e iniciar un nuevo proyecto nacional, va a depender de que el nuevo gobierno de soluciones pragmáticas del el primer día. Para eso hay que adelantar muchas tareas técnicas y muchas otras políticas.

Tenemos desde ahora y hasta el revocatorio, o la transición acordada, para adelantarlas y tenerlas a punto para cuando la sociedad nos dé una nueva oportunidad.

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