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Cómo fue escapar por tierra desde Venezuela hasta Perú

PERU-VENEZUELA-ECUADOR-MIGRATION
20/06/2019
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POR MARTÍN REYES/EL ESTÍMULO FOTO: AFP/ TEO BIZCA

Todos los caminos conducen al sur para los venezolanos que salen a diario por tierra. Esa ubicación geográfica privilegiada de Venezuela al norte de Suramérica, en la que recuerdo que tanto insistía uno de mis profesores de bachillerato, le ha dado la posibilidad a millones de salir en autobús y algunos hasta caminando, en busca de un destino (¿mejor?¿diferente?). A juzgar por las personas con las que conversé, ese destino se encuentra en cualquier lugar más allá de la línea fronteriza con Colombia.

El paso desde Venezuela a Colombia por los puentes que conectan a los dos países está prohibido desde el 22 de febrero de 2019, excepto para aquellos que tengan algún justificativo médico, estudien en las ciudades cercanas o consigan a alguien con suficiente influencia para atravesar los dos o tres puestos militares.

Mi caso fue el último. Un contacto, a quien llamaremos Martín para proteger su identidad, me ayuda a cruzar sin inconvenientes. Vía mensaje de texto le indico el día y hora de mi salida para San Cristóbal, capital del fronterizo estado Táchira.

Con la foto de mi perfil de Whatsapp me ubica en el terminal, donde tengo que quitarme de encima a una docena de ofertas de llevarme a Cúcuta o a San Antonio apenas pongo un pie fuera del autobús.

Mientras caminamos hacia el taxi que nos llevará a San Antonio, donde está el puente binacional Simón Bolívar, me pregunta si traigo sencillo para pagar. Medio dormido luego de 18 horas de viaje, le digo que no, porque en realidad solo tenía unos Bs 2.000 en la cartera (unos 34 centavos de dólar). Pero cuando veo los carteles de precios en los comercios del terminal y lo escucho conversar con el taxista, entiendo que realmente me estaba preguntando si traía dólares o pesos.

El conductor no quiere dólares, pide pesos y Martín me pide que vaya hasta el carro, mientras él cambiará $10 en el mismo terminal. El recorrido de 40 kilómetros nos costará Bs 16.000 u 8.000 pesos colombianos (unos $2,75).

En la frontera los coyotes se llaman asesores

La forma más común de llegar a Colombia es por las trochas, pasos informales paralelos a los puentes, controlados por grupos delictivos (bandas chavistas armadas, de los llamados “colectivos”, paramilitares y guerrilla colombiana). Por allí pasa la mayoría tras pagar 10 mil pesos (unos $3,3). Es un recorrido de unos 15 a 20 minutos a pie entre una zona medio boscosa y un río que para ese día no se encontraba crecido.

Los residentes de San Antonio van y vienen por las trochas sin pagar, pero los desconocidos no son bienvenidos y se exponen a perder sus pertenencias o tener que devolverse si cruzan en solitario.

En San Antonio o desde Caracas, se puede acordar con un asesor, que además de garantizarte la compañía por la trocha, está en contacto con las líneas de autobuses que cubren las rutas del poblado de La Parada (departamento colombiano del Norte de Santander) hasta las principales ciudades de Colombia e incluso conexiones para llegar “directo” hasta Lima, principal destino de los migrantes venezolanos, luego del vecino país.

Hay varias empresas. Los viajes más largos suelen salir en la noche, luego que los pasajeros cumplen los trámites migratorios durante el día.

Los asesores son una especie de coyotes. No como los mexicanos o guatemaltecos que meten de contrabando a la gente en trenes o camiones de carga, pero sí en su función de facilitadores para salir de Venezuela.

Los servicios de un asesor y el pasaje para Rumichaca, ciudad fronteriza con Ecuador, tienen un costo de $110. Viajo con una línea de transporte dirigida por un grupo de cuatro venezolanos. Llevan un control estricto de los pasajeros y pasan lista varias veces al día para chequear que estén en la sala de espera improvisada en un galpón de unos 45 metros cuadrados, más largo que ancho.

El servicio incluye dos almuerzos, espacio para una ducha y resguardo de equipaje. “¿Hora de salida?”, me atrevo a preguntar sobrevalorando la formalidad del asunto.

“Cuando se llene el autobús”, me responde uno de los encargados del lugar, quien luego me explica en detalle que no se van hasta que todos hayan pasado por el control migratorio.

Le pregunto a Martín si me darán un ticket para identificar mi equipaje. “Aquí no hay robo. Al que roba le cortan los dedos o aparece muerto”, me contesta. Confié mi equipaje al igual que el resto de los pasajeros que se dirigían a migración.

Si tienes pasaporte hay que obtener el sello de entrada a Colombia. El de salida de Venezuela no se requiere porque oficialmente la frontera está cerrada. Si solo tienes cédula de identidad, migración te dará el documento conocido como Carta Andina. Un papel que te permite circular sin pasaporte de manera legal por Colombia, Ecuador, Bolivia y Perú. Esta es una de las ventajas de las que disfrutan los venezolanos a pesar de que el fallecido Hugo Chávez retiró al país de la Comunidad Andina en 2006.

También se puede usar para circular por las naciones miembro de Mercosur, a pesar de que Venezuela está suspendida de ese mecanismo de integración, tras considerar sus otros integrantes que Nicolás Maduro se salió del carril democrático por su larga trayectoria de acciones contra los opositores.

Si no tienes cédula no tiene caso ir a migración. Para estas personas el pasaje es más costoso. Una raya amarilla de resaltador destaca sus nombres en la lista de pasajeros. El exceso de pago (no reembolsable) está destinado a cubrir las coimas que paga el conductor a los uniformados colombianos que eventualmente pueden detener el autobús en el trayecto.

Martín me acompaña a las afueras de la oficina de Migración. Son las 9:30 de la mañana. Él estima que a la 1:30 pm habré culminado el proceso. Él me esperará afuera.

Delante de mí, con el número 266, está una mujer cuarentona. Estuvo en Perú pero se devolvió. Ahora irá a probar suerte en Medellín. Me pregunta a dónde voy, asiente cuando le contesto que a Perú. Más tarde le escucho hablar horrores de Lima con otra persona de la fila más dispuesta al parloteo.

Pude haberme saltado la cola, según el ofrecimiento de “Morcilla”, un venezolano que como otros tres ofrecen un servicio de “sellado VIP”, que incluye una silla para aguardar los 10 o 15 minutos que tomará tener el pasaporte con la salida estampada, a cambio de 45 mil pesos o 15 dólares.

La señal de las operadoras venezolanas funciona de forma intermitente en la frontera. Para tener acceso a internet hay dos redes de Wifi gratuitas, una de la Organización Internacional de Migraciones (OIM) y otra de Migración Colombia. Ninguna de las dos funciona. Así que la alternativa para comunicarse es comprar un chip o esperar regresar a la empresa de transporte donde hay Wifi. Una morena colombiana con una franela de la transnacional Claro pasea por la fila vendiendo la tarjeta SIM de la compañía. Luego de que pasara por quinta o sexta vez por mi lugar le pregunto el precio: seis mil pesos (unos $2).

No tengo pesos, pero eso no sería problema. La fila y todo el comercio informal es una zona de libre circulación de billetes de dólar, pesos y bolívares. Pagué con bolívares un café, la única compra que hice en la cola, porque desde el comienzo me propuse gastar lo menos posible y porque el chip lo compraría al llegar a Perú.

Detrás de mí están dos veinteañeros. Son familia y le comentan a otra persona en la cola que vienen de Maracay (centro de Venezuela) y que van a Lima.

“No quiero seguir viviendo en la angustia de que el FAES un día me mate”, comenta el mayor. “Maduro lo jodió todo”, dice el más joven, quien solo ha visto chavismo desde que vino mundo.

El Faes es la Fuerza de Acciones especiales del gobierno de Maduro, especializada en asesinar a delincuentes, presuntos delincuentes o simples sospechosos, durante redadas en barrios pobres de las ciudades y en zonas rurales.

La cola serpentea por un área de unos 200 metros cuadrados cubierta con un techo que todavía muestra su reciente construcción. Allí solo ingresan quienes van a hacer el trámite y los vendedores que se escabullen de los vigilantes para no ser desalojados. Está rodeado de instalaciones para atención al migrante de Acnur, OIM y Unicef. La atención de estas agencias es “bajo demanda”, no hay repartición de agua o alimentos en la fila, tampoco ofrecimiento de sus servicios.

Solo en una ocasión una jovencita de Unicef alza la voz para decirle a “los papitos y las mamitas que en la carpa los niños de 4 a 10 años pueden asistir a una actividad educativa de dos horas, donde además recibirán un kit con un librito para colorear”.

Martín se acerca por uno de los bordes. Es la 1:30 pm. “Ya estás cerca”, me dice para disimular su error de cálculo. “Voy a la empresa a buscar tu almuerzo”. Se aparece minutos después con el primero de dos comidas que incluye mi pasaje: arroz, caraotas, bistec y un pedacito de yuca. Es muy similar al que venden algunos comerciantes en la cola por 5.000 pesos (unos Bs 10.000).

La cola avanza tan lento como el proceso para el cese de la usurpación en Venezuela. Escucho otra conversación. Es una pareja que espera para sellar su salida de Colombia.

Vienen de Perú. El hombre, un sujeto que debe estar en los últimos años de sus treinta, habla con mucho entusiasmo. En Lima vendió mercancías en la calle, encontró solidaridad en un empleo donde aprendió a manejar moto y concluye que lo que hay es que estar dispuesto a “echarle bolas” a lo que salga. Regresa con ropa y comida para sus hijos.

La última etapa de este maratón es la oficina donde están los agentes de migración en sus casillas numeradas. Es una estructura de una sola planta, con tres puertas grandes al frente en forma de arco. Solo una está abierta y custodiada por dos policías que indican cuando entrar. “Morcilla” se aparece de vez en cuando. No se nota a quién ni cuántos pasaportes entrega en cada ida y venida. Conversa con camaradería con uno de los policías colombianos.

Entramos al recinto. Desde la cola se ve a cientos de venezolanos cargando bolsas y paquetes de todos los tamaños ingresando a Venezuela. De regreso no es necesario el paso por la trocha. Desde el margen derecho del puente se oyen ráfagas de disparos. Los policías colombianos con calma bajan la puerta santamaría de la oficina. Afuera, la gente en el puente retrocede corriendo hacia el lado colombiano, algunos gritan. Cesan los disparos y minutos después vuelven con la misma intensidad. Pasa al menos dos o tres veces por semana. Es la lucha por el control de los pasos informales en la frontera entre colectivos armados venezolanos, la guerrilla y los paramilitares. Una guerra de baja intensidad que se acentuó tras el cierre de la frontera por el aumento en la demanda del uso de las trochas.

Con el pasaporte sellado retorno a la sala de espera, donde chequean mi nombre y si ya cumplí con el trámite migratorio.

¿Puertas medio abiertas o medio cerradas?

Mientras esperaba para abordar el autobús recibí un mensaje de una colega. Es el enlace de un tuit: “Comunicado de prensa sobre la aplicación de visa a nacionales venezolanos”. El presidente peruano Martín Vizcarra anunció que desde el 15 de junio su país exigirá visa a los venezolanos que deseen ingresar.

De acuerdo con los cálculos, mi arribo es para el 10 de junio. Haber retrasado mi salida unos días más me hubiese enredado el viaje en la telaraña de requisitos y plazos impuestos por el gobierno peruano.

Tal como con Chile, la puerta de Perú para los migrantes venezolanos ahora está medio cerrada, aunque el lenguaje del comunicado indique que quedará medio abierta y que además, es por el propio bien de los venezolanos.

El autobús que nos lleva a Rumichaca hará pocas paradas, según nos advierte uno de los encargados de empresa en una charla de instrucciones de viaje antes de arrancar.

Nos pide a los hombres no usar el baño para darle prioridad a mujeres e infantes. Los masculinos debemos, por esta cortesía, contener nuestras ganas hasta que pare en una gasolinera, que por cierto hay por montones en todo el trayecto.

Son las 8:00 pm. El bus inicia su recorrido de 36 horas hacia la frontera con Ecuador con 40 almas venezolanas en busca de otro futuro, rumbo al sur.

VENEZUELA-MIGRATION-JOURNEY-FAMILY

Atravesar Colombia por carretera es un reto al estómago. Más de la mitad del recorrido está compuesto por curvas. Las vías están bien iluminadas, delimitadas y señalizadas, al menos la muestra aleatoria que logré observar por la ventana. La lluvia nos acompañó durante casi todo el trayecto. En un punto nos paralizó debido a un deslave que una cuadrilla de trabajadores removió con rapidez.

Las caras jóvenes abundan en el autobús. Mi compañero de asiento, por ejemplo, tiene 18 años. Es un moreno de Acarigua (Portuguesa) de poco hablar. Agradezco que sea delgado, así no invadirá mi espacio. Su hermana financia su viaje, pero no con holgura, así que como casi todos, buscará las opciones más baratas para completar el trayecto. Otro caso es el de una niña recién llegada a la mayoría de edad que viajaba sola hasta Santiago de Chile. No despega la vista del celular. Sonríe de vez en cuando lee las respuestas. Conversa poco, no muestra nerviosismo, tiene un brillo en los ojos, no sé si de inocencia o esperanza.

Rumichaca internacional

El autobús se vacía en Rumichaca. Quienes buscan llegar a su destino por escalas, como yo, emprenden la carrera a la oficina de Migración Colombia para sellar la salida.

Quienes pagaron un paquete directo a su destino recibirán comida y tiempo para una ducha.

El trámite es rápido con los colombianos. A unos 300 metros, cruzando el puente internacional de Rumichaca, están las oficinas de Movilidad Humana (migración) de Ecuador. Reaparecen las siglas de las agencias de la ONU que atienden la emergencia migratoria venezolana. Justo en la entrada una carpa de Unicef hace llorar a los niños con la vacunación obligatoria. Pasar por allí es evitar la cola de unas 150 personas que no andan con niños. Los padres pasan directo con sus hijos.

Aquí nadie ofrece sellado VIP. Los vendedores son muy pocos y tampoco funciona el Wifi gratis que ofrecen las autoridades ecuatorianas y la OIM.

Llegar a las 9:00 am es una ventaja. Más tarde la cantidad de personas se incrementa. Unos metros delante de mí en la cola están cuatro adolescentes recién entrados a la mayoría de edad. Vienen a pie desde Venezuela. Uno de ellos tiene una olla dentro de una bolsa que le cuelga de su único equipaje, un morral con el tricolor venezolano que regaló el gobierno de Maduro al inicio del año escolar. Ese y los bolsitos de Acnur y Unicef son una constante en las espaldas de adultos y niños.

La fila se mueve más rápido que la de Colombia. En la oficina de unos 200 metros cuadrados atienden cinco funcionarios y un par de policías te piden que hagas un ejercicio de confianza: que dejes el equipaje en la puerta antes de ingresar. A la única chica que viaja en el grupito de los jóvenes caminantes no le darán Carta Andina, su cédula está en muy mal estado. La catira (rubia) de mirada rebelde, se sacude rabiosa mientras se retira de la taquilla. Regresa segundos después con uno de sus compañeros que ruega al funcionario de migración que otorgue el pase. Implora como quien pide que no le cobren un pasaje. La respuesta vuelve a ser negativa. “Yo sigo igual”, dice la jovencita tras lanzar una mirada de reprobación al funcionario ecuatoriano.

Salgo con mi sello de entrada a Ecuador dos horas después. El itinerario que me envió Martín por WhatsApp me indica que debo tomar un transporte hasta el terminal de Tulcán, una población rural de 53.000 habitantes a unos 9 kilómetros de distancia. Un taxi cobra $5, pero unas camionetas tipo van cargan pasajeros por $1. Las vías son amplías, bien asfaltadas y sin tráfico, lo que el chofer aprovecha para acelerar. Hace chillar los cauchos en las múltiples curvas del camino y en cosa de 8 minutos estoy en el terminal.

Saltan varios vendedores. Me concentro en las recomendaciones de Martín y voy directo a la taquilla de una línea de transporte. Son $25 para llegar a Huaquillas, último punto de Ecuador antes de cruzar a Perú. Serán 840 kilómetros que la vendedora me asegura se recorren en 16 horas. La próxima salida es a la 1:30 pm. Recibo un jugo y una galleta, la merienda viene incluida en el pasaje.

Mientras los 15 grados Celsius de Tulcán se me meten en los huesos, salgo a comprar algo entre los vendedores. Algunos pocos aceptan pesos colombianos, aunque el dólar es la moneda ecuatoriana desde hace 19 años. Pregunto por las manzanas pequeñas: 25 centavos cada una. La cuenta es inmediata. La misma fruta en Caracas cuesta Bs 5.000, mientras al cambio aquí serían unos Bs 1.500.

Al subir al autobús me espera Luz, una cincuentona venezolana que será mi compañera de asiento. Es corpulenta y parlanchina. Ella es docente universitaria. Aprovecha su año sabático para ir a Chile. Allí buscará trabajo. Mientras consigue espera vender las tres docenas de laticas de chimó (resina de tabaco para mascar) que lleva en el equipaje.

La ruta ecuatoriana tiene menos curvas, las noto más iluminadas que las de Colombia (aunque son una constelación si se compara con las vías venezolanas). No cuelgan afiches ni vallas publicitarias con la imagen del presidente de turno. Un almuerzo-cena en la única parada que hizo el bus cuesta $3,5. La oferta es amplia. Desde pollo frito hasta arroz chino, pasando por papas con salchichas, pollo al horno, ensaladas y arroz. La muchacha no se da abasto para atender las solicitudes y pide que nosotros mismos ordenemos la cola.

No todos compran. Una pareja con una bebé en brazos se sientan en la mesa y abren varios envases de Tupperware. Pan, queso para untar y un refresco, alcanza para los dos.

Llegamos a Huaquillas a las 4:00 am. Fueron 15 horas en total de viaje. A estas alturas ya acumulo cuatro días rodando con rumbo al sur.

Pie en tierra de incas

En Huaquillas hay que tomar un taxi hasta las oficinas de migración. En una carrera compartida con otros tres venezolanos cada uno paga $1, luego de regatear un poco con el conductor que aspiraba cobrar $1,25. En unos 10 minutos se llega al Centro Binacional de Atención Fronteriza. Un espacio de más de 1.000 metros cuadrados donde funcionan en la misma oficina las agencias de migración peruana y ecuatoriana. Es una iniciativa de la Comunidad Andina y en el principal punto de entrada por tierra a Perú.

Lo primero que hay que hacer es vacunarse contra la fiebre amarilla. Una enfermera del Ministerio de Salud de Perú, te pregunta si la tienes. Si la respuesta es positiva solo hay que llenar los datos para que te sellen un papelito que dice que no necesitas la inmunización. La mayoría recibe el pinchazo.

A esta hora de la madrugada el flujo es mínimo. Sin embargo, medio centenar de venezolanos duermen en el suelo del estacionamiento a la espera de que la carpa de Acnur comience a trabajar para obtener una planilla de solicitud de refugio. Un papel vital para quien ingresa con Carta Andina o sin ninguna identificación. Allí comparten el suelo con cucarachas, aunque el lugar luce limpio, considerando la cantidad de personas que pasan por allí a diario.

 

Frontera_Peru_1

Foto: Diario El Nacionalista

Fui uno de los 2.521 venezolanos que selló su entrada a la tierra de incas ese día, según un reporte de Migraciones Perú sobre la actividad de ese día que leí después en los medios. Sin embargo, en los días siguientes ese número casi se triplicó por la exigencia del gobierno peruano de visas a partir del 15 de junio. El trámite fue rápido y en cosa de 15 minutos ya estaba en un taxi rumbo a Tumbes, una importante ciudad del norte peruano donde se toma transporte para Lima.

Es un trayecto de 30 kilómetros. Por $2,5 por cabeza, un taxista nos lleva a cuatro venezolanos hasta la sede de una empresa de transporte donde dos compatriotas atienden en la taquilla de venta. Los taxistas acarrean personas hasta el lugar donde abundan los zancudos que horas más tarde cambian de turno con las moscas. Los 27 grados de esta ciudad de unos 100.000 habitantes sofocan.

El boleto a Lima cuesta $32 o 104 soles. La chica de la taquilla llegó hace más de un año desde Cojedes (llanos venezolanos). Su sueldo está por encima del salario mínimo, pero no está contenta con el trato que recibe ni con la jornada laboral de 12 horas. Se queja de la tosquedad de los jefes y del machismo. El bus saldrá a las 12 del mediodía.

Allí me encontré con una pareja de Mérida que venía de Ecuador con destino a Chile. Van con sus dos hijos. Ella abandonó su empleo como docente de la UPEL (Universidad Pedagógica Experimental)  sin renunciar ni esperar el pago de sus prestaciones. También está otra maestra, con especialización en Planificación que viene de Maracaibo (capital del estado Zulia) porque el ritmo que le imponen el racionamiento eléctrico, la falta de combustible y efectivo, le hacen “imposible vivir”. Viaja con y por su hijo adolescente.

“Yo sé que esto es por un tiempo, porque tengo la esperanza de que Venezuela va a cambiar”, dice, aunque su mirada refleja más incertidumbre que esperanza.

Afuera del terminal se instalan puestos de comidas: “Empanadas venezolanas”, “Almuerzos venezolanos”, dicen los carteles que hacen de aviso publicitario. Dentro de las instalaciones un sujeto de unos 30 años vende arroz chino a tres soles. Lleva una desgastada franela naranja con el logo del partido venezolano Voluntad Popular.

Azorada, pidiendo la clave del Wifi, llega una sexagenaria. Va con sus dos nietos de unos 10 u 11 años. Viene haciendo escalas desde Paraguachón (punto fronterizo en el  norte de Venezuela, en el estado Zulia). Maicao-Bogotá-Medellín-Rumichaca. Los menores viajan sin los documentos de permiso, van a reencontrarse con su mamá en Lima. La señora se comunica con su hija para confirmar el envío de dinero a través de una empresa de remesas. Ha sido su rutina en los últimos cuatro días. No abordará el autobús con nosotros. Ya 50 venezolanos y dos colombianas copamos los puestos, debe esperar un par de horas o más a que se complete el próximo.

Lima pálida y nublada

Las dos colombianas veinteañeras salieron de la ciudad de Buenaventura (costa del Pacífico). Van a Chile donde el esposo de una de ellas las espera para trabajar en una empresa pesquera. “La cosa no está buena en Buenaventura”, dice la más joven, quien dejó en casa a su hijo al cuidado de la abuela.

Serán 23 horas de viaje. El conductor dice que normalmente hacen dos paradas, pero esta vez harán una sola para aprovechar el tiempo. La vía muestra el gran contraste con el norte del subcontinente. Se acabaron los verdes y un beige desértico domina todo el trayecto. Las carreteras son estrechas, rectas. La noche delata la falta de iluminación. No son muchas las gasolineras en el camino, así que hay que ser fuerte con los esfínteres hasta la primera parada o hasta la misma Lima. De nuevo en el baño interno la prioridad es para niños y mujeres.

La única parada es en una gasolinera. Una venezolana vende hamburguesas de pollo a tres soles (prácticamente un dólar). Al recibirla uno se percata de que es un tipo diferente de hamburguesa. Nada que ver con las que se compran en Venezuela. Realmente es pollo mechado y el resto del relleno es lechuga y salsas. Pero bueno, por ese precio en Caracas no se paga ni un perro caliente.

Una comida completa puede costar desde 10 a 12 soles (un rango entre $3,25 y $4). Retomamos las carreteras lineales. Mientras más nos acercamos a Lima la neblina en el camino se hace más densa. El autobús recorta la velocidad como por tres horas, la visibilidad es mínima.

Cuando los carteles viales anuncian que Lima está a menos de 100 kilómetros, las piernas no dan para más y el cansancio de los días de viaje aletarga a los pasajeros. El autobús dejará a los viajeros en dos puntos: terminal Plaza Norte, que es parada y centro comercial y “28 de julio”, que al llegar cae uno en cuenta de que no es propiamente un terminal, sino una calle de unos 300 metros con los terminales privados de las empresas de transporte.

El bus se vacía en este último punto. Los que van a alguna parte de Lima buscan taxis, el último gasto en transporte de este viaje. Los que siguen de largo negocian con vendedores el costo del boleto hasta Tacna, última ciudad peruana antes de llegar a Chile. Allí se enfrentarán a migración de Chile, donde deberán convencerlos que van de tránsito o que son turistas, porque allí el acceso de venezolanos está restringido a los portadores de pasaporte con la Visa de Responsabilidad Democrática que solo se tramita en los dos consulados chilenos en Venezuela.

Esta parte de mi travesía terminó. Ahora empieza la de buscar hacer vida, la prueba de fe y resistencia en un país que se debate entre rechazarnos y aceptarnos, mientras lucha por su propio futuro.

Cientos de venezolanos inician viaje a Perú desde ecuatoriana Tulcán

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