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Copa Libertadores: el manual de lo incorrecto para el fútbol mundial

River Plate
26/11/2018
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FOTOGRAFÍA: AFP

Todo lo malo que podía pasar, pasó. La vuelta de la final de la Copa Libertadores, con River Plate y Boca Juniors como protagonistas, atraía la atención del fútbol mundial. Por primera vez en mucho tiempo daba igual la agenda de la todopoderosa Europa, gracias a un espectáculo que debía deslumbrar al planeta por una apasionada rivalidad, pero que no ha sido tal ni lo será.

Ya da igual quién se corone. El deporte fue ensuciado por cientos de rebeldes y no 15, como quiso disimularlo el presidente del club millonario, Rodolfo D’Onofrio, en una acción que dejará esa marca sobre la región durante mucho tiempo, irregularidad que invita a pensar en los correctivos que deberán tomarse a corto plazo.

Hoy es una incertidumbre cuándo y dónde se celebrará la definición del torneo de clubes más prestigioso de América, caso que agrieta aún más la estructura de una dudosa Conmebol, cuyo mandamás, Alejandro Domínguez, solo sirvió como puente de Gianni Infantino, presidente de la FIFA, quien pidió jugar a como diera lugar, según el propio D’Onofrio, el sábado 24 de noviembre, en un intento de tapar el sol con un dedo que no logró concretarse.

Toda acción del fin de semana es un homenaje al absurdo: desde el ataque de los delincuentes que se escondieron detrás de un uniforme, haciéndose pasar por seguidores para empañar una fiesta deportiva, hasta bajar la santamaría de la fecha pautada por el desequilibrio entre un cuadro y otro. En el trayecto, disturbios en los alrededores del estadio Monumental, con graves fallas del organizador al subestimar a los violentos disponiendo de pocos efectivos de seguridad, pasando por fuertes declaraciones del delantero de Boca Juniors, Carlos Tévez, quien acusó a la directiva del rival de tener peso para que la Conmebol diga lo que estos decidan, palabras por las que, en una sociedad organizada, podría ser multado, fueron muestra del desconocimiento de las normas.

En Buenos Aires, las 48 horas del fin de semana no fueron más que el lapso de lo prohibido, una purga en la que desadaptados decidieron ser noticia al grabarse pateando un lechón, mientras que en otro video se veía a una madre forrando con bengalas a su hija para pasarlas de manera ilícita a la cancha.

Lo repudiable se hizo frente a los ojos del mundo, una acción que representó todo lo negativo, eso que no debe hacerse, una dramatización del horrible show armado por el sentir primitivo de quienes ponderan la anarquía, pero que en Argentina fue real a solo una semana de albergar la cumbre del G20.

 

Ya no se sabe a quién creerle ni a quien apoyar, pues desde las oficinas se hicieron pactos irresponsables, con compromisos de juego un día después de los hechos, cuando el capitán del combinado xeneize, Pablo Pérez, era atendido en un centro de salud para retirarle pequeños restos de vidrio de su ojo izquierdo.

La superfinal de la Libertadores 2018, sin importar quien termine alzando el título, será recordada como la definición de un torneo donde el fútbol quedó a un costado, cuyos dueños no fueron 22 jugadores sino una banda de delincuentes que dieron un paso al frente y demostraron cómo el poder del más guapo y fuerte sigue siendo la regla en una zona donde todavía priva el sentimiento prehistórico sobre el espectáculo.