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Cromointerferencia de llegadas y despedidas

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03/08/2019
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FOTO: ARCHIVO EL ESTÍMULO

“Las grandes obras de arte parecen diferentes cada vez que uno las contempla. Parecen tan inagotables e impredecibles como los seres humanos. Es un inquieto mundo propio, con sus particulares y extrañas leyes, con sus aventuras propias.” (H.G. Gombrich)”

Limpiar el piso y la pared del pasillo central, en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar en Venezuela, una obra de arte cinético, era el trabajo de Marcial desde 1979. A paso firme y disciplinado, como su nombre, coleto en mano, Marcial fregaba su superficie en un interludio de sonidos y de colores. Ecos y llamaradas tropicales.

Marcial no se explicaba por qué ese piso lo atraía tanto. Un efecto magnético, hipnótico, le generaba un festival de sensaciones. Vivió toda la etapa de su construcción; también el celo con el que un hombre al que llamaban: Maestro, y su equipo de trabajadores, lo iban poco a poco haciendo realidad. Concreto y mosaicos convertidos en arte, en una suerte de alquimia cinética. Parecía el Maestro Jesús con sus doce apóstoles, trabajando silenciosamente día y noche. Miradas, perspectivas, mezclas, correcciones. El colorido túnel alistándose para los caminantes de todas las latitudes. Los que vendrían, los que se irían, los que jamás volverían.

Marcial, natural de La Guaira, no tenía muchas opciones de trabajo honrado en la zona. Las pocas, se relacionaban con puertos, hoteles playeros y el aeropuerto. El escogió esta última, por eso de ver gente nueva todos los días, provenientes de otros horizontes.

Decían que el piso era una obra de arte, y que hasta nombre tenía: “Cromointerferencia de Color Aditivo”. Y que, el tal Maestro, era un fulano Cruz – Diez, un artista óptico y cinético venezolano, muy famoso, que vivía también en Francia.

Cuando el piso estuvo listo, Marcial no entendía su significado. Una serie de mosaicos amarillos, negros, rojos y azules, adosados al suelo, producían toda una suerte de matices insospechados, que a él lo cautivaban. Sentía que el piso se lo tragaba como si estuviera entrando en un corredor multicolor. Pero Marcial pensaba; que una obra de arte no era un piso de 2608 metros cuadrados, sino algo más pequeño, como una pintura o escultura, de esas que había en los museos.

Los alegres colores del piso coincidían con el de los rostros de muchos colombianos, ecuatorianos, peruanos, argentinos, chilenos y panameños que llegaban a Venezuela a establecerse, para cumplir sus sueños, para liberarse de las miserias, después de huir de las desventuras cíclicas de sus países. Marcial fue también testigo de muchos abrazos, sonrisas, rostros jubilosos que partían en viajes de placer o estudio, que después volvían más alegres todavía. El sabor variopinto de las llegadas donde está esperando un futuro.

Entre su sueldo y algunas propinitas que recibía en la noche como maletero, después de cumplir su turno diurno de limpieza, Marcial logró levantar su familia de tres hijos. Todos estudiaron en el sistema de educación pública. Un ingeniero, una Licenciada en Educación, y el más pequeño, un contador.

Casi sin saber cómo, ni cuando exactamente, el aeropuerto que antes recibía líneas aéreas, aviones último modelo (inclusive hasta el Concord), turistas e inmigrantes de todas partes del mundo, y que albergaba con su enorme flotilla, a una de las líneas aéreas más importantes de la región, Viasa, comenzó a deteriorarse, al igual que la “Cromointerferencia de Color aditivo”.

El país poco a poco se fue extraviando. Marcial veía como sus ingresos no le alcanzaban para vivir. Todo se había complicado. Colores mal mezclados. El negro, el luto, mezclado con el escandaloso amarillo, y un rojo, sangriento, criminal, ahogando al otro rojo, al de matiz heroico.  El azul cielo, bañado de gris, matiz tormenta, matiz hambre. Un caos multicolor. Una permanente cuesta arriba, como la de la maldición de Sísifo. El gobierno no se ahorraba maldiciones, era pródigo en ellas. El piso parecía ahogado en mares de pintura roja, manufacturada con sangre, para borrarle toda su alegría de antaño.  Sus tres hijos, en lo único que pensaban, era en ir a su sitio de trabajo, al aeropuerto, despedirse de su amado padre, y salir por el, y no volver nunca más. Color despedida, matiz melancolía.

Finalmente, llegó el día. Marcial vio partir allende, casi sin rumbo, o con rumbo desesperado, primero a su hija, después al mayor, y por último al menor de sus hijos. Despedidas, sin despedir, partidas, sin partir, unas silenciosas, otras ruidosas, todas con la promesa de un futuro mejor. Las risas de otrora, transmutadas en lágrimas, como para llenar un río, crecido y furioso; uno de tristeza y desconsuelo, que como una turba descontrolada arrastraba venezolanos, inmigrantes, líneas áreas, negocios, turistas, sueños, y cuanto aliciente y esperanza se cruzara a su paso.

El sentido artístico de la “Cromointerferencia” se le fue desvelando al mismo tiempo que su desolación. “El arte no hay que entenderlo ni explicarlo, es para disfrutarlo” así siempre decía el Maestro, el mago de los colores.

Cruz – Diez, hacía que éstos cobraran vida propia. Los había mezclado de tal manera, que hombre y sentimientos, tiempo y espacio, se vinculaba a través de su creación artística.

De unos colores que representaban a un país vibrante, tropical, en constante reacomodo, entusiasta, sereno, alegre, violento, insondable y contradictorio, se pasó a las pinceladas de la hecatombe, la miseria, la escasez, los miles de problemas, y el exilio forzado.

Sin embargo, la “Cromointerferencia” seguía allí, como un símbolo, de partidas y llegadas, nuevas aristas, nuevas sensaciones, con sus palpitantes colores, recordando que el país vive, seguirá viviendo, a pesar de estar herido.

Marcial, era consciente que el piso, como el país, se estaba deteriorando aceleradamente. La “Cromointerferencia de Color Aditivo”, también le tocaba vivir, la interferencia no cromática, sino más bien unicolor, rojo, del descuido, del desdén, de la vida acelerada y complicada que no deja un momento libre para atender las cosas que merecen atención. Temía también, que al ritmo con el cual algunos migrantes tomaban una pequeña muestra del piso para llevarse un pedacito de Venezuela en el bolsillo o en el corazón, no solo desaparecería el piso, sino también el país. Sin piso, solo hay abismos.

Marcial pensaba: -El arte redime, el arte es como una terapia.

Marcial, finalmente comprendió que lo que limpiaba todos los días no era un piso, sino una obra de arte. Caminar sobre una obra de arte, por tantos años, es algo que no ocurre muchas veces en la vida de una persona. En medio de sus acantilados, se sintió afortunado.