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Daniel Esparza: Democracia y gobierno militar son incompatibles

Daniel Esparza

Pertenece a la categoría del intelectual que se va, pero no se despega. Daniel Esparza (Caracas, 1978) ha sido profesor de Arte en la UCV y de Filosofía en la USB, y actualmente cursa un posgrado sobre religión en la Universidad de Columbia, y aunque se presenta en inglés en su cuenta @Esparzari, tuitea bilingüemente como si se estuviera calando las cadenas de Maduro en Nueva York.

Un tipo de su época, también es traductor, músico, compositor, salsero, alguna vez integrante del legendario Show de la Gente Bella de 92.9 FM y, aunque usted no lo crea, una de las materias grises ocultas detrás de la cloaca mediática @correoguaire. En Google se consigue otro Daniel Esparza, un filósofo-politólogo español experto en historia del surf que da clases en la República Checa, que aunque no es él, podría serlo. Forma parte de una serie sobre jóvenes venezolanos que ejercen la labor del intelecto dentro o fuera de un país cuyo gobierno les desprecia.

—¿Con qué se come un intelectual? ¿Daniel Esparza se considera uno?

—Siempre insistiré en ello: hemos visto cantantes de reguetón ser oradores de orden en la Asamblea Nacional, en momentos en que una de nuestras labores más urgentes es recordar que los saberes implican dominio de destrezas específicas. Desde luego, como hemos tenido ministros que lo mismo son especialistas en el cultivo de tubérculos mutantes como historiadores del Imperio Sasánida, hemos perdido de vista el respeto por los márgenes de la propia actividad. Un intelectual es, de acuerdo a la definición clásica, aquel que se dedica al cultivo de las ciencias y las letras. Aquí, creo, la palabra clave es cultivo. Un intelectual no es aquel que consume ciencia o letras. De ser así, todos seríamos granjeros. Siempre me ha conmovido la imagen de Lisandro Alvarado, en Ospino, traduciendo el De Rerum Natura de Lucrecio, a finales del siglo XIX. Ese, me parece, es el lugar de un intelectual: el lugar ​de quien cultiva. A Dios gracias, aún hoy hay quienes siembran y cosechan, pero con la labor intelectual pasa lo que con la agropecuaria: el gobierno se ha dedicado sistemáticamente a agredir a cuanta Agroisleña se consigue a su paso. Yo, por mi parte, aún no he cultivado mi primera zanahoria. Estoy, más bien, arando y abonando el terreno. Y sabemos, también, que una sola zanahoria no hace cosecha.

—¿En Venezuela lo que ha habido desde 1999 es en realidad una revolución contra el intelecto?

—Es una revuelta que parece de escala mundial. Posiblemente no sea nada nuevo. No creo, eso sí, que se trate de buenas intenciones mal encaminadas, sino de una insistencia insana en la absurda reivindicación de la propia ignorancia, a modo de bandera, como si la ignorancia fuese una virtud que es preciso enarbolar en contra de la pretendida arrogancia del conocimiento. No puedo evitar sino ver en esto una forma más de una distorsión adosada históricamente al materialismo histórico, que pretende asegurar que es sólo desde el proletariado donde se pueden percibir objetivamente las contradicciones del statu quo. En otras palabras, la suposición de que el conocimiento es burgués y, por ello, malo.

—¿Hubo algún instante en que sintió que se materializara esa revuelta anti-intelecto? Dicho de otra manera, ¿cuándo pensó: “Ahora sí se jodió este país”?

—Posiblemente el despido de los empleados de PDVSA. Ese gesto, en el que se resume el valor que el chavismo da a los saberes, aunado al sistemático y sostenido desprecio por las instituciones culturales y las universidades, incluidas las que el propio chavismo ha fundado, son más que elocuentes, y abren el camino por el que, más temprano que tarde, se llega al Honoris Causa a Maduro. Aunque debo admitir que en el discurso en el que Chávez presentó el Plan de la Patria, cuando le escuché citar, y mal, a Walter Benjamin, dije para mis adentros: “Hay que tener cojones”.

Nota de redacción: Esparza ha escrito dos libros inéditos sobre Walter Benjamin (1892-1940), citado por un presunto Chávez en carta publicada un mes antes de su muerte.

—¿Es sano vivir afuera y no despegarse de lo que pasa en Venezuela?

—A diario me lo pregunto. ​No puedo estar todo lo enterado que quisiera, ni todo lo desconectado que quisiera estar. Venezuela genera demasiada noticia constantemente, y es difícil pasar de una indignación a otra en tres minutos. Sin embargo el problema sigue siendo exactamente el mismo, prácticamente desde 1999, y pasa por la incapacidad de llamar las cosas por su nombre; entre ellas, entender que un gobierno militar y la democracia son simplemente incompatibles. A pesar de que no podemos obviar cierta responsabilidad anexa al uso de redes sociales, dudo mucho de que lo que yo diga o deje de decir en internet, en una columna, en un disco o en un libro realmente tenga algún impacto político, económico o social real. De hecho, estoy casi convencido de que no lo tiene. Por eso, creo que despegarme no tendría ninguna consecuencia salvo la de darme más tiempo para hacer lo que se supone que realmente tengo que hacer, en mi caso, estudiar y escribir, y alimentar la culpa que a ratos se siente por abandonar lo que se supone es un compromiso moral: el de mantener un pie en la propia tierra, intentando aportar una voz más a lo que ya es un concierto demasiado cacofónico.

—¿Qué aporta Daniel Esparza al debate venezolano desde la Universidad de Columbia?

—Creo que aún no aporto demasiado. Quizá nada. Los aportes no se hacen con una columna semanal en un periódico, o con una presencia constante en Twitter, o con un blog con tres mil lectores únicos. Puedo estar siendo muy duro, pero es mi impresión por ahora. No con eso quiero restar méritos a profesores de la talla de Erik Del Búfalo, Guillermo Aveledo Coll o Colette Capriles, pero su aporte no está sólo en su rol público, al que nos asomamos leyendo sus intervenciones en diarios o en redes sociales, sino en lo que hacen en las aulas, institutos, conferencias y universidades. Allí, en esos espacios, también se hace el cultivo. En efecto, quizá esa sea precisamente la vanguardia. ​​​Más aún: el ataque contra la universidad, el hábitat natural del intelectual, es un frente más de la revuelta anti-intelectual, que insiste en restarle importancia a las universidades, institutos y escuelas.

—¿El intelectual en Venezuela es como el protagonista de Assassin’s Creed, un suicida solitario que lucha para preservar el libre albedrío en medio de la Inquisición?

—Quisiera yo que estuviésemos en una situación similar a la del medioevo, cuando se fundaban universidades una tras otra, y todas producían y fomentaban el conocimiento a escala continental.  ​El venezolano que hoy trabaja en un aula, biblioteca o laboratorio enfrenta exactamente las mismas circunstancias que el campesino que no tiene a quién comprar la semilla o el fertilizante para sus campos. Basta ver la planta física de nuestras universidades, y recordar las asignaciones presupuestarias que reciben, la imposibilidad de generar ingresos propios que enfrentan, y las compensaciones salariales de nuestros profesores. Sumémosle a eso la perversión del control de cambio, fuente de prácticamente todos los males que vive la Venezuela contemporánea, y que impide a nuestros académicos el acceso a publicaciones recientes, asistir y presentarse en congresos, hacer cursos breves o simplemente pagar una suscripción a una revista especializada.

—¿Las redes sociales promueven el libre pensamiento o quizás todo lo contrario?

—En algún momento crearon la ilusión de proveernos de un ágora a la que acudíamos a escuchar, hablar y aprender. Sin embargo, esta democratización es problemática, quizá porque nuestra misma idea de democracia, hoy, es un problema. El mismo Zygmunt Bauman, antes de morir, dijo claramente que las redes sociales sólo son capaces hoy de proveer una especie de sucedáneo de una comunidad global, pero que no pasan de ser espacios en los que se dialoga sólo con quien tiene una opinión idéntica a la propia. Hemos visto cómo esto ha sucedido también con la democracia contemporánea, que se ha convertido en poco más que la tiranía de las mayorías. En ese panorama, las redes sociales son, en buena medida, un pasatiempo. Quizá siempre lo fueron, y sólo les hemos dado más importancia que la que en verdad tienen, incluso permitiéndoles sustituir los ejercicios de socialización que antes tenían lugar en el bar, el aula de clase, la iglesia o la plaza pública. Los lentos procesos necesarios para socializar, conocer y aprender son sustituidos por la inmediatez de los 100 y tantos caracteres, o por una infografía de Pictoline. Que Trump, tanto como Chávez y sus sucesores, mantengan los ojos en sus cuentas de Twitter y no en donde se supone que deberían mantenerlos, dice mucho de lo que se supone hoy que son la autoridad, el ejercicio del poder y la democracia contemporánea: simplificaciones arbitrarias, ramplonas, maniqueas, que se confunden con meros ejercicios de popularidad online.

Esta entrevista pertenece a una serie de jóvenes intelectuales venezolanos. Para leer la entrevista a Guillermo Aveledo Coll haga click acá

Daniel Esparza (Caracas, 1978). Licenciado en Historia del Arte por la Universidad Central de Venezuela (2000), Magister en Filosofía por la Universidad Simón Bolívar (2013), Master en Filosofía por la New School of Social Research (2015), Dean’s Fellow en la Graduate School of Arts and Sciences de la Universidad de Columbia, PhD candidate (candidato doctoral) en el Departamento de Religión y el Institute for Comparative Literature and Society (ICLS) de la Univesidad de Columbia.

Fue profesor de Historia del Arte y Principios de las Artes Plásticas en la Universidad Central de Venezuela, y Asistente Académico del Departamento de Filosofía de la Universidad Simón Bolívar. Fue profesor de ética en la Universidad Seton Hall. Autor de dos libros inéditos sobre Walter Benjamin. Ha publicado diversos artículos –especialmente en Teoría Crítica- en revistas académicas en Venezuela, España e Italia, y ha sido invitado a conferencias en Puerto Rico, Perú, Venezuela e Inglaterra. Actualmente prepara su tercer libro, “Construcción de lo Religioso”, bajo la dirección de Gil Anidjar, sobre Kierkegaard, Benjamin, Adorno y Derrida.

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