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De aguantar a cambiar

La inflación cede pero el alivio no llega a los bolsillos de los venezolanos
22/07/2019
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FOTOGRAFÍA: EFE

A fines de 2017, a comentario mío sobre la ya muy preocupante situación económica y social un amigo culto y bien informado me respondió: El primer semestre del año que viene vamos a extrañar este y en el segundo, echaremos de menos el primer semestre de 2018, no quiero ni pensar en 2019. Hoy, cruzando la esquina del segundo semestre de ese año, parece que han pasado décadas y no año y medio. Los que se han ido, los que han cerrado, lo que ya no se encuentra. Ya es difícil acordarse cuánto nos costaba un café y un cachito, el barbero o hacerle el servicio al carro en la Navidad de 2017, hace diecinueve meses. Económicamente, nos sentimos en la bajada de un largo y empinado tobogán.

Aquí, aguantando la pela” se ha convertido en la frase más escuchada en esta Tierra de Gracia. El empobrecimiento de los venezolanos llega a todos los sectores sociales y todas las regiones. Los empresarios de la ciudad o el campo, de la industria y el comercio, no pueden planificar ni invertir mientras hacen inmensos esfuerzos para mantenerse a flote. A los trabajadores no les alcanza lo que ganan. La moneda se ha devaluado hasta niveles inimaginables. Miles de jóvenes dejan las aulas. Las universidades se asfixian y se van quedando solas. Cada vez menos personas quieren ser docentes.

Un bolívar de hoy es nominalmente 100.000.000 de hace doce años. Pero más que el bolívar, se ha devaluado el trabajo. Eso es mucho más triste y más dañino. Que muchos venezolanos lleguen a pensar que trabajar, sencillamente, no vale la pena. Solo un pequeñísimo grupo que especula con las oportunidades que esta situación absurda genera, se siente más o menos a salvo y disfruta viajando, pero al volver tiene miedo o desconfianza de sus compatriotas.

Esta situación es insostenible. Por la apariencia de mantenerla pagamos los venezolanos un precio altísimo. Pensar que nos acostumbraremos y acabaremos resignándonos, como repite más de uno y dicen creer los propagandistas del régimen es una equivocación tremenda. Quienes se agarran del poder con esa convicción practican un deporte extremo cada vez de más alto riesgo.

Aquí la gente no la aguanta y cada vez son más los que se van, muchos más los que quisieran irse y muchísimos más los que rumian su inconformidad con saliva de desesperación. Y no puede ser que las alternativas para un venezolano sean la maleta o un malestar profundo que te amarga. Afuera, los países ven el éxodo de venezolanos que llegan a hacer cualquier cosa, con independencia de su preparación o experiencia. Ya el número es tal que les plantea nuevos problemas que se suman a los que ya tenían.

No entrarle en serio a los gravísimos problemas que se acumulan solo ha traído que se agraven. Casi nadie en el país y nadie afuera, cree que grupito en el poder pueda cambiar este cuadro que ha generado. Es nacional la responsabilidad de ayudar al cambio necesario. Sobre todo de quienes tienen poder, pero no solo de ellos. Y de quienes se presentan como alternativa, pero no solo de ellos. Es de empresarios y trabajadores, políticos y apolíticos, civiles y militares, religiosos y laicos, jóvenes y viejos. Venezolanos todos.