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De Barquisimeto a San Cristóbal

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10/09/2017
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FOTO ANDRÉS CAÑIZÁLEZ

Viajar por tierra dentro de Venezuela, alejado de la centralidad caraqueña, es posiblemente la mejor manera de comprender la magnitud de la crisis que atraviesa a nuestro país. La orfandad en la que se vive y la desidia oficial se combinan para mostrarnos el rostro de una Venezuela necesitada.

Para atender un imprevisto familiar tuve que hace un viaje por tierra desde Barquisimeto a San Cristóbal. Desde el Táchira, ya antes de salir, la gran preocupación que me transmitían mis familiares era por el asunto de la gasolina. Es un verdadero dolor de cabeza.

La última bomba con gasolina la encontré en Barinas y en las siguientes horas, hasta llegar a San Cristóbal, la estaciones de servicio estaban llenas de carros y conductores en espera de que apareciera el combustible.

La cruel paradoja de vivir en el territorio que se supone tiene las mayores reservas mundiales de petróleo y que el poner gasolina sea un dolor de cabeza sólo es superado por la ausencia de gas doméstico.

A lo largo del viaje, por 4 estados (Lara, Portuguesa, Barinas y Táchira), lo común al pasar es observar las bombonas de gas vacías puestas a la orilla de la carretera. Y según me comentaban personas a lo largo del trayecto es también –en este momento- la principal causa de protestas que llevan a los ciudadanos a trancar las vías, para exigir la llegada del gas doméstico.

La infraestructura vial entre Barquisimeto y San Cristóbal es básicamente la misma que hace dos décadas. No hubo en estos años de revolución bolivariana ninguna obra en esas vías que sea memorable. Al contrario, ni siquiera hay un mantenimiento mínimo o capacidad de respuesta ante contingencias.

Así lo evidencia el paso por la zona de “Zigzag”, ya en el Táchira. Hace ya largas semanas que la vía cedió ante la crecida del río y la única presencia del Estado venezolano son unos policías ordenando el tráfico, ya que hay apenas un solo canal que debe usarse en ambas direcciones. No observé ni maquinarias, ni obreros trabajando en restaurar la carretera como debe ser. Y pasé por allí un día laboral.

Los huecos, baches, pedazos de carretera con asfalto deficiente son lo común. Si se levanta la vista de la carretera se observa pequeños negocios de venta de comida, principalmente, cerrados. Sobreviven los que están más cerca de ciudades o poblaciones. Hay una cantidad de pequeñas edificaciones sencillamente abandonadas, ni siquiera se les pone el aviso de que están en venta.

Conozco esta vía y me hice acompañar en este viaje de un amigo que también la conoce. No necesitamos ninguna indicación para saber qué vías deben tomarse. Pero me pongo en los zapatos de algún turista accidental que haga el mismo recorrido: no hay indicaciones en la vía (los que sobreviven tiene más de 20 años) sobre las rutas a seguir, no hay un solo cartel que le diga al conductor cuántos kilómetros faltan por llegar a la ciudad más cercana. Si no se conoce bien la vía y se carece de GPS toca sencillamente preguntar.

Así como han desaparecido la venta en pequeños locales, ha florecido la venta de casi cualquier cosa con jóvenes (principalmente mujeres) que se colocan en plena vía, aprovechando aquellos pasos en los que debe reducirse la velocidad. La precariedad parece arropar todo.

Llegada a San Cristóbal. Al venir desde Barquisimeto mi carro no tiene chip (como es obligatorio en la capital tachirense para que te vendan gasolina). En la búsqueda de las bombas internacionales, en las que se paga cada litro en 300 bolívares, preguntando conseguí al menos un par de personas que me dijeron tener gasolina almacenada en su casa y que estaban dispuestos a vendérmela.

Cada litro en 1.000 bolívares, ese es el precio para el comercio de combustible que pasa de contrabando a Colombia. Aún pagando la gasolina a 300 en una estación de servicio formal es negocio contrabandear.

Llego a San Cristóbal hambreado, en el paso de “ZigZag” tocó estar dos horas en una enorme cola. Me paro delante de un negocio de pollos en brasas. Un muchacho se ofrece a cuidar el carro y me propone que como forma de pago le regale los huesos y la comida que sobre. En su rostro veo el hambre.

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