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De cómo la minoría cachetea a la mayoría

Tibisay Lucena
11/09/2017
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FOTOGRAFÍA: PRENSA PRESIDENCIAL

La mayoría de las personas lleva una vida normal. Se ocupan de sus familias, trabajan, hacen deporte y se divierten con los amigos. Cultivan la vida privada. Hay, sin embargo, minorías organizadas, fanatizadas, que gritan a todo gañote y ocupan la casi totalidad del escenario público.

La mayoría de las personas lleva una vida normal. Se ocupan de sus familias, trabajan, hacen deporte y se divierten con los amigos. Cultivan la vida privada. Hay, sin embargo, minorías organizadas, fanatizadas, que gritan a todo gañote e imponen su visión, la cual termina termina teniendo un peso desmesurado en la opinión pública. Muchas veces, minorías manipuladoras y seguras de sí mismas captan el favor de la mayorías por medio de mentiras. Luego las mayorías se arrepienten pero ya es tarde. Pasamos años de nuestra vida entendiendo la democracia como un método que, si bien se basaba en el principio de la mayoría, limitaba y dividía el poder y defendía los derechos de las minorías. Alexis de Tocqueville, en La democracia en América, advertía insistentemente en contra de la tiranía de las mayorías. Ahora resulta que la minoría es la que abofetea a la mayoría. De quien debemos defendernos es de la minoridad que obsesivamente ocupa y acapara el poder.
Lo más antipático de todo esto es que, paradójicamente, el principal responsable de este tipo de opresión es el mismo método democrático, la fé ciega en el voto y los mecanismos electorales que elevan al poder a personalidades que luego permanecen en él por trampa o coersión. El voto es un instrumento frágil y volátil. Funciona y tiene validez cuando la participación es alta y significativa pero ello raramento ocurre porque a mucha gente le aburre la política. Baste como ejemplo recordar que el Referéndum constitucional de 1999 por el cual se aprobó la nueva Constitución de Venezuela, pistoletazo de salida a la aplanadora de Hugo Chávez, fue ganado con el voto favorable de sólo el 31,85% de la población inscrita en el registro electoral. Ejemplos similares abundan en el mundo. Trump perdió el voto popular por 2.865.075 votos y el 56% de los catalanes rechaza la política impuesta por sus representantes. Y ni hablar del Gerrymandering, las morochas o el kino de Chávez y todos lo métodos que permiten obtener mayorías aplastantes con porcentajes limitados.
La opresión de la minoría obedece también a factores de orden psicológico. La espiral del silencio describe el proceso por el cual los individuos renuncian públicamente a sus ideas y opiniones cuando piensan que su punto de vista no es compartido o aceptado por la mayoría. La minoría es, en realidad, una mayoría silenciosa. La teoría desarrollada por Elizabeth Noelle-Neumann busca explicar muchos cambios sorpresivos y abruptos que se dan en la opinión pública y que contradicen las encuestas, esas mediciones estadísticas del estatus quo y la ortodoxia, imágenes momentáneas de los estereotipos conscientes que tan exagerada posición han alcanzado en la política contemporánea. Ante voces estridentes, frente a señales de una aparente dominancia que sobresale por su ruido, las personas guardan su opinión y subestiman el número de sujetos que sí comparten sus valores y su visión del mundo. Hay un manejo perverso de la emotividad y de los sentimientos de pertenencia que lleva a opacar las convicciones íntimas de las personas. Como indica el escritor español Javier Cercas, es “la ilusión de unanimidad creada por el temor a expresar la disidencia”.
Muchos gobernantes se mantienen en el poder por medio de la represión y las armas pero antes de tener el acceso a ellas adquirieron su posición por medios democráticos. Hay determinantes psicológicos del silencio de las mayorías que permite el asecenso al poder de políticos indeseados y la permanencia en él de los reprobados. El efecto imitación es un proceso por el cual la gente cede a la presión social o simplemente tiende a conformarse con la opinión que luce tener mayor aceptación. El efecto último vagón describe una versión de la imitación, el mecanismo por el que las personas siguen a los ganadores o desertan a los perdedores. Y la simple apariencia o convicción de triunfo se convierte en profecía que se cumple a sí misma. La ruptura del silencio responde a periodicidades y saturaciones. Marca el fin de un período de letargo colectivo y el renacer de la consciencia individual. Pero para hacerla operativa tenemos que comenzar con el principio básico de la resistencia no violenta: si nadie obedece no hay quien mande.

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