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De El Dorado venezolano a las siete ciudades de Cíbola

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Hay un mito que ha signado la historia de América Latina, y la de Venezuela, en muchos momentos y bajo muchas formas; el mito de El Dorado. Este arquetipo surgido del deseo incontrolable de encontrar tesoros y riquezas fáciles, quizás se ubicaba geográficamente entre las tierras de Colombia y Venezuela, o Ecuador y Perú (Birú). Tiempo después migró hacia las de las Guayanas. Con seguridad se encontraba y encuentra en las vastas extensiones de nuestros genotipos cósmicos, haciendo referencia a la raza cósmica del escritor mexicano José Vasconcelos.

El mito de El Dorado se ha aplicado a casi todas las creaciones fantásticas vinculadas a riquezas inconmensurables, imaginadas por los nativos americanos o por los propios españoles. Después las continuarían los latinoamericanos, y sobre todo los europeos que migraron a estas tierras.

La historia señala que el conquistador español Vasco Núñez de Balboa se cruzó con unos indios que poseían oro y de allí comenzó a correr la especie que las tierras de América estaban repletas de oro. Hacia 1524, los españoles Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Hernando de Luque iniciarían también su búsqueda sin ningún éxito.

También lo harían, Diego de Ordaz, atravesando el Orinoco. Después la lista de exploradores se hace muy extensa. Desde Jerónimo del Dortal, pasando por Ponce de León, Ambrosio Alfinger, Jorge De Espira, Nicolás de Federmann, Sebastián de Belalcázar, Gonzalo Jiménez de Quesada, Francisco de Orellana, Sir Walter Raleigh, y mas de 30 millones de inmigrantes.

 

Algunos historiadores indican que el fantasma de El Dorado fue inventado por los nativos para alejar a los españoles, pero quizás fueron éstos los que no entendieron las indicaciones geográficas que daban los nativos, de diversas concentraciones de riqueza que sí existieron en el continente.

Su contraparte mitológica en el norte de América fue Cíbola, ciudad legendaria y plena de riquezas, fundada supuestamente por siete obispos que partieron hacia América después de las invasiones moras a España. Se suponía que Cíbola estaba entre el Norte de México y el suroeste de Estados Unidos.

Nuestro Dorado ha estado compuesto de mucho petróleo, minerales y bellezas naturales. Para otros de negocios fáciles, corrupción, controles de cambio de divisas, controles de precios, entre otros.

 

Sin embargo, el trasfondo de nuestro Dorado surge de aquel deseo, de aquel mito laico, que, según Umberto Eco, en su obra Historia de las Tierras y Lugares Legendarios, mueve a utopistas, exploradores y aventureros a buscar una tierra mejor a la que se está condenado a vivir.

Después de varias oleadas migratorias hacia Venezuela, la situación del país ha exigido a muchos inmigrantes, y a los venezolanos a salir por primera vez a buscar Cíbola, y muchos otros lugares legendarios, porque viniendo de uno de ellos, el del mito del mejor y mas rico país del mundo, es difícil no salir a buscar lo que Joseph Campbell llamó la Imagen del Mito, es decir, la del sueño, porque este es de la misma naturaleza que aquel.

Años de una dosis excesiva de realidad o ¿irrealidad? sumado a la realidad de otros lares, obligan a moderar las expectativas, las de afuera, pero también las de adentro, las de una pronta y rápida recuperación sin esfuerzo.

 

Nunca mas debemos buscar en Venezuela un Dorado, no deberíamos ni hablar de él para no generar mas quimeras malignas. Nuestro viaje del héroe, retomando a Campbell, del primer umbral, al del de retorno, en el que el héroe regresa con el don de la restauración, debe iniciarse y transitarse por mundos ordinarios, algo soñados, pero no quiméricos o mitológicos, porque sino, el fantasma de El Dorado, estará siempre acechando y arrasando todo a su paso.