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De fotoperiodistas a emigrantes erráticos

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03/10/2017
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FOTOGRAFÍA: DAGNE COBO BUSCHBECK

La historia de mi migración se cuenta en plural: la hacemos juntos Miguel y yo, ambos fotoperiodistas en el último escalón de nuestros 20’s. Desde hace casi 6 meses nos sumamos a la diáspora venezolana, pero decidimos hacerlo con la convicción de disfrutar el camino. Así nos convertimos en viajeros voluntarios y en esta columna les contaré sobre nuestro viaje.

Todos tenemos un punto de quiebre, una situación que rompe el hilo más frágil de nuestro aguante y cambia nuestras convicciones.

El mío fue oler el hambre, ver huesos afilados tensar una piel delgada, opaca, marchita, escuchar el dolor de un padre de mirada esquiva que sentía culpa por no poder alimentar a sus hijos y que dos de ellos estuvieran enterrados en el patio de la casa familiar.

Fui a Paraguaipoa, al noroeste del estado Zulia, buscando la historia de los niños González, wayuus de la Alta Guajira que habían muerto por complicaciones derivadas de la desnutrición severa, convencida de que mi trabajo era necesario para que todos vieran lo que estaba pasando fuera de Caracas, que las autoridades dejaran de negar la indolencia y se hicieran responsables, pero no hubo ventarrón guajiro que me sosegara las pupilas, volví con el corazón tan roto que decidí que mis ojos necesitaban otra luz.

Meses antes, unos malandros con licencia para delinquir golpearon y robaron a Miguel mientras trabajaba en los alrededores del CNE; la respuesta de un policía pusilánime que presenció todo fue “aquí no hay Estado de derecho”.

¿De dónde se agarra el espíritu a la patria ante semejante respuesta?

Nuestro oficio ya no era un bálsamo de servicio, sino un recordatorio casi macabro de que vivíamos en una realidad atroz que ni la costa más vasta del Caribe lograba superar.

Trazamos un plan considerando todas las opciones que creíamos posibles, tomando en cuenta las ciudades donde teníamos amigos y familia que nos pudieran recibir, los países con políticas migratorias más sencillas para no estar ilegales, las ofertas de trabajo, las economías más estables y así pusimos el punto rojo de nuestro mapa en Santiago de Chile.

Lo demás fue trabajar -nada nuevo para quien asume irse de su país-, pues cualquier plan pasaba por tener el dinero para ejecutarlo.

Cada hora de sueño que nos debíamos sumaba de a centavitos a la alcancía migrante, cada libro que vendíamos de nuestras bibliotecas, cada foto que tomábamos en un “tigre” que antes no hubiéramos hecho.

Pero sabíamos que solos no lo íbamos a lograr: la crisis venezolana es una dementora de la individualidad, hay que nadarla en cambote para sortear sus olas picadas.

Por eso pedimos ayuda a nuestros amigos; unos nos dieron consejos útiles y frases clichés pero verdaderas; otros nos ayudaron a mudarnos, a vender todo lo que pudimos; otros hicieron que su casa fuera nuestra; otros ahorraron por meses para mandarnos dólares con los que pudimos completar para comprar nuestros pasajes.

Dos meses antes, ojeras mediantes, brindamos con cerveza pilsen helada porque saldríamos el 7 de abril, a las 8:50pm desde Maiquetía directo a Buenos Aires, que resultó ser uno de los últimos vuelos que hizo Conviasa antes de cerrar esa ruta.

En ese momento no nos imaginábamos que desecharíamos nuestra idea original, la que tiene en general cualquier migrante: buscar trabajo, ahorrar para alquilar un apartamento, vivir bien y establecerse, por plantearnos un cambio radical en nuestro estilo de vida.

Nos presentaron una página en la que hosts de todo el mundo ofrecen casa y comida como pago por trabajar por unas horas en tareas específicas, una forma de voluntariado para viajeros, y entendimos que viajar nos emocionaba mucho más que pensar en asentarnos en un lugar.

La ocurrencia parecía aún más complicada que llegar a un país desconocido a empezar de cero, sobre todo con tan poco dinero, imaginándonos lo peor de los anfitriones, de la gente -malas costumbres que deja la crisis- pero se parecía mucho más a nuestras ganas de irnos felices, sin rencores ni pesadumbre.

Lo hicimos proyecto, le dimos nombre, forma y desde el aeropuerto @Emigrante_Erratico tuvo su primera publicación en Instagram. Fue nuestra manera de, entre tanta distensión, ponernos estructura.

Hasta ahora estuvimos en Santiago en una casona antigua, nos hicimos amigos de Lu y su gata Dorita. Conocimos a Diego, un colombiano que nos tatuó en medio de una borrachera; en un viñedo al sur vivimos el cambio de otoño a invierno y compartimos con unos gringos de Kansas que escuchaban Rawayana y Los Mesoneros, y un surcoreano que llevaba un wok en su maleta; conocimos el Pacífico y dormimos con vista al océano en un hotel hecho de containers; aprendimos a sembrar la tierra, a reciclar botellas y a construir con madera.

Nos cuesta responder cuando nos preguntan cómo lo hemos hecho, a veces no sabemos cómo lo seguiremos haciendo, pero todo se resume en trabajar, intentar ser buenas personas y desapegarse de los patrones sociales que nos persiguen y aplastan, para ser feliz de verdad, si no ¿de qué se trata todo esto?