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Del hambre al totalitarismo

Militares

Entramos en una fase realmente peligrosa dentro de esta transición política y económica que vive Venezuela. Decimos transición porque difícilmente el país se sostenga sin cambios económicos sustantivos luego de la caída estructural de la renta petrolera y el modelo económico asociado a ella. Cambios que quiérase o no, van a impactar el diseño político de lo que llamaron la revolución bolivariana.

De igual manera, decimos peligrosa, porque quienes han usufructuado este modelo de inviabilidades, lejos de inclinarse por un entendimiento con el país, plantearse una reconsideración de las premisas erradas de las que partieron y, por consiguiente, iniciar una distensión entre los distintos sectores y el gobierno; han optado por exactamente lo contrario, por un empecinamiento en las proposiciones insostenibles del autarquismo petrolero.

Puede resultar algo ocioso preguntarse el porqué de tal terquedad. Nos basta con sugerir que la misma es el resultado de la imposibilidad, intelectual y de interés, de plantear algo distinto. Eso de morir con las botas puestas, rodilla en tierra y cosas por el estilo, no es más que la alternativa de quien no tiene (o al menos no vislumbra) ninguna otra opción, o incluso de quien no termina de entender la magnitud del cambio por el que estamos atravesando.

En las últimas semanas y tras la destitución del ministro empresario, y de haberse desdicho públicamente el ministro presidente de PDVSA en relación al tema de las expropiaciones de las empresas privadas prestadoras de servicios petroleros, el gobierno da una nueva vuelta a la tuerca de lo absurdo y se atornilla más en una posición de política pública que ya, sin importar lo que pueda pasar con el precio del petróleo, no hay forma de salvarse.

El asunto se pone aún peor cuando en este teatro de lo absurdo la Fuerza Armada Nacional no se mantiene al margen, porque finalmente la economía y sus políticas no deberían ser su fuerte o materia de especialización, sino por el contrario toma partido (y duro) embaucándose en una guerra fantasma que denominan pomposamente de “cuarta generación”. Dejan así al descubierto no sólo preferencias y compromiso políticos que ya conocíamos, sino también conceptos que demuestran unas convicciones que aterrorizan.

La próxima pregunta será que pasará con ese discurso militarista y oficial cuando dentro de unos meses no se gane ninguna guerra, el desabastecimiento no haya hecho sino empeorar, y las bajas de productos y bienes esenciales sigan cayendo a la misma velocidad que aumenta el hambre y el descontento nacional.

¿Será la ilegalización de los partidos de oposición, de la MUD para más señas, la forma de parar la consecuencia política de la crisis y el hambre?

La Guerra del Hambre

La ingesta de alimentos ha caído en Venezuela a niveles donde el número de veces que se come al día forma parte de la nueva dimensión de la desigualdad. Comer tres veces al días es una condición que reportan menos de la mitad de los venezolanos y tan sólo comer una vez, es una realidad para hasta 20% de los hogares.

Nada bueno pasa en un país donde las unidades del orden público y los equipos antimotines deben montar guardia permanente en los principales centros de distribución de alimentos y sus funcionarios hacen redadas buscando actividades desestabilizadoras entre quienes portan dos o tres unidades de un mismo producto.

Alcabalas y puestos de control ya no sólo verifican las guías de distribución de las unidades de transporte, sino que los vehículos particulares, las bolsas de los mercados, pueden ser objeto de decomisos, cuando no pretexto para el matraqueo. La guerra del hambre ha convertido a cuatro paquetes de harina en la evidencia de un delito.

Tal y como lo han planteado resulta bochornoso que al ejército enemigo, entiéndase el sector privado nacional, se le infringen derrotas en la medida en que sus productos lleguen a la mesa de los hambrientos venezolanos.

El trabajo de la Fuerza Armada es obligar a que las empresas hagan lo que las políticas del gobierno les impide hacer. Producir bienes y servicios es la clave para ganar la guerra al desabastecimiento, pero la llave de la victoria la tiene el adversario ¿Qué clase de guerra es esta que se gana si vence el enemigo?

La guerra al hambre esta perdida, porque es insensata en su origen y será trágica en su final, cuando busquen un nuevo enemigo que, como todo parece indicar, será políticos, será la oposición.

El Final: ¿Camino al Totalitarismo del SXXI?

La fantasía del socialismo del siglo XXI no sólo no se cumplió sino que puede que termine como todos sus antepasados modelos que propugnaron el igualitarismo radical.

La imposibilidad de hacer realidad la utopía socialista fue convirtiéndose en un sistema cínico y perverso enclavado en el pensamiento y la acción totalitaria. La oposición a las verdades del régimen, junto a un pueblo que ya no respaldaba sus propuestas, siempre llevó a patear la democracia. Fue el caso de los Nazis en Alemania y de los Bolcheviques en Rusia. ¿Será el de los bolivarianos?

A los revolucionarios del Caribe les comienza a pasar lo mismo. No podrán seguir en el gobierno si seguimos en democracia. En esta carrera al totalitarismo clásico, el gobierno va avanzando tan rápido como se ve obligado a mantener sus propias contradicciones.

La ceguera ideológica ha penetrado todos los ámbitos del Estado, ha hecho pecaminosa la duda y convertido en gozosa la burla y el cinismo para todo aquel que critique, desde adentro o desde afuera, la locura del gobierno. Vamos camino a un desenlace no deseado.

A menos que se imponga en los próximo meses un dejo de cordura y se acepte una salida electoral, frente a la continuidad de esta crisis sin remedio, nuestro futuro será el de una confrontación manifiesta por intentar establecer un nuevo totalitarismo de corte decimonónico en pleno siglo XXI.

De esta forma, el gobierno parece dispuesto a dar un paso más en su locura. Después de militarizar la crisis, de ver una guerra donde no la hay, parece haber decidido ilegalizar a la oposición. Esa es ya la última jugada antes de la represión abierta.

Ilegalizar la MUD es acabar con la política, es militarizar la política, acabar con la forma pacífica de resolver las diferencias. Si se atreven a ilegalizar a la oposición, por contraria a la patria o “enemigo de cuarta generación” se irían por un camino sin retorno, donde la política se sustituye por el pensamiento único y a los ciudadanos solo les queda el papel de obedientes.

El anuncio de una de las rectoras del CNE sobre la inhabilitación de la Mesa de la Unidad Democrática a instancias de un TSJ, que ha devenido en una suerte de Volksgerichtshof (corte del pueblo del III Reich), terminará por sentenciar al gobierno y todos los que los acompañan en el primer totalitarismo latinoamericano del tercer milenio. Sin elecciones y sin oposición legal, el régimen se convertiría en una franca e inocultable dictadura.
El hambre, como en otras historias, habrá devenido en dictadura.

En busca de un final alternativo

Obviamente somos del parecer de que existe la posibilidad de que este trágico final no ocurra. El sentido de sobrevivencia de unos, la tenacidad de otros y la voluntad democrática de todos, puede que sea el antídoto para defendernos del totalitarismo como último ensayo que tiene previsto el gobierno para resolver la crisis.

Pero para que estos antígenos no se activen y convivan con el cuerpo democrático de la Nación, hay que denunciarlos, hay de develarlos.

Para que nuestro final no sea una tórrida dictadura atemporal, inviable y trágica para todos, hay que comenzar desmilitarizando nuestros problemas, sacando a la Fuerza Armada de donde no debe estar y de donde nunca debió haber entrado.

Cada venezolano debe denunciar con fuerza que no existe tal guerra económica. El desabastecimiento no tiene por origen ninguna conspiración. Nuestros problemas económicos no tienen un trasfondo político distinto a las pésimas políticas del gobierno y, finalmente, no es con represión, ilegalizaciones y totalitarismos trasnochados que vamos a superar nuestros problemas.

La solución es otra, el camino claro, el remedio para el hambre, no es otra cosa sino la democracia y el cambio pacífico de gobierno.

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