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Del salario mínimo al mínimo salario

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El último aumento por decreto se realizó escasos tres meses del tradicional de mayo y, a la fecha, ya suman 5 aumentos (entre ajustes del salario mínimo o del ticket de alimentación) en lo que va de año.

Hace poco más de una semana que el gobierno decretó un aumento del salario mínimo y del ticket de alimentación. Se trata de un aumento que por sí mismo deja en claro el tamaño de la inflación en Venezuela. Fieles a su tradicional dobles, por un lado el gobierno ni publica ni menciona la inflación, y por el otro pretende ajustar compulsivamente lo que ya es la más estrepitosa caída del poder adquisitivo del que tengamos registro.

El último aumento por decreto se realizó escasos tres meses del tradicional de mayo y, a la fecha, ya suman 5 aumentos (entre ajustes del salario mínimo o del ticket de alimentación) en lo que va de año. Nunca antes gobierno alguno, ni siquiera estos del chavismo, habían ajustado tantas veces el salario mínimo. Como parte del cinismo comunicacional se presenta como una reivindicación del “presidente obrero” cuando en verdad lo que tenemos es la crisis de ingresos más pavorosa desde que estas estadísticas de salario e inflación se llevan en Venezuela.

Un poco de contexto

Desde hace muchos años, digamos que desde la administración del Presidente Rafael Caldera (la primera para más señas), el intento por legislar sobre los procesos económicos y el bienestar de los trabajadores ha sido una tentación permanente.

La democracia venezolana nunca creyó en el mercado como posible arbitro en las relaciones entre el capital y el trabajo, y mucho menos su remuneración. La tradición de la legislación laboral venezolana partía del principio socialdemócrata de la disparidad de poderes entre los dos factores productivos principales del capitalismo, de allí la necesidad de legislar a favor del débil socioeconómico (el trabajador) aun cuando tal consideración lo condena en la práctica a ser efectivamente un minusválido, que no desarrolla fuerza sindical propia de su grupo de interés, o lo convierte en un abusador producto de las abusivas prerrogativas legales de que dispone.

Podría ser bastante largo enumerar todos los vicios y las inconveniencias que para los propios trabajadores tiene las leyes laborales que encarecen el empleo, restan movilidad y, lo más importante, desincentivan la productividad. Específicamente y en lo que se refiere al tema de la fijación del salario mínimo, esto se ha convertido en un mecanismo de indización del salario que en contextos inflacionarios (especialmente el que vivimos) tiende a achatar la pirámide de salarios, elimina los incentivos y pone en la práctica a ganar a todo el mundo lo mismo o casi lo mismo. No en vano desde hace años en Venezuela el salario mínimo es el salario medio de los trabajadores.

Desde hace mucho en Venezuela el salario mínimo dejó de tener el significado que los legisladores de la seguridad social le dieron al concepto y se convirtió en un instrumento de política social propio de una economía hipercontrolada como la nuestra. A fin de cuentas, y eso es lo que trabajadores y empleadores dan de cuenta tras estos cinco últimos aumentos de salario, la remuneración, el poder de compra, la capacidad de hacerse de bienes y servicios para satisfacer necesidades, no se decreta, no depende de leyes o sanciones, sino de una economía productiva que no tenemos y que nunca tendremos mientras los incentivos productivos estén confiscados por los leguleyos de las relaciones laborales.

Corriendo detrás de la inflación

La evolución de esta desacertada política de aumentos del salario mínimo y del cesta ticket, ha respondido al intento de garantizar el acceso a un mínimo de satisfactores de necesidades. Para esta administración, como también lo fue para las que los precedieron, la canasta de consumo normativo de alimentos (CNA) se convirtió en un nivel mínimo a garantizar por medio de leyes y decretos. De tanto perseguir el mínimo, puede que nos hayamos conformado y convertido la mayoría de los salarios en una mínima remuneración.

Si repasamos la evolución del salario mínimo y su relación con el valor de la CNA se aprecia que entre 2007 y 2012 las autoridades trataron de mantener el salario mínimo en torno al 100% del valor de dicha canasta. En el peor de los casos, el salario se depreciaba hasta cubrir el 80% de la CNA entre ajuste y ajuste. Dos aumentos al año de entre 20% o 30% eran suficientes para mantener al salario al 100% de la CNA en la economía inflacionaria de dos dígitos de esos años.

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Fuente: Gacetas Oficiales para el salario mínimo. INE para el valor de la CNA hasta 2014. BCV para el cálculo de la CNA según el índice de precio al consumidor hasta diciembre 2015. IIES-UCAB para la índice de precios mensual estimado de Enero a Septiembre (e) 2016. Cálculos propios.

Lo anterior se aprecia en el gráfico anterior. Nótese como las barras verdes se mantienen con un valor entre el 80% y 100% hasta mediados del 2014. De igual forma la curva roja (valor de la CNA) y la azul se mantienen juntas, cuando ese es el nivel de cobertura del salario.

Pero la historia cambia a partir del 2014. La clara inflación de tres dígitos (180% en 2015 y puede que más de 700% al cierre de 2016) que se instaló en Venezuela desde mediados de 2014, y la de un presente que apunta a otra de cuatro dígitos, ha hecho que todos los aumentos decretados de salario mínimo (los cinco de este año) no han podido con el crecimiento del valor de la CNA. Si consideramos sólo el salario mínimo (sin cesta ticket) este alcanzó a cubrir sólo el 30% de la CNA en julio-agosto de este año y con el aumento reciente (hasta Bs. 22.576 al mes) puede que remonte a sólo un 40%.

Para estos cálculos nosotros consideramos la canasta oficial, o mejor dicho, una estimación de la oficial, dado que esta no se ha publicado desde 2014. Nuestra mejor estimación de lo que sería la CNA oficial es de Bs. 55.346 bolívares al mes para una familia de cuatro miembros en la primera semana de septiembre de este año.  Ella está muy por debajo de otras canastas como la del CENDAS-FVM, por ejemplo. Esto es así porque, como sería bueno recordar, estas canastas normativas son una convención académica que se construyen desde unos mínimos nutricionales que deben ser considerados sólo para la medición y no, como el leguleyismo salarial del que al parecer todos padecemos, sugiere o pretende convertir en un “deber ser”.

Una economía que remunere bien a sus trabajadores no sería aquella que paga en promedio los mínimos normativos de una canasta que sólo sirve para medir y analizar, pero nunca para vivir o comer.

Nuestra economía de hambre desde hace mucho nos ha hecho confundir los mínimos como si fueran los necesarios o incluso lo suficiente, sin entender que estos niveles son categorías analíticas que sólo indican lo cerca o lejos que se estaría de un nivel de subsistencia teórico y por lo tanto sólo concebido para contrastar con la realidad. Cuando se está por debajo de ese nivel teórico la realidad salarial y social de un país es una auténtica tragedia.

Utilizado entonces de mala manera el nivel de la CNA como “deseable”, la política de indización salarial hace aguas a mediados de 2014. Esto es así porque en definitiva nadie le gana a la inflación, ni la de antes, y mucho menos la de ahora. En el presente, dado el nuevo perfil inflacionario de nuestra economía y sometidos a una legislación laboral llena de prerrogativas imposibles de cumplir bajo este comportamiento de precios, el gobierno debió apelar a la indización salarial por medio del bono de alimentación y sus sucesivas reformas, lo que terminaron convirtiéndolo en el componente más importante de la remuneración de los trabajadores del sector formal.

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Fuente: Gacetas Oficiales. Cálculos propios

En el gráfico adjunto se aprecia cómo mientras el salario mínimo representaba el 80% del salario integral, el boom inflacionario hizo del cesta ticket un componente más importante que el salario mínimo. Hasta 2010 el cesta ticket no representaba más del 30% del salario integral, dos años después (2014) ya era el 60% y desde marzo de este año es mayor que el salario mínimo, mientras que hoy, tras el reciente aumento, es casi el doble.

El hecho de que el cesta ticket sea más alto que el salario mínimo es la forma que encontró el propio gobierno, como mayor empleador del país, para librarse del pasivo laboral que impone la indización salarial. Pero también ha sido la forma de librarse de la importante erogación que supone para ellos la referencia de las pensiones y jubilaciones al salario mínimo. Las rigideces que en materia de remuneraciones creo el Estado, incluso como disposición constitucional, para salvaguardar los intereses de unos trabajadores débiles legales y requeridos de protección, terminan en la hipocresía del cesta ticket.

La disparatada realidad salariar de la Venezuela de hoy debería enseñar que el trabajador no se beneficia por las leyes o los proteccionismos populistas, sino por forma parte de una economía productiva, desde la cual transa una lucha distributiva desde sus intereses autónomos (sindicatos libres) para incrementar su participación en la riqueza producida. De lo contrario y como dice el dicho popular, cada aumento se vuelve sal en agua.

Ahora bien, considerando el salario integral, cesta ticket más salario mínimo, o mínimo salario, esta remuneración legal superaba el 140% del valor de la CNA (barras verdes), pero igual a como le ocurrió al salario mínimo los niveles de inflación hacen retroceder esta “cobertura” al 100% en 2014 y al 80% desde mediados del 2015 y primer semestre del 2016.

La línea del salario integral (morada) se mantiene por encima el valor de la CNA (roja) hasta agosto del 2014 para luego mantenerse por debajo para todo el resto del período, hasta el anuncio del reciente aumento que al colocar el salario integral en Bs. 65.056 este supera nuestra estimación de la CNA de Bs. 60.880

Pero nadie le gana a la Hiperinflación

Como todos los sectores económicas del país saben es sólo cuestión de tiempo para que en pocos meses este incremento salarial termine rezagado respeto a la evolución de los precios (medido aquí por el valor de la CNA). Si la inflación mensual extraoficial, o calculada por agencias independientes, se mantiene creciendo entre 10% o 13% por mes, pues en menos de dos meses ya la cobertura se nivela a 100% en dos meses (noviembre) y ya para febrero del 2017 será menos del 80% de la CNA. Si para ese entonces este gobierno sigue siendo gobierno, pues veremos un aumento del cesta ticket de otro 50% o más.

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Estos aumentos que nada o poco tienen que ver con el funcionamiento real de la economía son simples ajustes que rápidamente la realidad se ocupa de sincerar. Los aumentos legales de todos estos años poco sirven para mejorar el bienestar de los trabajadores porque no estamos en presencia de una pugna distributiva, única que parece entender este socialismo, sino de una crisis productiva, una quiebra de la economía nacional que afecta la remuneración de todos los factores productivos incluido el capital.

Distribuir sin producir fue lo que llevó a la ruina a muchas economías del continente asoladas por el populismo que hoy nos gobierna. A fuerza de los golpes los venezolanos están aprendiendo, como ayer lo hicieron los peruanos, bolivianos e incluso brasileños. Entendieron que sólo es posible distribuir lo que previamente se produce y que hacer lo contrario es propiciar el cierre de las pocas unidades productivas que han sobrevivido al desastre económico actual.

No sólo nadie le gana a la hiperinflación, sino que ella primero será consecuencia de los malos manejos económicos y después será la causa de la inviolabilidad productiva del país. Después de ella habrá que rehacer todo, entre otros una pugna distributiva que se alinee con principios de productividad y crecimiento y no simplemente el reparto populista de lo que no se tiene.

 

Hacia una nueva estructura distributiva.

Hace años escuche a un viejo comunista de los años sesenta concluir que el trabajo y el capital deben ser aliados para producir y competitivos al distribuir. El conflicto se debería reducir a la participación de la riqueza, pero sin afectar la capacidad de crearla. El dilema no está resuelto con semejante sentencia, pero al menos deja en claro que el conflicto entre capital y trabajo no es existencial, no es suma cero, sino agónico y posible de ser resuelto desde las mayores remuneraciones marginales de cada uno. La posibilidad cierta de que ambos sean ganadores, debe ser el responsable de que el final del capitalismo aún no haya llegado.

Venezuela y la convicción de sus ciudadanos de acceder a la vida moderna nos va a llevar a superar este trance populista. Es posible que el potencial pedagógico de la crisis nos deje en claro que la necesidad no es suficiente como argumento para el alza de los salarios o la mejora en las condiciones laborales.

“Que la vaina este jodida” no puede ser el criterio para el aumento salarial. Por el contrario es en la participación de las utilidades de las empresas, del crecimiento de la actividad de la que se forma parte, donde reside el poderoso argumento para disfrutar de la riqueza y participar de ella.

Mientras la empresa genere utilidades el trabajador y sus organizaciones tendrán no sólo la aspiración política, sino la justificación económica para exigir una remuneración acorde con la riqueza producida y, lo más importante, el compromiso compartido de que la actividad sea sostenible y sustentable. Esa es la discusión moderna de la contratación colectiva y la lucha sindical, no el leguleyismo de los aumentos salariales que no responden a ninguna otra condición que los intereses políticos de dirigentes irresponsables e ignorantes del proceso productivo.

Pero mientras ese momento llega seguiremos viendo como de tanto proteger el salario mínimo, terminamos con sólo un mínimo salario.

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