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Diablos de Naiguatá danzaron sin cesar para honrar su fe

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31/05/2018
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FOTOGRAFÍA: DANIEL HERNÁNDEZ

Una vez más las calles de Naiguatá, estado Vargas, se llenaron de hombres danzantes vestidos con mascaras de diablos, mucho color y animales para venerar al Santísimo Sacramento en este jueves de Corpus Christi, en una tradición proveniente de los tiempos de la colonia. Además, esta celebración coincidió en 2018 con la Coronación de la Virgen.

Los Diablos Danzantes de Naiguatá, declarados Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2012 por la Unesco, no se detienen a pesar que la crisis ha llevado a muchos de los suyos a abandonar las calles del pueblo varguense para buscar un mejor futuro.

Antes que inicie la procesión pautada para este 31 de mayo, se ven en las calles de la localidad a hombres con trajes de colores y mascaras en sus manos. Se escuchan campanas por doquier y en una de las casas -a sólo una cuadra de la iglesia del pueblo- Elí Iriarte de 60 años espera para celebrar su procesión número 45. La primera fue a sus 15 años. Sin embargo, dejó de ser un diablo danzante para volverse cajero, uno de los que usa la caja como instrumento. Con el pasar de las décadas terminó siendo el cajero mayor y su función es dirigir la comparsa con un ritmo contagioso y alegre. Es el que anuncia el inicio de la danza y la guía, por lo que advierte que “nadie puede estar por delante de mí”.

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En su casa hay niños preparándose. Para muchos es su día de bautizo dentro de la cofradía religiosa.

Iriarte manifiesta haber aprendido todo lo que sabe del anterior cajero, quien murió hace 3o años y flexibilizó algunas normas de la tradición, como la inclusión de la mujer y de niños. “Fue su estrategia para devolverle la vida a esta tradición que casi desaparece por falta de miembros”, indica.

El sexagenario viste camisas y pantalones blancos pintados con motivos circulares y de cruces. “Estos círculos sirven para crear un halo de energía cíclica que nos protege del maligno y hace que todo fluya”, señala. La estridencia del color marca la diferencia con los de Yare, así como el motivo de sus mascaras.

“En Naiguatá siempre verás máscaras de pescados y tiburones. Somos del mar, aunque los jóvenes han agregado leones y pájaros”, sostiene.

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-Por una promesa-

Los amuletos de protección están presentes en cada danzante. Elí lleva un broche del Santísimo Sacramento del Altar en el bolsillo de su camisa, y debajo de su indumentaria cuelga de un cordel tricolor una cruz que lleva 30 años con él.

La afluencia de visitantes ha variado. Hay años en el que los números son favorables, otros no tanto. Uno que sin duda marcó la memoria del cajero fue la de 2010, porque según él hubo alrededor de 1000 personas entre turistas y diablos.

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El cofrade explicó que para ser un diablo hay dos opciones. La primera es por la tradición, ligada a una directiva que te escoge por los vínculos con el grupo y la segunda opción es por pagar una promesa; esta es la más recurrente. “Algunos quieren que sus hijos se curen, otros que un problema se soluciones”, dice.

Aquellos que pagan promesa son los que llevan las mascaras en la cabeza, los que la sostienen en sus manos no. Es la forma de diferenciarlos.

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-Diablos de nacimiento-

Junto con el sonido de la caja de Elí, hay cohetes explotando para que todo el pueblo escuche. En una de las calles, un grupo de adolescentes y niños esperan sentados el momento. Entre esos Wilson Brito de 18 años, baila desde muy pequeño. Sus padres le inculcaron la tradición “Esto viene en nuestras venas”, asevera emocionado.

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Está acompañado por Mayerlin Escobar de 16. De la cintura de ambos cuelgan sus respectivos campanarios, un cinturón con cuerdas llenas de campanas y llaves de duchas que chocan entre si y suenan sin parar cuando inician la danza.

El joven, a pesar de amar su tradición, abandonará el país en agosto de 2018 para irse a Perú y por eso hace de esta fecha algo especial. Lamenta hacer a un lado sus promesas y dejar su mascara en su querida Naiguatá. “Sólo Dios sabe por lo que he pasado”, subraya.

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Es lo que a él y a otros de sus amigos les ha tocado vivir. La crisis económica del país lo asfixia y quiere vivir como un jóven normal de su edad, mientras tanta disfrutará su última vez con los diablos por un buen tiempo.

-Por el Santísimo Sacramento del Altar-

Mientras tanto, a unos minutos de dar inicio a las festividades, Nolberta Romero y Alecia Carrasquel -ambas octogenarias- cortan naranjas como cada año para dar a los participantes. “En el mundo hay tres jueves de admiración: El de Semana Santa, Corpus Christi y la Asunción”, dijeron las dos mujeres con frutas en la mano.

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Una vez que suena la caja la procesión inicia y la danza, los zapatazos toman las calles con el movimiento armónico de las mascaras. En un circulo de bailes y movimientos bautizan a los niños cofrades. Al mismo tiempo, a unos metros de ellos vienen de rodillas los penitentes a la espera de ver cumplidos sus anhelos más profundos.

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La plaza mayor vuelve a estar llena. La entrada de la iglesia es un bullicio de campanas y espectadores con teléfonos grabando cada instante, comentan quién tiene la mejor máscara y quién baila mejor. Los niños se lucen y al final todo se mueven entorno a su fe a sus creencias al Santísimo Sacramento del Altar.