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El amor incondicional de una misionera a un niño abandonado

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11/04/2018
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FOTOGRAFÍA; IMAGEN DE REFERENCIA | EL ESTÍMULO

Desde el año pasado, convencido por el amigo más devoto que tengo e impulsado por el padre Omar Hernández, fui al estado Vargas como misionero. Muchos creen que este trabajo se trata de ir predicando y rezando, convenciendo a personas de unirse a la religión católica. Pero no. Las que yo voy, no son así. Se tratan de ayudar a los sectores más necesitados en este estado costero golpeado por la pobreza.

“Amar y servir”, es el lema de las misiones Santa Teresa de Jesús, que operan desde hace 15 años entre las parroquias de Maiquetía, “La Soublette” y ahora, Montesano. En la primera oportunidad, conocí la parroquia de Maiquetía, y en Semana Santa fuimos por primera vez a Montesano, una zona popular ubicada cerca del distribuidor “El trébol”.

Estas misiones son organizadas por Mariela Carrasquero y Ana Teresa Mata de Sola, dos voluntarias que llevan años dirigiendo este trabajo. Una de las actividades se trató de la visita a una casa de la que no se les habla a los nuevos integrantes. Esta omisión, obviamente, tenía una clara intención.

La casa se dedica a recoger a niños abandonados a lo largo de Venezuela, que en su mayoría presentan problemas graves de salud, tanto motores como físicos y/o emocionales.

Algunos de ellos eran catalogados como “niños deformes”. Supongo que el término despectivo era utilizado por sus padres biológicos. La palabra deformidad es horrible ¿no?

Pero cuando uno se deja llevar por las primeras impresiones, se pierde muchísimo de lo que el mundo te regala. Para mí, la verdadera deformidad está en el corazón de quien abandona a un hijo, pero traté de que la rabia no me dominara en este lugar. La idea era ayudar.

Creo que los padres de estos niños no estaban preparados para asumir la responsabilidad que conlleva tener y mantener a un ser humano en estas condiciones. Mucho menos, tenían la virtud de la compasión y la amplitud del espíritu.

Pero la vida da sorpresas, unas amargas y otras gratas. En esta ocasión, los pequeños terminaron en un lugar adecuado: entre los abrazos y cuidados de las hermanas de la congregación Santa Teresa de Jesús.

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Sus labores impactan. La disposición de ayudar a cambio de nada es digna de respeto. Después de ofrecerles un espacio para que dieran una charla o pidieran donaciones, me cachetearon verbalmente. Ellas me explicaron que su trabajo no se anuncia públicamente. No le gustan las fotos ni piden caridad. Aunque tienen algunos donadores fijos, no piden nada a nadie. No creen en eso, solo creen que “Dios proveerá”. Una resolución de vida que impresiona para estos tiempos de crisis e hiperinflación.

Pasando el día con Andrea

 

En un Martes Santo nos montamos en el autobús para asistir a una nueva jornada. Estaba confiado; sabía a donde iba y me sentía confiado, pues ya “estaba acostumbrado” después de vivir la experiencia en el albergue. Grasso error.

Con un hueco en el estómago y una sonrisa en la cara, ambas sensaciones que muy pocas veces se encuentran en un mismo ser; mi cuerpo se preparaba para lo que significaba ir a ese nuevo lugar. La ansiedad me invadió.
Después de una subida empinada, tanto que te hace compadecer a las personas que la transitan todos los días, estaba ahí. Como un rayo en una tempestad. Iluminaba esta calle del barrio la casa de las hermanas de la caridad Teresa de Calcuta, ubicada en la parroquia Carlos Soublette.
Cuando entras a la casa iluminada, hay una capilla donde se ve la estatua de la Santa Madre Teresa. Se ve tan real que algunos se asustan y creen que hay una hermana rezando ahí. La capilla es fresca e inmediatamente te invita a entrar, hay vibras de acogimiento en todo el lugar.

Al pasar me encontré con el cuarto de los “más grandes” pero es una cuestión de tamaño más que de edad. Niños “grandes” que pueden medir metro y medio, ninguno con posibilidad de caminar, a excepción de uno, que sufre de autismo severo.
Decidí continuar bajando un piso, hacia el cuarto de los más pequeños y cuando llegué les estaban dando la comida a los bebés. Los misioneros habían asumido la posición de reemplazar a las hermanas y, poco a poco, lo fueron haciendo. Me sorprendió ver mucho a una niña de 14 de nuestro grupo, que era introvertida pero se notaba que de muy buenos sentimientos, dispuesta a alimentar a una niña a través de una sonda conectada a su ombligo. Son estas las situaciones en que se saca lo mejor de algunas personas.

 

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Solo quedaba un bebé sin misionero. A la niña me acerqué luego de haber sido instruido en cómo alimentarla. El proceso fue lento pero poco complicado. Lo más impactante de Estefany, el nombre de esta nena, es que hacía unos bruscos “estirones” en los que todo su cuerpo se contraía y echaba la cabeza hacia atrás. La recurrencia era de cada 5 minutos. La razón de este movimiento me dejó devastado: estaba convulsionando.

La experiencia fue tan cercana que tuve que salir un momento del cuarto. En un salón, pude leer historias los niños adoptado por las hermanas. No eran lecturas médicas sino que hablaban de la personalidad de cada uno de los niños, en un tono jovial. Me quedé un rato leyendo todas, después las repartí respectivamente a cada misionero que los ayudaba y subí de nuevo al cuarto de los más grandes.

Me acerque a la cuna de una adolescente 15 años. No recuerdo su nombre, pero se emocionó mucho con el contacto y el cariño mostrado. Le dejé un escapulario y su emoción fue aún mayor: emitía sonidos como los de los bebés cuando se emocionan. No pasé mucho tiempo con ella porque necesitaba salir un momento.

Cuando lo hice me encontré con dos amigas que cuidaban a una joven que ya conocía. Andrea, lucía un cuerpo raquítico a sus 26 años, y parecía estar enrollada en su propio cuerpo sobre una colchoneta por donde se desplazaba por el piso.

La cercanía de su año de nacimiento me marcó: 1992. Pensé en mi hermano y en la normalidad de su vida, nacido el mismo año. El cliché más acertado de todos para mí, es que no sabemos lo afortunados que somos. Andrea fue abandonada por un grupo de indígenas durante un incendio y un sacerdote la rescató. La llevó al albergue de las hermanas en Vargas.

Pasé el resto de nuestra estadía compartiendo con ella.

Así tomo mi experiencia. La mayoría de los misioneros del grupo tenían entre 15 y 18 años, por lo que son muy impresionables (aunque la visita es impactante para cualquier edad). Durante la reflexión de la jornada, durante una noche, hablaron con tristeza, de cierta lástima que le tenían a los niños y jóvenes. Fue un choque frontal con la realidad. Yo creo que es necesario, ese preguntarse: ¿Por qué ellos sí y yo no?

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No sabemos. Probablemente nunca lo sabremos, ni religiosos ni ateos pueden explicarte porque algunos somos afortunados, inclusive dentro de las crisis, y otros nacen en los estados más deplorables de la miseria y el abandono. Pero tampoco se trata de eso. Dentro de toda esa lamentable situación, hay un evento afortunado. El hecho de que existan personas, te guste o no la religión, devotas a entregar su vida a un desconocido, además teniendo en cuenta que muchas de estas hermanas son de países más privilegiados que el de nosotros y que como me comentaron, fueron víctimas del hampa subiendo a Caracas el mes pasado (les robaron su vehículo), son dignas de admirar.

Estamos en presencia de un verdadero milagro: el acogimiento sin asco, la entrega sin contemplaciones y el amor, sin razón. Solo para dar.