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El atolladero íntimo

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Hay dos voces en conflicto. Una convoca a la lucha. Es su consigna. No hay logro ni triunfo sin persistencia, sin denuedo. María Corina Machado llama a luchar hasta alcanzar la salida de Maduro. Julio Borges emplaza a seguir luchando por un cambio de gobierno. Leopoldo López continúa sosteniendo que el que se cansa pierde. La exhortación a perseverar en la lucha evoca el poema Si, de Ruyard Kipling: “Si puedes esperar y no cansarte de la espera… Si puedes perder, y empezar de nuevo desde el principio… Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones, a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados, y así resistir cuando ya no te queda nada salvo la Voluntad, que les dice: ¡Resistid!, entonces, “tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y – lo que es más-: ¡serás un Hombre, hijo mío!”

La otra voz llama al distanciamiento, a la liberación, al desprendimiento de lo colectivo en pro de la realización personal. “Yo he participado de mil maneras. He marchado, he votado, he trabajado, he hecho todo lo que he podido durante estos últimos 18 años. Pero ayer, cuando después de una cola como de tres horas para comprar tres pendejadas, me asaltaron para quitarme el pedazo de bolsa que cargaba, algo hizo click dentro de mi y me dije: hasta aquí llegué. Me voy. La vida del país es una y la mía, mucho más corta, otra.”

Los venezolanos todos, aún los que se anuncian en la vida pública, estamos sobrecogidos por un dilema moral, agobiados en un atolladero íntimo, escindidos frente a una encrucijada que deslinda la vida personal de la colectiva. Y sin saberlo, como producto histórico, reeditamos uno de los aspectos más problemáticos de la filosofía y el pensamiento helenístico, es decir, su defensa del aislamiento y el distanciamiento versus la acción social y el intento de establecer las condiciones convenientes y necesarias para conseguir una buena vida alejada del sufrimiento. Contrarias al aristotelismo que le atribuía a la política el rol de intervenir en la ciudad y el mundo exterior para que las personas pudieran prosperar, las escuelas helenísticas, los epicúreos, los estoicos, consideraban que la única alternativa estaba en el cambio interior. Por cuanto la transformación de las instituciones y de las condiciones de injusticia de la humanidad no es realista en términos de una vida personal, la filosofía debía centrarse en los cambios de los deseos y creencias para romper los apegos y alcanzar la independencia con respecto a las formas de injusticia que sufrimos.

De manera natural, sin conocer los argumentos de los escépticos, sin haber estudiado la obra de Epicuro ni de Séneca, los venezolanos de todo tipo y condición, nos encontramos también en la disyuntiva que es preciso superar con una filosofía práctica y compasiva que nos permita encontrar una vida mejor.

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