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El desparpajo de Yulimar Rojas

La venezolana Yulimar Rojas observa su marca al competir en la final del salto triple en el Mundial de atletismo, en Londres, el lunes 7 de agosto de 2017.
09/08/2017
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FOTOGRAFÍA: MATTHIAS SCHRADER | AP

La campeona mundial de salto triple vivió alguna vez en un rancho en Pozuelos, donde rezaba cuando llovía para que el techo no se cayera. El lugar que hoy ocupa lo labró con determinación y visión. El mérito es suyo.

¿Qué sería de la vida de Yulimar Rojas si no careciera de timidez? Quizá no hubiese entrado jamás a aquel recinto donde aspiraba jugar voleibol y fue adoptada por el atletismo. Quizás, tampoco, la hubiese visto Jesús Velásquez, su primer entrenador. Tal vez, jamás hubiese descubierto que tenía potencial para los saltos horizontales. No estaríamos celebrando hoy su medalla de oro en el Campeonato Mundial de Londres.

Pero Yulimar tiene de cobarde lo que tiene de corta estatura: nada. Aquella muchacha de 1,92 metros, criada en la pobre localidad de Pozuelos, Anzoátegui, que de niña rezaba para que la lluvia no derrumbara durante la noche el rancho donde dormía, ha labrado su carrera sin complejos. Nunca se detuvo a victimizarse por ser la niña que creció sin el apoyo de su padre biológico, o por tener que ensuciarse los zapatos con tierra para bajar del sector donde vivía.

Siendo adolescente, la triplista inició su carrera en el salto alto. En esta prueba se proclamó campeona suramericana juvenil en Medellín (2011), bronce en el Sudamericano sub-23 de Sao Paulo (2012), plata en el Panamericano Juvenil de Lima (2012) y en los Juegos Bolivarianos de Trujillo, Perú (2013), y monarca de los Juegos Suramericanos Chile (2014).

Ese año, inició su transición a los saltos horizontales. Y, aunque Velásquez no estaba muy convencido del cambio de prueba, la joven logró persuadirlo. Dos doradas en salto largo y una en salto triple en el Festival Deportivo y el Suramericano sub-23 de 2014, borraron las dudas.

Con tal desarrollo, Rojas hubiese podido dejar que su carrera siguiera su “curso tradicional”, de entrenamientos en las precarias —y pocas— pistas de atletismo venezolanas; de recursos inciertos por parte de Mindeporte para cubrir sus asistencias a competencias internacionales. Pero “tradicional” tampoco parece ser una palabra familiar para la triplista de cabello verde.

Después de conseguir su clasificación a los Juegos Olímpicos de Río 2016, la venezolana decidió ir por sus propias oportunidades. Con decisión, sin pena.

Con apenas 19 años, Yulimar le escribió un día, por Facebook, a Iván Pedroso, un cubano que fue nueve veces campeón mundial de salto largo, y es dueño de la tercera mejor marca de por vida bajo techo. Un hacedor de campeones como Teddy Tamgho, actual líder de por vida de salto triple bajo techo.

¿Qué pensaría Pedroso al ver en su bandeja de entrada el texto de aquella jovencita venezolana?

Decía Wayne Gretzky, un exitoso jugador retirado de hockey sobre hielo, que “fallarás el 100% de las cosas que no intentes”. Yulimar lo intentó y no falló. Pedroso le contestó y se confesó admirador de su carrera. Dos meses después, Rojas se mudó a España, en noviembre de 2015, bajo la tutela de su nuevo entrenador.

El resto de la historia es la que la mayoría de los aficionados al deporte conocen. En enero de 2016 conquistó la medalla de oro en la Reunión de Madrid (14,63). En marzo, se convirtió en la primera venezolana en consagrarse campeona mundial bajo techo, tras titularse en Portland, con un salto de 14,41 metros.

Debutó en la Liga Diamante, contienda élite de la Federación Internacional de Atletismo (IAAF por sus siglas en inglés), donde se adjudicó la presea de plata en la primera parada, en Doha, con 14,92. Y en junio, en el Meeting de Madrid superó la barrera de los 15 metros (15,02). Apenas dos meses más tarde se quedó con la medalla de plata en los JJOO de Río, para regresar al atletismo venezolano a la cúspide.

Firmó con el Barcelona FC, es imagen de Nike, y no hay competencia en la que no se suba al podio. Sí, la misma muchachita de Pozuelos a la que el techo —y la vida— amenazaba con caerle encima antes de dormir.

Debo confesar que esta tarde, frente a la TV, le ligaba a Yulimar. Le ligaba por la buena temporada que ha tenido, porque ya la había visto derrotar a Caterine Ibargüen, porque incluso en Londres estaba saltando mejor que la colombiana. Le ligaba como seguidora de su carrera, como compatriota. Pero, sobre todo, como admiradora.

Su historia es distinta. No es la de la niña a la que el destino le brindó oportunidades en bandeja de plata. Es la niña que nunca había visto la bandeja, y con desparpajo salió a buscarla. La moldeó, se sirvió y ahora disfruta.

Rojas cumple 22 años en octubre. Este parece ser sólo el comienzo.

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