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El destierro, una forma brutal de exilio

Vilca-Fernandez
18/06/2018
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FOTOGRAFÍA: ARCHIVO

Vilca Fernández, joven dirigente político de la Universidad de Los Andes, fue enviado al destierro. Agentes del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) le escoltaron hasta la puerta del avión, para asegurarse de que efectivamente tomara un vuelo con destino a Lima, Perú. Es un caso emblemático, pero no se trata del primer destierro ordenado por el régimen de Nicolás Maduro.

Hace dos años, en este mismo espacio, comentábamos un caso igualmente de destierro, que tuvo menos visibilidad mediática, pero que igual constituía en esencia la misma forma de chantaje: la única forma de que salgas de prisión es abandonando el país. Triste, pero claro mensaje resumido en este tiempo, en esta Venezuela.
Decíamos y lo reiteramos: El destierro es una forma brutal de exilio, asunto sobre el que debemos escribir y analizar en Venezuela.

El primer caso de destierro ocurrió en 2016, cuando después de la mediación del ex presidente español Rodríguez Zapatero salió de prisión el joven Francisco Márquez, después de estar 121 días en la cárcel. Salió de su detención sin que efectivamente pudiese probarse que cometió delito alguno cuando se movilizó junto a Gabriel San Miguel para los llanos venezolanos, con el fin de apoyar logísticamente la movilización de ciudadanos en el marco de la recolección del 1 por ciento de firmas por el referendo revocatorio, de hace dos años.

Decíamos, entonces, que los casos de Márquez y San Miguel pasarán a ser emblemáticos. Lo son. Se suma ahora el nombre de Vilca Fernández. Ellos representan una nueva forma de manejar los casos de presos políticos en Venezuela. Estos jóvenes fueron puestos en libertad con la condición de que salieran al exilio. Han sido literalmente desterrados. Se trata de una práctica nueva en el chavismo, que se asemeja –en el caso de Venezuela- a lo que hizo un siglo atrás el Gomecismo.

Los integrantes de la generación del 28, conviene no olvidarlo, tras ser encarcelados terminan –en su gran mayoría- siendo enviados al exterior, una condición para recuperar su libertad. Libertad pero lejos del suelo patrio, esa era la consigna del dictador hace 90 años, hoy es repetida nuevamente.

El destierro es otra forma de prisión. No se trata obviamente de una libertad plena, aunque se esté fuera de una prisión. Libertad plena sería –por ejemplo- que Fernández, Márquez y San Miguel hubiesen tenido opción. Que esos tres jóvenes comprometidos con Venezuela hubiesen podido quedarse en el país si así lo desearan. Terminan saliendo del país no por deseo propio, sino por decisión del régimen.

 

Salir obligatoriamente de tu país, a cambio de no estar en prisión, es sin duda alguna otra forma de condena.

El destierro es una forma brutal de exilio, asunto sobre el que deberemos escribir y analizar en Venezuela. Lo he tenido muy presente en visitas recientes a Costa Rica, el país que acogió al menos a tres presidentes constitucionales de Venezuela, cuando éstos eran perseguidos políticos antes de acceder al poder.

Se trata de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y Carlos Andrés Pérez. Los tres, cada uno en su momento, no podían estar en suelo venezolano. Los destierros de Leoni y Betancourt ocurrieron, además, en varios momentos de la vida nacional.

El país centroamericano acogió, en diversos momentos, a los desterrados venezolanos. A los que eran obligados a salir del país para poder conservar su vida o salir de la cárcel a cambio del forzado exilio.

Es importante detenerse en el significado de cada palabra. Con mucha frecuencia venezolanos que emigraron por diversas razones, incluso económicas, se asumen como exiliados. Ello constituye, sin duda alguna, una tragedia. Una tragedia para nuestra sociedad, que se descapitaliza en aquello que es más difícil, el talento humano. Pero a pesar de lo dramático que pueda ser cada historia, en sentido estricto esos jóvenes que emigran tuvieron la libertad de elegir.

Tomaron la decisión de irse, pero fue su decisión. No son exiliados, menos aún desterrados.

 

Desterrados para ser más precisos, son Fernández, Márquez y San Miguel. Sobre ellos (y sobre nosotros como sociedad) pesa otra condena. Venezuela regresa a las prácticas más inhumanas en el trato de la disidencia: incomunicación de los presos políticos incluso con sus familiares y abogados, permanencia en lugares sin luz natural durante largo tiempo, tortura física y psicológica. Ahora se suma el destierro.