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El jueves santo de 1954 se perdió la avioneta de Ramella Vegas

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18/04/2019
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TEXTO: MILAGROS SOCORRO | FOTOGRAFÍA: ARCHIVO

Hace 65 años cuatro venezolanos desaparecieron en una aeronave que sería buscada por muchos meses. Nunca se supo qué fue de ellos ni donde reposan los restos

El derrumbe. En diciembre de 1895, El Cojo Ilustrado reporta “el lamentable accidente ocurrido en la esquina de Gradillas”, donde los señores Ramella construían una casa de dos pisos “que se desplomó antes de estar concluida”. La nota iba acompañada de una fotografía que mostraba lo que quedaba de la lujosa fachada a medio desmoronar y las largas barras de madera que debieron sostener la estructura y ahora estaban descuajaringadas, en desoladora exhibición contemplada por la multitud que había llegado atraído por el desastre.

Los señores Ramella. En 1895, cuando la mansión que nunca llegó a inaugurarse se reduce a escombros, la expresión “los señores Ramella” aludía quizá a los hijos de “don” Pablo Ramella (se dice Ramela, con una ele, porque el apellido le venía de su padre, José Antonio Ramella Ferrari, natural de Genova).

Pablo Antonio Ramella Pérez había nacido en 1829 en las Islas Canarias. Debió llegar joven, puesto que casó en 1851 con la venezolana, Ignacia Martínez Echenique, tres años menor que él. Esta pareja tuvo tres hijos, dos varones y una mujer, pero solo uno se ocupó de los negocios a la muerte de don Pablo, quien, por cierto, se ganó a pulso su ingreso en la historia de Venezuela, puesto que es el creador del pan de jamón, que hacía con sobras del jamón planchado que llegaba en barco en diciembre. Por eso, esa delicia quedó en el repertorio de la gastronomía navideña.

Lucas Ramella Martínez. Nacido en Caracas el 11 de marzo de 1855, Lucas Ramella Martínez tiene una entrada en el Diccionario de Historia de Venezuela de Empresas Polar como “Empresario y filántropo. Pionero de la industrialización maderera y panificadora en Venezuela”. Se inscribió en Medicina en la UCV, pero interrumpió los estudios para incorporarse como administrador de la panadería Ramella, fundada por su padre en 1852. Y dos años después, en 1882, padre e hijo fundaron el primer aserradero de Caracas, entre las esquina de Solís a Marcos Parra.

Tras la muerte de don Pablo, a los 56 años, en 1885, se puso al frente de las dos empresas, que convirtió en puntal de modernización. El aserradero sería el primero en Venezuela que usó máquinas a vapor (1887) y la panadería, la primera en introducir procedimientos industriales en el ramo de la panificación (en 1907, fueron pioneros en el uso de máquinas para hacer pan, que hasta ese momento se amasaba a mano). Llegó a tener seis sucursales en Caracas, con lo que también fue un adelantado en el establecimiento de cadenas de comercialización. Al entrar el siglo XX, Pablo Ramella Martínez era uno de los empresarios más importantes del país. Y era conocido también por su generosidad. Por más de 20 año donó el pan que se consumía en el Leprocomio de Caracas; y cuando abrió una fábrica de muebles, La Opinión Nacional informó, en su edición del 17 de julio de 1883, que “Los señores Ramella” habían “mandado al Asilo de Huérfanos las primicias de la fábrica de sillas por máquina que tienen establecida en esta capital. Dichas sillas son de cedro, apamate y caoba, y su labor de una perfección admirable”.

Una mano caritativa. Ayudar al desvalido era costumbre familiar. En 1885, cuando un terremoto sacudió buena parte de España, la sociedad de Caracas (y no el gobierno) formó un Comité de Ayuda para socorrer a los damnificados en Andalucía, región especialmente castigada por la catástrofe. “Las noticias de Granada y Málaga”, dijo La Opinión Nacional, el 11 de febrero de 1885, “son desastrosas. El frío y el hambre ponen fin a la vida de todo el que se ha salvado de la catástrofe. Los niños perecen por centenares por falta de abrigo, alimentos y hogares, pues las terribles nevadas destruyen las improvisadas barracas…”. Entre los promotores de la recaudación benéfica estaba Pablo Ramella Pérez, quien iba a morir ese mismo año.

El incendio. Vimos ya que en diciembre de 1895 la casa de los Ramella se vino abajo como un castillo de naipes. Pero unos meses antes, ese mismo año, un incendio había arrasado su aserradero. Lucas Ramella Martínez decidió no seguir en el negocio maderero y optó por construir un edificio, entre las esquinas de San Jacinto y Las Gradillas, que funcionara como centro comercial. Tan atinado estaba que el Pasaje Ramella no tardó en convertirse “en arteria típica de la Caracas de principios del siglo XX”, dice Javier José González en el Diccionario de Polar. Entre los locales comerciales, que daban a un pasillo techado, sucursal de la Panadería Ramella perfumaba el lugar, y había también tiendas de ropa, una agencia de publicidad, un estudio fotográfico, escritorios de abogados y quincallas, entre otros.

Cofundador (en 1894) de la Cámara de Comercio de Caracas, llegaría a presidirla (1897-1898). Sería también concejal de Caracas en 1909. Murió en Caracas el 19 de julio de 1914, a los 59 años. Dejó ocho hijos.
Las esposas de Lucas Ramella. El hijo del inmigrante se casaría dos veces. Con dos hermanas, biznietas de Bernardo Rodríguez Del Toro e Ibarra, hermano de Francisco, el último marqués Del Toro (renunció al título al sumarse a la rebelión contra la Corona española) y, por tanto, parientes de María Teresa Rodríguez del Toro y Alaiza, esposa de Simón Bolívar, cuya madre era a su vez prima tercera de su nuera, María Teresa. Eso, por solo nombrar dos grandes figuras históricas entre la esclarecida parentela.

La primera vez se casó con María de la Trinidad Vegas Sanabria, quien había nacido en Caracas, en abril de 1869. La boda fue alrededor de 1885, cuando la muchacha tenía 16 años. En los tres años siguientes tuvieron tres hijos, hasta que ella murió, cabe imaginar que de parto y exhausta, en 1888. Tenía 19 años.

Cuatro años más tarde, el 10 de junio de 1893, Lucas Ramella Martínez contrajo matrimonio con su cuñada Amelia Amalia Del Carmen Vegas Sanabria, quien había nacido el 10 de julio de 1873. Al concurrir al altar con Lucas, la segunda esposa tenía, pues, 20 años y tres sobrinos-hijastros que criar. Pero Amelia Amalia, al contrario que su hermana, tendría larga vida. Sobreviviría al marido y, que sepamos, por lo menos a uno de sus hijos. Murió en 1958, a los 85 años.

A los dos años de casados, en septiembre de 1895, comenzaron a nacer los retoños de la segunda camada, que llegarían a cinco. La última, Berta, era casi una bebé cuando murió su padre; y el penúltimo pondría su nombre en la prensa nacional durante varios meses, pero él no llegaría a verlo. Se llamaba Gustavo Ramella Vegas.

Jueves santo, empieza la tragedia. El jueves 15 de abril de 1954, cerca del mediodía, hace ahora 65 años exactos, el empresario Gustavo Ramella Vegas se puso al mando de su avioneta Navión YV-T-BTX, modelo Stinson Destroter. Iba, con tres amigos, rumbo a un hato en los llanos de Caicara del Orinoco, donde esperaban cobrar buenas piezas de cacería, actividad a la que Ramella Vegas era muy aficionado, lo mismo, por cierto, que a la aeronáutica.
Ya antes, a eso de las 9 de la mañana, la pequeña aeronave había despegado desde La Carlota, pero a los 15 minutos de vuelo debió regresar a tierra. Había mal tiempo. Ramella Vegas enfiló hacia Maiquetía de donde levantó vuelo. Nunca más se sabría de los cuatro pasajeros.

“Feliz cumpleaños, mi amor”. El día anterior, miércoles 14 de abril, había sido el cumpleaños de la esposa de Ramella, María Cristina Landaeta Pérez, nacida en Caracas el 14 de abril de 1908. Una fecha bastante atravesada. Lo más probable es que casi ninguno de los amigos de la pareja estuviera en la ciudad, así que lo más natural es que la celebración hubiera tenido lugar ese fin de semana y en un paraje distinto al de la cotidianidad. No fue así. La señora no estaba invitada.

Con Ramella Vegas iban el doctor Rafael Ernesto López, Mery de Banta e Isabel Yolanda Ojeda. De las dos últimas, como suele ocurrir con las mujeres en cualquier episodio en Venezuela, no sabemos nada, salvo que no estaban casadas con Ramella ni con López. Y tampoco eran familia.

Gustavo Ramella Vegas. Había nacido en Caracas, el 30 de octubre de 1907. Tenía 46 años. Era, como evidencian las pocas fotografías disponibles en internet, un hombre delgado, de aspecto atlético, amante de las actividades al aire libre.

Ya no, porque han pasado más de seis décadas, pero en las primeras después del siniestro solía decirse, de alguien que estuviera en las nubes o extraviado en el espacio físico o mental: “estás más perdido que Ramella Vegas…”. La frase prendió por la abundancia de la información divulgada casi desde el momento que en que la avioneta fue reportada como desaparecida. Fue, de hecho, una de las búsquedas más largas de la historia local, puesto que duró casi un año sin parar. Nunca se encontró rastro ni se supo dónde había caído. En enero del 55 la fueron a buscar al sur-este del Orinoco, entre los ríos Cuchivero y Tucuragua donde, según la experta radiestésica alemana, Marie Loise Rockhead, miembro de la Sociedad respectiva de Wilbourd, Alemania Occidental, estarían los cadáveres y los restos de la nave.

Recordemos que la radiestesia es una antigua manera de obtener información acerca de cuestiones tan diversas como el diagnóstico de enfermedades y la detección de los sitios idóneos para cavar pozos, mediante el uso de instrumento como péndulos y varillas giratorias. Bueno, nada de esto funcionó con la expedición del jueves santo de 1954.

La familia y relacionados de Ramella Vegas agotó los esfuerzos para conseguirlos, pero todo infructuoso. Primero se los tragó el mar o la jungla y luego el olvido. Queda un documental, la tercera producción cinematográfica etnológica hecha en Venezuela, en mayo de 1942, según las pesquisas de Nelson Pérez, historiador del cine nacional, “una película en colores, comentada por su autor el señor Gustavo Ramella Vegas, acerca de una Cacería en los Llanos de Venezuela”.

Rafael Ernesto López Ortega. Nacido en Caracas, el 11 de marzo de 1895 (mismo día y mes que Lucas Ramella, padre de Gustavo), al momento de quedar enganchado en el cielo el doctor López había desplegado una impresionante hoja de vida, truncada a los 59 años.

Hijo del médico Eudoro López, antigomecista acérrimo, y de Rafaela Ortega, se graduó de médico en la UCV, en 1915, y continuó su formación en Columbia University (Nueva York) y Viena, Berlín y París. Opositor al tirano Gómez, igual que su padre, en 1922 se involucró en la expedición del vapor “Angelita”, adquirido por Leopoldo Baptista para invadir Venezuela. Entre los conjurados estaban otros líderes en el exilio, como Delgado Chalbaud, José Rafael Pocaterra, R. Olivares, Pedro Elías Aristiguieta, y otros. El “Angelita” nunca se haría a la mar en faena derrocadora. Lo que sí hizo ese año el doctor López fue casarse con Lisette Wallenstein, el 18 de noviembre, día de La Chinita. Ella era cuatro años menor que él y lo sobrevivió hasta 1986, cuando murió a los 87 años, en Miami.

Después de eso, el doctor López Ortega hizo una carrera deslumbrante en hospitales de los Estados Unidos. Y 1936, muerto Gómez regresó a Venezuela donde el entonces presidente, General Eleazar López Contreras, lo designa Ministro de Educación de Venezuela (24 de febrero de 1936- agosto de 1938), con una gestión digna de elogio y necesitada de evocación.

A partir de 1939, se le designó Comisionado de Venezuela a la Feria Mundial de New York ministro de la delegación venezolana que tomó parte, por invitación del Presidente Franklin D. Roosevelt, en la elaboración del proyecto de la carta fundacional de las Naciones Unidas (1945); Embajador y Delegado de Venezuela a la Organización de los Estados Americanos; Embajador de Venezuela en la Unión Sovietica (Mayo 1946); Cónsul General de Venezuela en Nueva York, con rango de Embajador, (1948). Fue miembro fundador del Centro Médico de San Bernardino, inaugurado en octubre de 1947; fundador de la Primera Escuela Nacional de Enfermeras con sede en Caracas, así como de la Escuela de Agronomía de Macarao, Maracay; de la Escuela Experimental de Venezuela y de la Escuela de Geología de Caracas. Fue autor de numerosos artículos sobre medicina. Los honores y condecoraciones que recibió antes –recuerden- de cumplir 60 años, llenan varias páginas.

Y, en fin, también tenía inclinación por la aventura cinegética. Nos maginamos, pues, que en aquella avioneta iban dos escopetas y una cava con salmón ahumado varias botellas. La búsqueda convocó las diligencias de la aviación militar y civil en un barrido que incluyó el Caribe, la Isla de la Tortuga, además del Distrito Federal y los estados Anzoátegui, Miranda, Aragua, Guárico y Mérida.

Se los llevaron los extraterrestres. Mientras, el país oprimido por otra dictadura dejaba libre su imaginación elucubrando conjeturas. No faltaron “facultos” que juraban saber dónde reposaba con destellos siniestros el amasijo de acero. Alguien aseguró a los reporteros que los temporadistas había ampliado su periplo a lomos de un ovni que los había “abducido”.

Muchos de estos datos sobre López Ortega están sacados del artículo de Gerónimo Pérez Rescaniere para el Diccionario de Polar. Es curioso que, además de ese breve perfil biográfico, Pérez Rescaniere no se pudo aguantar y escribió una novela, titulada “El verdadero plan de Pérez Jiménez”, donde incluye el episodio de la avioneta esfumada como parte de una trama rocambolesca en la que la aeronave dejaba ver ametralladoras por las ventanillas y las mujeres, vestidas de mecánico, habían sido reclutadas en una isla prisión donde no había ni un solo hombre y las amazonas-reclusas de aquella “comuna lésbica” se pasaban el día sembrando naranjas.

Quién sabe si algún día algún excursionista tropiece con una lámina aherrojada, tapizada de enredaderas y orquídeas; y un poco más allá encuentre un tabaco que el viento mece como un moisés donde han tintineado por más de medio siglo el champán y las municiones.