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El mango es el mensaje

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Situación: al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, le lanzan un mango a la cabeza mientras conduce un autobús. En otro acto, descubre que el mango venía con una petición de una señora. Consigue a la señora y le regala una casa. Más tarde se descubre que lo único auténtico fue el mangazo y que el resto fue artificio de comunicación presidencial. Pero eso no es lo importante.

El manejo de la crisis del equipo de Maduro fue, podría decirse, impecable. Que aprovecharan semejante golpe e inventaran la historia de la señora no es un problema. Los políticos y sus estrategas hacen eso, aprovechan, inventan, mienten, tuercen las circunstancias para que el viento les sople a favor. La manipulación es una de las bases de la propaganda y se sustenta en la verosimilitud. Todos nos creímos la historia del mango precisamente porque era posible que ocurriera.

Recuerdo un diciembre de 2010 cuando el presidente Hugo Chávez se encontró a una madre con un hijo con dificultades motoras. Le regaló un coche para que lo pudiera trasladar. Luego se supo que la mujer no sabía manejar, pero eso es otra historia. Muchas eran las personas que se acercaban a los actos del presidente no sólo por lealtad, amor o afinidad política con Chávez, sino para hacerle llegar algo. Un papel. Y en él, lejos de contener, como en el poema, manifiestos, escritos, comentarios, discursos, sólo unos garabatos quizás a lápiz contando un problema, pidiendo ayuda. Un papel donde quedaban dobladas las esperanzas de muchos por conseguir algo mejor. La política del papelito se hizo algo normal en los actos oficiales. También se vio en la campaña presidencial de Capriles Radonski.

Aunque Nicolás Maduro trata de copiar la cercanía de su predecesor, el carisma no le acompaña. Tampoco su porte. Tan alto, tan grande, se convierte aún más inaccesible cuando en los actos políticos lo meten en un autobús. ¿Cómo hacerle llegar una petición? ¡Con un mango! Cualquiera lo habría pensado.

Y detrás, lo que parece que nadie ha pensado. Que un pueblo ponga sus esperanzas en un mango lanzado al aire –se repetirán casos esta vez reales, verán-, o en un papel. Que aún no haya un sistema eficaz de ayuda social. Que aún se dependa de la magnificencia de un mandatario. De la suerte. De la justicia “divina” del que está arriba. Y que todos lo veamos normal.