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El martirio de la estatua de Colón de Plaza Venezuela

SinColon

“Trae tus 500 años de arrechera”. Con estas palabras publicadas un día antes, el portal Aporrea convocó a una “fiesta de la resistencia” en Plaza Venezuela el martes 12 de octubre de 2004.

En la tarde del feriado, la estatua de Cristóbal Colón que pertenecía a un conjunto escultórico de Rafael de la Cova (1858-1896) fue sometida a vejaciones que hacen recordar a las que sufrió el cadáver de Benito Mussolini: un grupo de manifestantes afectos al oficialismo autodenominados como el Tribunal Popular de la Pachamama (diosa madre inca), entre los que se encontraba el ex viceministro de planificación y actual disidente del chavismo Roland Denis Boulton, la arrancaron de su pedestal con la ayuda de un camión, la arrastraron hasta las inmediaciones de la plaza de los Museos en Bellas Artes, la pintarrajearon de rojo y la partieron en dos. Nada tendría de extraño que se le hayan orinado encima.

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Evidentemente, los ultrajes no estaban dirigidos a la estatua, incapacitada para experimentar dolor, sino a lo que representaba para una ideología. 12 años después, el paradero de la obra de arte es incierto. Otra efigie de bronce del descubridor de América elaborada por el escultor Arturo Rus Aguilera, que se encontraba en el paseo caraqueño de El Calvario, fue removida por el alcalde Jorge Rodríguez en 2009 y también se encuentra desaparecida.

Averiguar sobre las estatuas de Colón en los organismos oficiales se convierte en una serpiente que se muerde la cola. En las oficinas de Fundapatrimonio, de competencia municipal en la alcaldía del municipio Libertador, indicaron que todo requerimiento acerca de obras de arte extraviadas debía ser procesado ante el Instituto de Patrimonio Cultural (de jurisdicción nacional, en la Villa Santa Inés de Caño Amarillo). Allí me atendió el director del centro de documentación del Instituto, que aclaró que solo podía suministrar información histórica de la pieza, pero no sobre su destino, y me recomendó dirigirme a Fundapatrimonio o enviar una misiva al presidente del IPC, Omar Vielma (trámite que no pudo ser emprendido por razones de tiempo, pero que valdría la pena intentar).

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En la coordinación académica del Centro de Estudios y Creación Artística Armando Reverón, una dependencia de UNEARTE situada cerca del Metro de Caño Amarillo y señalada en 2009 como posible destino de la estatua de El Calvario para usos pedagógicos, me negaron la existencia de una efigie de Colón allí y me remitieron, a su vez, al Instituto de Patrimonio Cultural.

Un ex funcionario de Fundapatrimonio, que trabajó allí hasta la década pasada, informó que el primer destino de la estatua de Rafael de la Cova (la del ex Paseo Colón, ahora Paseo de la Resistencia Indígena) fue la sede de la Policía de Caracas en la Cota 905 (cual delincuente) y que el último paradero conocido donde se depositaron los restos del genovés es la Casa del Obrero, a tres cuadras del Metro de Propatria. También aclaró que el marinero de bronce no fue decapitado por la turba convocada en Aporrea, como suele creerse, sino partido en mitades más menos iguales por su torso.

La Casa del Obrero, otro patrimonio histórico de 1941 efímeramente recuperado por la Alcaldía de Libertador en 2010 y destino casi seguro de los despojos, merece otro reportaje aparte: en poder de un colectivo, se encuentra en estado de semiabandono y clausurada al público, y según constaté en una visita reciente, allí solo se hace hoy una cola para el pasaje preferencial. ¿Vivirá Cristóbal Colón el martirio dentro de las entrañas de esa casona, recubierto de polvareda y rodeado de chiripas? ¿Se le esconde para que no se convierta en objeto de culto de opositores, aunque al aterrizado de Macuro se le haya erosionado últimamente la base de fans? ¿Habrá ido a parar a un horno de fundición como chatarra, al igual que Terminator?

“Desde que fueron removidas se desconoce el paradero”, denuncia María Teresa Novoa, profesora de la Facultad de Arquitectura de la UCV con un doctorado en Espacio Público y Arte Público y una de las principales autoridades en la estatuaria nacional, acerca de las dos imágenes caraqueñas más reconocibles de Colón, y sentencia: “Lo que ocurrió en 2004 fue un proceso de vandalismo que se asienta en la idea de justificar la destrucción de un patrimonio cultural, así declarado por el IPC, a través de la resemantización de un capítulo de la historia. Hay que deslindar dos aspectos: el cuestionamiento que se pueda tener de lo que simboliza una estatua y lo artístico, que incluye una autoría. Ambas estatuas de Colón tienen un valor patrimonial importante. Representan un estadio de nuestro arte urbano y de nuestro monumento urbano patrimonial. Son dos de las piezas más antiguas de la ciudad, pues se remiten a finales del siglo antepasado”.

Hannia Gómez, directora de la Fundación de la Memoria Urbana, tampoco ha podido indagar acerca de dónde se encuentran las estatuas. De su posición sobre el tema, remite a una elegía que publicó en 2009: El Golfo Triste.

“En otros países se hicieron protestas ante imágenes de Colón, pero no se vandalizaron. Hay muchas esculturas en el mundo que se han removido por razones de deterioro o fragilidad del material constitutivo. En ese caso la línea de actuación institucional, según los estamentos de UNESCO, es la preservación del patrimonio en un museo u otro espacio alternativo, en caso de inconveniencia de mantener la pieza en su ubicación original, para que quede como testimonio de una producción cultural en un momento de la sociedad”, recomienda Novoa, que critica la imagen de Guaicaipuro con lanza en ristre que desplazó a Cristóbal Colón en Plaza Venezuela: “Podría estar colocada sobre cualquier otro pedestal. La obra de Rafael de la Cova no era una única estatua, sino un conjunto escultórico completo que concebía unas simbologías y contemplaba unas dimensiones, unas proporciones y unos acompañamientos. Se está perdiendo el lenguaje de las artes plásticas, las destrezas para dialogar entre el espacio público y la producción tridimensional”.

“Una cosa es la reivindicación de los derechos de los indígenas y otra la anarquía. Nos guste o no, Cristóbal Colón es parte de la historia, y el daño a esa estatua fue una exaltación equivocada”, declaró luego del estatuicidio de 2004 el entonces alcalde de Caracas, Freddy Bernal, que en aquel momento aseguró que no estaba planteado remover la otra efigie de Colón en El Calvario. Aunque no sea un dato tan recordado, aquel 12 de octubre, luego de escaramuzas con la policía municipal, hubo hasta cinco detenidos entre los tumba-estatua por cargos como resistencia a la autoridad y daños al patrimonio artístico.

Fredy Tabarquino es un criminólogo que intentó ser presidente de la República en las elecciones de 2013, aunque probablemente usted nunca se enteró de ello. Estuvo entre los detenidos del 12 de octubre de 2004 (de hecho, fue el que permaneció más tiempo en prisión) y asegura que el proceso en su contra, a cargo de la jueza María Eugenia Núñez, todavía está abierto. 12 años después, no modifica su posición sobre el derribo de Colón: “Fue el acto cultural anticolonialista más importante en 513 años. Los fiscales del Ministerio Público pretenden silenciar a los movimientos populares manteniéndome en juicio”, denuncia en un artículo de opinión que remitió a este redactor como respuesta. Su hipótesis (que carece de cualquier basamento documental) es que la obra de arte fue entregada a la embajada de España. Tabarquino se opone rotundamente a la posibilidad de que algún día sea restaurada y exhibida en un museo: “¿Podría existir una estatua de Hitler en alguna parte de Israel?”, se pregunta.

“Colón fue un mercader de esclavos. Representa el punto de partida del capitalismo global. Si hay un problema ornamental en Caracas, no es precisamente por la caída de la estatua de Colón”, justificó entonces su actuación en el diario El Nacional el filósofo Roland Denis, uno de los promotores de las torturas a la escultura, que no pudo ser ubicado para este reportaje.

“El argumento para vandalizar la estatua de Colón se sustentó sobre todo en el dolor ocasionado a las etnias latinoamericanas. En la actualidad, las mismas corrientes ideológicas que justificaron la vandalización no están consultando sobre los acuerdos del Arco Minero a las etnias vivas que habitan en la región afectada. El acto facilongo de tumbar una estatuaria que no se puede defender es un saludo a la bandera, un doble discurso, una fachada para plantear principios a favor de una identidad americana, pero en la realidad, esos pueblos originarios no son tomados en cuenta cuando se manifiestan en contra del rentismo minero y de la explotación de las riquezas de sus tierras”, reflexiona la profesora María Teresa Novoa.

Unos versos de un rock de protesta de Paul Gillman podrían sintetizar el espíritu que motivó a los que (hablando en español y vestidos con ropas occidentales) se sintieron realizados al derribar la escultura de Cristóbal Colón: “Si sumamos lo que se llevaron en estos 500 años, no lo podrían pagar ni en 500 años más. Y si además calculamos todo el baño de sangre, ¡ahora deberían pagar entregándonos a Europa!”.
Ante todo ese resentimiento antieuropeo arrastrado por generaciones, solo queda recordar la sabiduría de la frase en la Plaza de las Tres Culturas de México DF y que conmemora la matanza de Tlatelolco de 1521: “No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.