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El novenario sin muerto de Tumeremo

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09/03/2016
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ENVIADA ESPECIAL

Más allá de La Tranca, en una de las pocas calles de Tumeremo, detrás de la puerta con el lazo morado, una voz pedía: “Dale señor el descanso eterno”. Más de una decena de personas respondía al unísono: “Y brille para él la luz perpetua”.

Bajo un techo de zinc, en un porche con sillas de plástico y de madera dispuestas por todo el salón, algunos de los amigos del fallecido sostenían rosarios, otros solo contestaban las plegarias. En la esquina, una foto del difunto: Ángel Ignacio Sosa Trejo.

Trejo, de 30 años, es una de las casi tres decenas de personas desaparecidas desde el pasado viernes 4 de marzo en la mina Atenas, aproximadamente a una hora de Tumeremo, estado Bolívar. Su tía, Osmaida Sosa, recibe a los invitados con los ojos brillosos y se preocupa porque cada doliente tenga un vasito de refresco y un asiento para estar cómodo durante los rezos.

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Ella no ha visto el cadáver de su sobrino. Tampoco lo necesita para iniciar su novenario: está segura de que Ángel Ignacio está muerto. “Aquí le tengo un conjunto para vestirlo cuando lo vaya a enterrar”, dice. Fue también ella quien mandó a hacer el lazo morado en la floristería, que se pone en las puertas de las casas que están en duelo.

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Las versiones de todos sus allegados sostienen que Trejo no era minero. Estudiaba tercer año de Derecho en la universidad Gran Mariscal de Ayacucho, en Puerto Ordaz. Sus compañeros, que pretendían venir, decidieron rezarle desde la distancia debido a la tranca de la Troncal 10, que impide el paso hacia el pueblo.

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Sus primos, sin embargo, sí trabajaban en la mina. Se dice que Trejo fue a buscarlos en moto, y que salió sin vida en un camión con las características del que hoy ocupa el estacionamiento de la sede del Cicpc: un volteo azul con verde. Pero la información oficial aún no niega, ni confirma los rumores. Y de los testigos, que se esconden por su seguridad, se sabe poco.

Los riesgos de la minería son casi tantos como su rentabilidad. Tigres, culebras y otros animales pueden sorprender al jornalero, de acuerdo a Yul Trejo, familiar de Ángel Ignacio. Pero también está el de la hostilidad que existe en las negociaciones y peleas por el oro. Aun así, es fácil ver hombres con botas de hule y la batea guindada en la espalda caminando por las calles del municipio Sifontes. Es la actividad económica más importante de la zona.

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“Aquí empieza la minería desde el vientre, porque hasta las embarazadas van a la mina”, dice una de las mujeres de Tumeremo. El minero que trabaja en agua usa la batea, un instrumento en forma de sombrero, para buscar el metal. El que trabaja con pico y pala recoge la tierra, la lleva a un “molinero” encargado de limpiarla –y de cobrar un porcentaje por ello- y se va a casa con el oro. Un gramo ronda los 30.000 Bs. Un “punto”, también llamado “ojito de oro”, cuesta cerca de 3.000 Bs.

Quienes están familiarizados con la mina Atenas aseguran que en los primeros meses de su explotación, se podía sacar hasta 100 gramos de oro en una tarde, es decir, cerca de tres millones de bolívares a dividirse entre el grupo que lo trabajara. Pero eso no ocurre todos los días. Cristóbal Heredia (24), otra de las víctimas, regaló a su hermana una “pepita” de oro pocos días antes de desaparecer, lo único que había conseguido esa tarde.

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Osmaida le echó la bendición a su sobrino cuando se lo consiguió de casualidad el viernes en la mañana. No recuerda bien la conversación ni cómo estaba vestido. No pensaba que le harían esas preguntas horas después. Hoy, Sosa se acompaña de vecinos y familiares en un cuarto con olor a sahumerio y el sonido de una gotera incesante que se mezcla con sollozos intermitentes de los dolientes. Mientras, se hace de noche en Tumeremo, se oye el ruido de La Tranca y, más allá, detrás de la puerta con el lazo morado, las oraciones finales para Ángel Ignacio Trejo Sosa.