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¿En manos de quién está el futuro de Venezuela?

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A pesar de su aplastante poder y prepotencia en la política nacional, la revolución bolivariana, en el tablero internacional, boquea. Una opinión, antipática y demoledora para nosotros, recorre el mundo: Venezuela no cuenta con recursos propios, materiales ni humanos, para cambiar de rumbo y habiéndose convertido en un factor de desestabilización del continente –emigración masiva, narcotráfico, guerrilla, default financiero, vehículo sombra de los antisistema, etc.- toca a otros países actuar para frenar los efectos perturbadores de la revolución. A pesar de su fracaso económico y minusvalía, -o precisamente por ello- Venezuela preocupa. Y mucho. Nuestro país, al haber perdido capacidad de dirección interna, se ha convertido en un movedizo terreno de confrontación de fuerzas en la geopolítica mundial.

Este lunes no será un día neutro ni habitual. La Unión Europea discutirá las sanciones que podría aplicar a Venezuela, entre ellas el embargo de armas y de equipos utilizados para vigilar y controlar las comunicaciones electrónicas. La Asociación Internacional de Swaps y Derivados Financieros (ISDA), que reúne a los emisores de los derivados utilizados para cubrir riesgo de impago, se pronunciará sobre si Venezuela entró en default y si procede el pago de los Credit Default Swap (CDS). En la tarde, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se discutirá la crisis venezolana con la presencia del secretario general de la OEA, Luis Almagro, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, el titular de Cáritas Internacional y el director del Foro Penal Venezolano. Mientras tanto, en España continúa la discusión sobre el entramado de cuentas en redes sociales controladas por el chavismo que fueron utilizadas para propiciar la independencia de Cataluña y alterar el orden constitucional español, parte de un proyecto de más largo aliento que busca la desestabilización de Europa.

La inclusión de Venezuela y la revolución bolivariana dentro de los movimientos antisistema que persiguen la destrucción de la economía de mercado, la sociedad abierta y los principales valores de la civilización occidental, no puede extrañar. Cuando en el año 1980, Hugo Rafael Chávez tomó contacto con el Partido de la Revolución Venezolana (PRV), fundado por Douglas Bravo y Fabricio Ojeda, un partido que se autodefinió como marxista-leninista-bolivariano, asumió la tesis insurreccional, el indigenismo, el uso del petróleo como arma geopolítica, la creación de un movimiento antisistema de gran alcance y el choque de civilizaciones para construir un nuevo mundo opuesto al del capitalismo occidental. Fidel Castro encontró en Chávez el vehículo perfecto para financiar con petróleo la expansión de la revolución mundial.

Dentro de los planes de los movimientos anticapitalistas y antisistema no estaba previsto que el socialismo del siglo XXI pudiera ser tan nocivo como para aniquilar a la gallina de los huevos de oro. Colapsada la economía venezolana, el panorama cambió. Venezuela ya no sería deseable por rica sino por miserable y pobre. Como territorio de un Estado fallido, sumida en la anarquía y el caos, Venezuela podía ser la sede de la subversión mundial, el campo sin ley en los juegos de dominación mundial. Sin proyecto de país, andamos a la deriva entre los designios de bandas criminales y narcotraficantes, la FARC, Cuba, Rusia, China o Estados Unidos. ¿Cómo recuperar la autonomía y el sentido de destino?

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