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Erik Del Búfalo: “Estamos más cerca del fascismo que del estalinismo”

ErikDelBufalo
27/02/2017
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FOTOGRAFÍA: ANDREA HERNÁNDEZ

Casi tiene que pedir perdón porque el color de sus ojos es idéntico al de su camisa o al del cielo despejado de Caracas a comienzos de año. Erik Del Búfalo, el filósofo de Chacao que se ha vuelto una especie de Bob Dylan del malestar irredento por su denuncia del chavismo, pero sobre todo de lo que llama “sumisión” de la MUD, asegura que es un creyente de la multiculturalidad y del intercambio entre grupos humanos, a pesar de que algunas de sus posturas puedan ser interpretadas como clasistas.

“Desprecio a ese mantuanaje que se casa entre primos. Me meten en el mismo saco de la derecha de la gente que quiere cerrar su país al mundo, de Marine Le Pen. Equivocadísimo. Yo apostaría más bien por acelerar los procesos de globalización: generan riqueza”, explica Del Búfalo, que recurre a una imagen del alemán Peter Sloterdijk para explicar cómo se volvió filósofo: “Era un niño que siempre estaba viendo a los otros niños jugar. Observaba mucho a la gente. Por supuesto, me gustaba jugar. Pero también pensar en porqué uno tiene que jugar, en vez de no-jugar”.

La conversación, que se desarrolla en la Plaza Los Palos Grandes de Caracas, es interrumpida al menos cuatro veces por gente que pide dinero o alimento. En el clímax, uno de ellos implora al entrevistador las dos bolsas de azúcar refinada que no ha empleado para el té. Cada una de las súplicas (o demandas) desfigura a un entrevistado que llama a quebrar la paradoja de Estado rico, sociedad pobre.

—¿Qué es un intelectual? ¿Usted es uno?

 

Yo no preguntaría tanto qué es un intelectual, sino cuál sería su lugar hoy. Comparte lugar con el especialista: el perito, el economista, el jurista, que es entrevistado por temas específicos. El intelectual habla desde una supuesta cultura que, de suponerla, le da el privilegio de una visión más elevada de la realidad. A veces no se distingue bien, por ejemplo, un periodista de un intelectual.

“Yo no hablo desde el lugar del intelectual. No pretendo moralizar a la opinión pública a partir de un hecho concreto, una visión o una ideología, que también ocurre: hay intelectuales que trabajan para evangelizar. En ese sentido, no soy un funcionario o un propagador corporativo. No me llamaría filósofo, eso es demasiado grande. Me gustaría que más bien la gente me viera como un aprendiz de filósofo. Lo que hago es pensar en voz alta mi tiempo para invitar al otro a pensarlo conmigo. No ando pontificando desde una posición de supremacía moral, como ya me acusaron por ahí en Twitter”.

—¿Tuitea como filósofo o ciudadano?

 

—No separo. Claro, mis tuits no son académicos, están destinados a un público general. Lo de las redes fue un accidente. En este país siempre he estado un poco en el ostracismo. De lado y lado. Han sido un lugar de salida para mí. Me ha costado mucho publicar en Venezuela.

—¿Se ha imaginado a Kant o Descartes escribiendo tuits de 140 caracteres?

 

—El primer filósofo que agarré cuando era adolescente fue Nietzsche, y la forma nietzscheana por excelencia es el aforismo, que es corto y veloz. Me gusta mucho esta forma de destello de la idea. Ver la idea como una intuición, un efecto de la palabra, no solamente como una argumentación. Me siento cómodo en ese uso de lenguaje. El lenguaje como una filípica, una provocación.

—En las redes sociales, usted ha tenido una postura contracorriente, que paradójicamente pudo haberse vuelto ya la predominante en ese ámbito. ¿Se puede mantener realmente la independencia de pensamiento cuando empiezas a acumular followers?

 

—Empecé a ganar seguidores cuando no me importó perderlos. Siempre tuve muy pocos seguidores. Hubo un salto cuando no me importó ya decir nada. Y eso fue una forma de hacer empatía con gente que se sentía fuera del lugar hegemónico, de los lugares de la verdad. Acerca de lo de la corriente o contracorriente: no soy un pensador independiente que está en la montaña como Zaratustra y va a bajar a orientar al ser humano. Por eso me molesta mucho la imagen del intelectual. Más bien trato, si uso el término un poco técnico, de deconstruir el discurso que está en el ambiente. De criticarlo. Porque ese discurso me afecta vitalmente, en mi día a día. Son discursos que legitiman cosas terribles de esta tiranía y sobre todo favorecen una muestra de sumisión que es la que hace juego con el chavismo. Si te pones a ver mis tuits, todos van hacia atacar esa atmósfera de sumisión, de resignación, de mediocridad, de dejadez, de autoculpa. De que nos merecemos esto porque somos unos privilegiados que no le paramos a los pobres. De que por nuestros errores tenemos que pasar esta ordalía, este desierto y sufrir hasta que el chavismo un día nos perdone y la gente nos dé su voto. Estoy montado en destruir ese discurso. En ese sentido soy heterónomo, es decir, muy dependiente de lo que recibo.

—¿Hace colas o se niega por principios?

 

—He tenido que hacer colas, por supuesto. No me queda más remedio en algunos casos. El problema no es tanto el hecho físico de hacer la cola, es la justificación de por qué la haces. Insisto en esto, es muy importante: el problema es el discurso autoculpabilizante y de resignación que tenemos todos aquellos que padecemos el chavismo. Eso es lo que no acepto. Yo tengo mis ideas, por supuesto, de cuál sería el modelo ideal para Venezuela. Mis posturas liberales de centro, diría yo. Pero el problema ahorita de Venezuela no es eso. Es reconstituir el pacto republicano. Que haya pluralidad, justamente. No la hay. Por eso hay que romper la doble hegemonía, que es una sola: forma una dialéctica. La hegemonía del tirano que hace juego con la hegemonía del resignado. Si tú te pones a ver son dos caras de un mismo discurso. Eso es lo que ataco, ese es mi enemigo.

—Nietzsche distingue entre la moral del señor y la moral del esclavo. ¿Hay en usted predilección por él?

 

—Hay algo que me gusta de Nietzsche: su gesto. Un gesto que lo diferencia de un intelectual. En el sentido de que sospecha de sí mismo, incluso cuando sospecha de su época. Él no veía las palabras de alguien, veía cómo ese discurso se vuelve un pathos: una postura que hace que el hombre ande cabizbajo por la vida. A mí la política me aburre muchísimo. Me gusta más hablar de arte, de fotografía, de estética. Pero justamente porque no me he podido ir, o no me quiero ir, o no aguanto mi época, como diría Nietzsche, es que estoy dedicado a esto casi como una obsesión.

—¿Desde 1999 lo que hemos tenido es una revolución contra el intelecto?

 

—No soy historiador, pero se siente algo en el chavismo que viene de muy atrás. Sí, es como heredero de Zamora, diría que hasta de Boves, una especie de reacción contra-occidental muy fuerte. El chavismo es una irrupción de esa forma barbárica, no en un sentido necesariamente despectivo, sino de que no consolidó nunca una forma de expresión propia. Lo que pasa es que lo hizo de un modo muy destructivo, buscando, como siempre, conceptos que vienen de Europa: el socialismo, etcétera. Al final se volvió un experimento social terrible.

El chavismo también tiene que ver con la forma como vemos el petróleo los venezolanos, sobre todo a partir de los años setenta. Reivindica el reparto de la riqueza petrolera a partir del Estado, con la buena suerte para ellos y la mala suerte para la sociedad venezolana de que hay otra vez un boom de precios que lo hace mantenerse en esa falsa suposición. Estado rico, sociedad pobre. Hay un tercer factor, la mediocridad de las élites venezolanas. No sólo me refiero a las élites culturales o intelectuales, sino a las económicas que estuvieron muy tuteladas por ese Estado rentista. ¿Qué es el chavismo? Es una pregunta más complicada. Una reivindicación de cosas inviables, y sin embargo tiene 18 años en el poder. Sin China y Cuba el chavismo no se habría mantenido en el poder. Eso no significa que el chavismo sea un sistema comunista de socialismo real como lo conocimos en el siglo XX. Para mí su forma, su contenido está más cerca del nacional-socialismo que del estalinismo, que es igual de criminal que el otro. Pero aunque se acerque mucho al fascismo, no es tampoco el fascismo. No hay un desarrollo fascista de la sociedad, más o menos ordenado. El orden no es un valor del chavismo. Al contrario, es un desorden. Es una especie de caudillaje de masas, submundos malandros que se alían un poco como en Afganistán, para mantener su cuota de poder y retroalimentarse entre sí. El chavismo tiene algo muy feudal y destructivo.

El chavismo se ha pensado muy poco. Hay que pensarlo. Tenemos que entender qué pasó.

—Le tengo que hacer esta pregunta. ¿Alguna vez ha sentido que está defendiendo los intereses de una clase social privilegiada?

 

(Respira hondo).

(El entrevistador siente como si ha hecho alborotar un apellido).

—Esa pregunta supone que hay intereses de clase, que las clases sociales existen realmente como clases. Más allá de gente pobre o rica hay realmente unas clases homogéneas todos pensamos igual porque somos de la misma clase. Yo pondría eso en duda a estas alturas, no creo que haya clases en ese sentido de Marx.

No voy a esquivar tu pregunta, te voy a responder desde el afuera para ir al adentro. El afuera es: la oposición tiene ya varios años descuidando a los sectores medios so pretexto de que hay que atender la pobreza. Discurso que pudo ser válido hasta que la Asamblea Nacional ganó dos tercios. No me importa que me acusen de lo que sea: la política no la hacen las mayorías, sino las minorías cualitativas. La gente que tiene o el poder, el interés real, la visión y la voluntad de ir más allá de sus propias entrañas, que puede ver más allá de sí misma. Hegel decía justamente que la política pertenece al mundo de la libertad. Desde el mundo de la necesidad no se puede hacer política, ni construir repúblicas ni visualizar un país. Cuando las necesidades básicas están más o menos cubiertas, uno puede pensar en valores superiores al biológico de mantenerse vivo. Haber descuidado, humillado y maltratado a los sectores medios fue una catástrofe para el país y la política. Cualquier proyecto que quiera retomar fuerzas tiene que atender sectores que van desde, digamos, el técnico superior de Caricuao hasta el profesor universitario de Guatire, pasando por los comerciantes o los profesionales por cuenta propia: toda aquella gente que vive de su trabajo pero que tuvieron acceso a una formación más allá de las necesidades básicas o de la menesterosidad del día a día.

El interior de esa pregunta implica la suposición de que el chavismo es un movimiento popular. El chavismo fue puesto ahí no por las clases populares, para hablar así todavía, sino por una elite de notables que incluso viene del medinismo más recalcitrante y que pensó con Chávez podía volarse la corrupción adeco-copeyana y meter sus propios agentes. Ya que estamos hablando en ese discurso, para mí el chavismo es un pacto lumpen-oligárquico. Las elites del chavismo vinieron, por lo menos en primera instancia, de sectores oligárquicos que le dieron el golpe a CAP porque tocaba los intereses proteccionistas de sus empresas. Su acceso al Estado rentista.

—Usted dijo que le gustaría hablar más de estética que de política. ¿Cómo se ha entrometido el drama del país en su tarea de académico: producir conocimiento?

 

—Tengo que hablar como profesor universitario venezolano. Hay que decir algo: la universidad venezolana está devastada. Por muchas razones: es culpa de ella, en parte. Eso implica muchas cosas, no solamente para el universitario. Implica que las clases medias, o aquellos que eran de clases bajas y querían ascender socialmente, si esto sigue así, no van a poder. No es ya solamente un problema de intelectualidad, sino de acceso al conocimiento. Esta es una sociedad de conocimiento, de saberes. Si esos saberes no están vamos a ser peor que Haití o Surinam. Es un problema muy grave. Un profesor universitario desde hace tiempo no puede dedicarse más a la universidad. Tiene que buscar cosas muy estresantes del día a día. No hay vida académica en Venezuela. Es poca, muy rara, subsidiada por uno mismo, casi romántica.

—A propósito del ascenso social, ¿no le aterra pensar que quizás el único ascenso posible sea a través de la delincuencia?

 

—El problema es que, una vez que la riqueza está en un lugar, PDVSA, se vuelve como un pozo. El que agarra el pozo se agarra la riqueza. Una vez que yo monopolizo la riqueza en un sitio, la sociedad va a buscar la rapiña de esa riqueza. Ese es el estímulo. Si el Estado es rico, vamos a ser siempre pobres. Mendigando. Eso es una enseñanza, debe ser obvio. Lamentablemente parte de las elites tienen que renunciar a ese gran beneficio.

—¿Ése es el pecado original?

 

—No sé si es el pecado original. Creo que viene del siglo XIX. Pero es el mecanismo que ha permitido que ese pecado perviva.

Erik Del Búfalo (Caracas, 1972) es doctor en filosofía y profesor titular de la Universidad Simón Bolívar. Tiene cerca de 30.000 seguidores en su cuenta en Twitter, @ekbufalo. Ha publicado títulos como Deleuze y Laruelle, del esquizoanálisis a la no-filosofía (2003), El rostro lugar de nadie (2006) y la reflexión colectiva La política encarnada (2015). Actualmente prepara el no demasiado apolítico Sobre la imagen y la verdad de la imagen, y también intervendrá en un e-libro sobre la izquierda y las derivas autoritarias bajo la dirección de Gisela Kozak. 

Esta entrevista pertenece a una serie de jóvenes intelectuales venezolanos. Para leer las entrevistas a Guillermo Aveledo Coll, Daniel Esparza, Anabella Abadi, Rodrigo Blanco y Emila Díaz-Struck haga click sobre sus nombres.

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