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Esa lástima con la que nos miran…

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Salgo de Venezuela por pocos días. Me acompaña mi hija Tuti, a quien por su dificultad motriz le pido silla de ruedas en los aeropuertos. El joven que la lleva es encantador. Se interesa por ella, por su condición. Es solidario, afable. Tiene una sonrisa luminosa, unos dientes blanquísimos y parejos que contrastan con lo moreno de su piel. Una sonrisa que le dura hasta que conoce de dónde somos. “Ohhh”, exclama con pesar. “Pobrecitas ustedes”.

Siempre he detestado el “pobrecitismo”. En mi libro “El anclaje del subdesarrollo” lo definí como una de las anclas que nos mantienen hundidos en el mar de la mediocridad. Sentirme del lado de la conmiseración me aterró, porque la lástima es quizás el sentimiento más triste que un ser humano puede sentir por otro. La lástima no debería existir. Es simplemente degradante.

Cuando Chávez estaba vivo no nos tenían lástima. Chávez causaba curiosidad, era considerado atrevido y desafiante. Era amado y odiado por igual. Incluso temido. Había roto esquemas, se burlaba de los poderosos y tenía mucho dinero para gastar, para comprar, para amenazar. Con Maduro es diferente. Ya no hay dinero. Ya no hay personalidad arrolladora. Ya ni siquiera es la burla por el pajarito. Lo que hay hoy es un conocimiento profundo de la realidad venezolana y la lástima… esa lástima con la que nos miran…

“Venezuela está todos los días en todos los periódicos”, me comenta el muchacho. “En mi iglesia hemos hechos ya dos colectas de alimentos para enviar para allá”. Sí, recordé cuando de pequeña en el colegio recogíamos alimentos no perecederos para enviar al África a través de las misiones. Sin que medie explicación lógica, nos africanizamos. Como en la historia bíblica de las vacas gordas y las vacas flacas, no nos preparamos para la escasez.

 

Cual nuevos ricos dilapidamos todo, pensando que la fuente era inextinguible. Las voces sensatas que agoraron en detalle lo que nos sucede en este presente desastroso fueron acalladas por contrarrevolucionarias, por exageradas, hasta por pavosas. Y ahora somos los pobres niños ricos. Los que tuvimos todo y botamos todo, como los amigotes y testaferros de multimillonarios que no tienen empacho en dilapidar lo que no es suyo. Así, vimos cómo en Francia el maitre de un famoso restaurant se horroriza ante la evidencia de estar frente a un grupo de ladrones, que se zamparon en una cena no sé cuántas botellas de vino Petrus, uno de los más caros del mundo.

Quizás lo que más espantó al francés es que se lo tomaron como si fuera sangría. Y esa historia es una de las de menos… Los venezolanos en general permitimos que robaran la mayor parte del tesoro nacional en nuestras narices, porque mientras hubiera para todos, no importaba. Perdimos los pocos valores que nos quedaban, hipotecamos al país a chinos y rusos, entregamos el Esequibo y como si todo esto fuera poco, todos los días perdemos más jóvenes que se van del país porque saben que en Venezuela no tienen futuro. Y lo que queda del futuro tiene hambre, no puede estudiar porque la educación está por el suelo y si se enferma no tiene hospitales donde acudir ni medicamentos que tomar.

“¿Cómo un país tan rico se volvió tan pobre?”, me pregunta el muchacho sacándome de mis pensamientos. Pienso que para responderle esa pregunta casi tengo que empezar por el Big Bang. Siento el alma agotada. El joven me señala que hemos llegado a la puerta de nuestro vuelo. Le extiendo una propina y la rechaza “úsela para comprarle algo a alguien que lo necesite en Venezuela”, me dice. Insisto en que la reciba. “Por favor, señora”, me responde con una sonrisa aún más encantadora que las anteriores, “me hará muy feliz saber que ayudé a un venezolano, ahora más que las conozco a ustedes”…

Guardé el dinero en mi portamonedas, me senté al lado de Tuti y le tomé la mano. Tenía ganas de llorar. Tuti es muy perceptiva y me pregunta qué me pasa… “Nada, mi amor, o mejor dicho, todo… ¡es que no puedo con esa lástima con la que nos miran!”…