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¿Escrachar o no escrachar? ¡Esa es la pregunta!

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Voces prudentes han advertido en los últimos días que el tema del escrache ha desplazado al tema de los asesinatos. Eso no puede pasar, pero es un asunto que –no en vez de, sino además de- hay que poner en el tapete. Muchos ya han opinado y yo también quiero opinar, esperando añadir al debate.

El escrache, una mezcla de acoso, persecución, insultadera y hasta violencia física todos juntos, no es una causa, sino una consecuencia. Una consecuencia de un régimen que llevó a los ciudadanos más allá del umbral de su dolor. Y cuando alguien es llevado más allá de ese umbral, la reacción es impetuosa, vehemente e implacable.

En estos días he recordado el episodio de Los Semerucos, Estado Falcón, que tuvo que ver con los pdvsos despedidos del Centro Refinador de Paraguaná. En la madrugada del 4 de julio de 2003, la Guardia Nacional, acompañada de un juez y en un despliegue de violencia antes nunca vista, pasó de una medida de secuestro a un desalojo forzoso. Niños, jóvenes, adultos y ancianos pasaron una aterrorizante noche mientras los militares destrozaron carros, viviendas, jardines, lanzaron arsenales de bombas lacrimógenas, amenazaron, atropellaron, vejaron… Por fortuna, no hubo muertos que lamentar, un milagro ante la violencia de la arremetida.

Ahí había niños, muchos niños. Pero ni a Chávez, ni a su séquito, ni a los militares que comandaron la acción les importó. De hecho, el Coronel (R) de la Aviación Sammy Landaeta Millán, quien estaba allí apoyando a Haydée Irausquín, una de las despedidas, refiere que a los guardias nacionales les pagaron “la prima PDVSA” por haber ejecutado el desalojo.

Tal vez a los chavistas responsables de esta terrible violación de los derechos humanos se les olvidó este incidente. Pero a quienes estaban allí les aseguro que no. A quienes se quejan hoy de los escraches en contra de sus hijos, ¿acaso hicieron algo por los hijos de quienes vivían en Los Semerucos? No. Tal vez hasta comieron dulce de lechosa con Chávez. Esto por poner sólo un ejemplo de uno de los tantísimos actos de violencia propiciados, auspiciados y ordenados desde el alto gobierno. Entonces, señores, ustedes no tienen derecho a quejarse. Ya saben en carne propia que no hay nada que duela más que el sufrimiento de un hijo.  Quizás muchos de quienes escrachan hoy fueron víctimas de hechos de barbarie como el de Los Semerucos.

Estoy en contra de escrachar a los menores de edad. Eso no se hace. Nadie escoge a sus padres y los niños no son responsables por las acciones de estos. Pero luego de que pueden discernir, son independientes y responsables de sus acciones, pueden marcar distancia. Acabamos de ver las dignas y contundentes posturas de los hijos de Tarek William Saab y del Primer Comandante del Cuartel Libertador en el Zulia. Los hijos son los críticos más duros y los jueces más inflexibles de sus padres. No me vengan a decir que un joven con discernimiento no está en la capacidad de distinguir entre el bien y el mal y de saber si su papá o su mamá son unos redomados ladrones e incluso, si tienen las manos manchadas de sangre.

En un país como Venezuela, donde la sanción social nunca ha existido, estamos viviendo algo inédito: la contraloría, el juicio y el castigo de la sociedad. El escrache no tiene que ver con las leyes. El escrache es un acto de justicia social. Como sucede con los linchamientos, el pueblo se toma la justicia en sus manos, porque la ley no funciona. Los criminales se colocaron más allá del alcance de la ley y la justicia. La impunidad es la regla. Me entra un alivio al pensar que en la nueva Venezuela, la que llega, la que estamos pariendo, no va a haber consideraciones con la corrupción. La corrupción es la peor enfermedad del siglo XXI. Pero de eso ya se encargarán los jueces.

La hipocresía del régimen no tiene límites. Y eso indigna. Los comunistas revolucionarios, los herederos del legado de Chávez, si no viven fuera de Venezuela tienen a sus hijos viviendo en el exterior. Pero no en Cuba, Zimbabue, Bielorrusia o Corea del Norte. Nada que ver. Viven en países del primer mundo, donde tienen propiedades que valen millones de dólares o euros. Ninguno, léase bien, nin-gu-no tiene soportes para justificar de dónde sacó el dinero para llevar ese tren de vida. En Venezuela los empleados públicos ganan una miseria y encima, hay control de cambio. Aquí hay gente hurgando la basura para comer. Gente que come una sola vez al día. Gente que se ha muerto de mengua esperando un medicamento. Todos esos corruptos que saquearon el tesoro nacional son responsables de esas muertes. Pero no, no les hacen mella. Pero sí salen lloriqueando cuando les escrachan a los hijos.

Los primeros que han debido pensar en sus hijos, son ellos mismos. ¿Por qué exigen que otros lo hagan, si ellos no lo hacen? Si no quieren que les digan a sus hijos que su padre es un ladrón, pues no roben. Si no quieren que les digan a sus hijos que su madre es una asesina, no sigan apoyando al régimen.

Por ahí hay varias listas circulando con los nombres de los corruptos, dentro y fuera de Venezuela, sus direcciones y las direcciones de sus hijos. Ojalá no escrachen a los niños y respeten su inocencia. Pero a los demás… será inevitable. Sus ansias de vivir en países desarrollados y seguros no se les va a dar. Tienen que saber que quien a hierro mata no puede pretender morir a sombrerazos…

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