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Escuela de Letras de la UCV celebra su aniversario “para que no entre la barbarie”

letras-ucv
10/11/2016
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POR: DALILA ITRIAGO | FOTOGRAFÍA: WIKIMEDIA COMMONS GERMANX

Hace 70 años se creó y en sus aulas se han formado reconocidos escritores y poetas. Tres de sus más estimados profesores: María Fernanda Palacios, Jaime López Sanz y Rafael Cadenas ofrecieron una conferencia a propósito del aniversario. Coincidieron en la necesidad de reencontrarnos en un territorio donde prevalezca la visión poética, aquella que no implica engaño o evasión sino búsqueda de la Vida aún y en medio del desengaño 

La conferencia se tituló Vida y Literatura y fue dictada en el Aula 201. Ésa que queda al final del pasillo y que el lunes 7 de noviembre reunió a María Fernanda Palacios, Jaime López Sanz y Rafael Cadenas, tres de los más respetados y queridos profesores de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, para celebrar los 70 años de su creación.

Los estudiantes sabían que el foro estaba pautado para las 4:00 p.m. pero a esa hora no se podía entrar al salón. Todos los pupitres del aula más grande de la escuela estaban llenos. También el piso, en ese espacio de pocos metros entre las filas, el escritorio y el pizarrón.

Confieso que llegué tarde, unos minutos después de las 4:00 p.m. Tuve que hacer lo mismo que otras decenas de jóvenes: sentarme afuera del aula, en pleno pasillo, para escuchar la voz de los conferencistas a través de una pequeña corneta. Por suerte me senté diagonal a la mirada de los profesores. Pude captar algunos de sus gestos.

Mi padre, quien antes de yo nacer estudió en esas mismas aulas, se sentó a mi lado. Un poco más allá, mi hermano. Los tres, como todos alrededor, esperaban que María Fernanda Palacios, profesora, ensayista y poeta, empezara a hablar. “Tienes que ver clases con María Fernanda”, una petición ya agónica de mi padre regresaba a la memoria. Ahora entiendo por qué insistió tanto.

“Me costó encontrar el tono adecuado para hablar hoy aquí, precisamente por lo del aquí y el hoy, porque se juntan en estos aniversarios una tradición (la de los aniversarios) y una moda (la de las efemérides); porque demasiado a menudo estas conmemoraciones tienen algo de piñata triste y, cuando no, sirven de lápida para el presente, para matarlo como un homenaje al pasado. Para no sentirlo (al presente) y no afrontarlo”, fue la entrada magistral de Palacios, la profesora que todos admiran, respetan y quieren.

Era la segunda vez en mi vida que la escuchaba hablar. Comprendo porque el fervor y el cariño. Es sencillo de entender. La reverencia proviene de la honestidad y la transparencia de sus palabras. Tan cristalinas que uno siente que pueda mancharlas o percudirlas al intentar resumir o parafrasear su discurso.

Cuando me vi que tenía que estar aquí hoy, para hablar de esto, no hallaba dónde colocarme. Me decía: “¡Pero si no hay nada qué celebrar en este país devastado!” Me decía: “¿Cómo voy a celebrar algo en esta universidad vapuleada?” Y luego, un poquito menos indignada y más elegíaca, me decía: “Yo no necesito fecha para celebrar esta escuela”. La gratitud que me mueve a celebrar su existencia está presente todos los días. Pero precisamente escarbando ese sentimiento me di cuenta que no. Que esa actitud de decir que no hay nada qué celebrar era una comodidad, era un gesto malagradecido hacia la Escuela, y justo en el momento en que más necesita que uno demuestre lo que ella vale. Una falta de nobleza hacia los que ahora la cuidan y la mantienen en pie…

No, no estaba bien recostarse así de nuestra desgracia presente y emplearla como un escudo para eludir un deber. “Negarse a celebrarla hoy aquí es como contribuir al vapuleo, al ninguneo, al maltrato feroz con que esta dictadura pisotea y quiere anular todo aquello que significa la universidad, el estudio de las humanidades y el hecho poético en la vida de un pueblo”, explicó.

Escuchaba su voz suave, acompasada y dulce, y la asociaba a la imagen de una joven hermosísima de pantalones de campana y suéter cuello de tortuga, con el cabello como aquél personaje de García Márquez que llega a Macondo proveniente de Europa, en los últimos capítulos de Cien Años de Soledad: con un corte de cabello similar al de las alas de las golondrinas. Esa era la María Fernanda que recordaba mi papá, la misma que yo había conocido por las fotos que a veces aparecen en el Facebook del Centro de Estudiantes de la Escuela.

Ahora una señora con garbo, vestida de azul marino y negro y con un collar de perlas, invitaba a reflexionar a la audiencia sobre la importancia y el sentido de celebrar aún y en medio del desasosiego: “Es ahora cuando debemos sobreponernos y empeñarnos en reencontrarnos con lo que nadie ni nada podrá arrebatarnos por decreto: el sentido de lo que hacemos aquí hoy. Eso solo podríamos arrebatárnoslo nosotros mismos. No hacerlo equivale entonces a dejar que la barbarie y el bárbaro dentro de nosotros se salgan con la suya”.

Esa fue apenas la introducción. Luego explicó cómo se fundó el área de estudios que hoy conocemos como Literatura y Vida; después de la etapa de renovación académica donde participaron los profesores que ahora la acompañaban en el panel: Jaime López-Sanz y Rafael Cadenas.

Pienso en mis amigos periodistas. Esos que desesperan con la narración pausada y detallista. Necesitan precisar la noticia y que la escriba en un párrafo breve. Necesitan saber de qué les estoy hablando. Como los quiero, debo advertirles que esto “va pá rato”, como decimos coloquialmente. Pues justamente empiezo a intuir que el desvelo de estos profesores no proviene de la necesidad de ofrecernos información y sistematización de datos. A ellos les preocupa que los alumnos lleguemos a creer que la Escuela de Letras está desvinculada de la realidad social venezolana. Cuando, muy por el contrario, ella se asienta sobre un territorio donde, como lo dijo la profesora Palacios, se estudian las viejas y nuevas disciplinas: el lenguaje, la historia literaria, los géneros, las formas, las teorías; y, además, se hallan las raíces que vinculan lo que hacemos con lo que nos sucede como país y como personas. Ese es el territorio de la Vida y la Literatura.

Para explicarse mejor citó a Rilke: “Dime poeta, ¿cuál es tu quehacer? Yo, celebro”.  Y, dice en ese mismo poema, un poco más abajo: …“Solo el ámbito del celebrar puede acoger la queja”.

Fue allí cuando aclaró que la celebración no implicaba adular a nadie ni distraerse de lo real sino honrar. Entonces citó a Baudelaire para defender el derecho a la contradicción y a la no aceptación de lo unánime: “Yo soy la llaga y el cuchillo”.

Es, dicho con palabras sencillas, un territorio donde se celebra la vida, preservada por la poesía y el arte. Un territorio cuyo ingrediente esencial es la actitud que, según Palacios, podría también llamarse  “lección de desengaño” o “pasión inconforme”. Una actitud que consiste en no dar por descontado lo humano del ser humano, como bien dijo.

“Este territorio prefiere partir de poquedades y mostrar la estela de ruina que deja lo que se hace por “el bien de la causa” o “en nombre del bien”, aspiraciones sublimes que no saben convivir con la grosera existencia (…)”

En este territorio nosotros no queremos enfrentar a unos escritores con otros oponiendo rasgos estilísticos, escuelas, o ideologías sino más bien leerlos para ver cómo cada uno de ellos se enfrenta consigo mismo…

Si, por mi parte, me ha dado por estudiar a los rusos, es porque en Rusia la transparencia, la glasnost que trajo la perestroika, no fue un cuerno de abundancia. Fue la revelación de lo insoportable”, añadió.

Contrario a quienes creen que las Letras impulsan el “comeflorismo”, Palacios subrayó que justamente la Literatura enseña a aprender a deletrear la vida, pues si bien “los funcionarios de lo positivo” se infiltran en todas las ideologías no pueden hacerlo en el ámbito humanístico, ya que carecen de imaginación: “Me empeño en estudiar a los rusos como si fueran caraqueños porque en vez de construir escaleras para llegar al Paraíso, se preguntan cómo permanecer en este infierno sin ilusionarse”.

Ese territorio, mostrado por el profesor Rafael Cadenas, admite que el poeta moderno ya no habla desde las certezas sino que su único asidero es la vida. Así lo dijo, mientras leía un extracto de Anotaciones que recordaba que la época de las causas había terminado: “Ya no puedes aferrarte a religiones, ideologías, movimientos (ni siquiera literarios). Se acabaron las banderas”.  Pero es justo ese desengaño- aclara Palacios- el que lo liberará para luchar (en otra clave) por aquello que religiones, ideologías, movimientos dicen defender: lo religioso, lo humano, lo valedero.

Ese territorio de Literatura y Vida es el espacio para expresar las ansiedades que nos agobian y también será el espacio para acogerlas. No será una materia dictada en alguna otra universidad pues, ella lo recalcó, es un asunto de “actitud con c”, un modo de leer que no se adhiere a las fronteras de las disciplinas ni se enfrasca en polémicas. Es más bien un puente.

“Cuando recorro el pasillo en la noche y veo las puertas iluminadas de los salones, todo tiene sentido. Veo pasar todas las generaciones que he conocido aquí. Veo los rostros de los que están y de los que no están. Escucho las voces, veo los gestos del que una vez, no hace mucho, a veces vi en los pupitres. Veo a Pilar, a Marco, a Rafael -es decir a Rafa-, a Jorge, a Irma, a Irania, a Gisela, a María Josefina, a Teresa, a Helena, a Florence, a Vicente, a Agustín; y el oleaje sigue… y veo cómo siguen llegando: veo a Ricardo, a Carla y a los más jóvenes, esos a los que ahora les tocará llevar el peso y mantener la arboladura de este barco contra viento y marea. Allí están Álvaro y Mario, Erika, Francisco, Franklin, Alejandro, Luis, Josué, Yuri, y los que ahora olvido y que me perdonen, porque no se trata de hacer un catálogo sino de hacerles sentir que, en esta celebración, ustedes son los que forman ese corredor sin fronteras que ha sido esta escuela”, relató la profesora al destacar que esta escuela se ha empeñado en no traicionar que la Literatura y la Lengua sean su territorio. Un territorio ajeno a las unanimidades y uniformidades.

Fue allí cuando imploró que la celebración no fuera elegíaca ni si hiciera de ella un oficio de difuntos, pues los muertos que constituyen la memoria están vivos, siempre que haya alguien que tome su relevo.

Después de esto se  le quebró la voz por diez segundos y calló. Justo cuando dijo que precisamente hacia quienes habían tomado ese testigo, volaba su gratitud: “A ustedes que fueron la tripulación de esta Escuela y ahora, como oficiales, dirigen el barco. Por ustedes, dignos para siempre de nuestro respeto, habría que hacer esta celebración”.

“Yo lo perseguía como un enamorado”

El actual jefe del departamento de Literatura y Vida, Jaime López-Sanz, también inició su discurso admitiendo que la palabrita celebración le molestaba desde hacía algunos días atrás. También en él había molestia por el momento crucial y sumamente grave que vive el país. Una angustia que, explicó, permanece a nivel subconsciente y se refleja a diario en los rostros enfermizos de los venezolanos. Esos ciudadanos que existimos pero no así el país, pues se trata más bien de una idea convertida en ideal pero que todavía no es una idea encarnada.

“No es el cielo juntado en la tierra sino el hacinamiento de un grupo de gente dentro de un territorio, que no sabe dónde tiene los límites y nunca lo ha sabido. Eso no puede conformar ninguna Nación. Y, además, es una Nación que continuamente se disuelve”, añadió.

Seguido de esta reflexión, López-Sanz empezó a recordar episodios compartidos junto a su amigo Rafael Cadenas, el primer profesor de la plantilla de la Escuela de Letras que le dio clases luego del proceso de renovación que por allá, en los años sesenta, emprendieron los estudiantes para cambiar el programa de materias que recibían.

“…el Rafael  de ese entonces colocó un libro sobre la mesa, se quedó callado cinco minutos, y preguntó: “¿A ustedes nunca les ha provocado suicidarse?”. Entonces el auditorio, que en ese momento escuchaba en silencio a sus maestros, estalló en risas, pues el profesor López-Sanz tiene la habilidad de explicar los grandes mitos de la Literatura, así como también los hechos cotidianos, de manera sorprendente, como quien hace llamas de un pañuelo o saca conejos de un sombrero; y uno nunca alcanza a descubrir cómo logra embelesar y mantener la atención de sus alumnos durante horas, sin cansarlos.

Relató cómo Cadenas lo deslumbraba con su silencio y su preparación. Relató, jocosamente, cómo esto le seducía: “Yo lo perseguía como un enamorado y me decía “tiene que mirarme”.

Luego de revivir su aproximación a la poesía de Cadenas y de ver cómo este autor vivía de manera coherente con lo que escribía y enseñaba; López-Sanz

dijo a sus alumnos que el hombre se debía a su comunidad pero también a sus difuntos.

Apuntes para vivir de Cadenas

Y luego habló Cadenas. Me hizo feliz escucharlo. Quien fue reconocido con el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, en España, dijo allí, delante de todo el mundo, que creía que no había aprovechado bien su formación en la escuela pues estaba muy distraído con sus otras dos ocupaciones: el trabajo de corrector en El Nacional, que hacía de noche; y sus actividades dentro del grupo literario Tabla Redonda.

De este recuerdo llegó la recomendación: “No hagan eso. Presten atención. Estudien bastante. Lean disfrutando, después vendrán las teorías”.

Después tomó una frase de Pedro Salinas para explicar el papel de los profesores y de los alumnos. Dijo que esto tenía que ver con ganar corazones para la Literatura y preservar que las palabras de la tribu estén en buen estado.

Respecto al idioma alertó sobre el peligro de que las palabras quedasen vaciadas de poder. Como pasa en Venezuela donde Justicia, Constitución y Libertad se quedaron sin sentido alguno.

Otra de las tareas que asignó a los jóvenes que le escuchaban es la defensa de la democracia pues sin ella la universidad corre peligro. Sobre esto, lamentó que algunos estudiantes que en su tiempo lideraron la renovación de la escuela, ahora se hayan pasado al lado de la antidemocracia. Se olvidaron, a su juicio, de esa libertad que defendían cuando eran estudiantes.

“Esta universidad fue fundada en 1721 por el Rey Felipe V y en 1827 Bolívar, a instancia de José María Vargas, decretó unos estatutos universitarios republicanos que le dieron el nombre que hoy lleva muy dignamente: Universidad Central de Venezuela. Según mis cuentas le falta muy poco para cumplir tres siglos, pues tiene 288 años. El actual gobierno a su lado es menor en edad y ya atenta contra ella. De esa longevidad le viene su solidez institucional. Por ello ha sobrevivido a todos los acosos. Menos mal que el poder de la anticultura es transitorio. Hoy tampoco podrá doblegar esta casa que nunca ha tenido amo y está muy crecida para aceptar uno ahora. Nos toca defenderla de nuevo”, y la sala se desbordó en aplausos. Pues aunque esto implique caer en un lugar común, fue así.

Muchos fueron los alumnos que se acercaron al poeta Cadenas para que les firmara alguno de sus libros. Otros sencillamente se iban a sus respectivas clases. Marilú Espinoza se veía conmovida: “Llegué con el alma pobre, ante tanta infamia que nos rodea y no imaginé que el hallazgo sería tal. Las palabras de los tres maestros calaron en mi alma y, una vez más, me hicieron comprender que no estoy equivocada. La Literatura y nuestra aproximación es una manera de alcanzar la libertad. Al final, mi alma, como la de todos los que vivimos este momento mágico que nos regaló la vida, se alistó a la luz que emergió esa tarde de nuestros maestros”.

Había que entrar a Morfosintaxis. La celebración, en Letras, implica trabajar desde el desengaño.