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FOTOS | El empeño por la Navidad

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25/12/2016
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FOTOGRAFÍAS: DAGNE COBO BUSCHBECK

La cena del 24 de diciembre es uno de los momentos más preparados de las fiestas navideñas. En medio de la crisis que pasa Venezuela, aún hay familias de lo que alguna vez fue la clase media, que con mucho esfuerzo lograron darse el gusto de continuar su tradición. Este es el relato de una de ellas.

“Yo no iba a dejar que nos quitaran la Navidad ¡No señor!”, dijo mi mamá rodeada de una parte de su colección de más de doscientos nacimientos, mientras cenábamos. Esta es su fecha favorita del año y, por extensión, también la de mi papá, mi hermano y la mía.

Por primera vez hicimos las hallacas el mismo 24, pero la faena comenzó hace unos meses para conseguir los ingredientes: si llegaban dos paquetes de harina de maíz en la bolsa CLAP, una se guardaba y la otra se mezclaba con afrecho y avena para rendirla para las arepas; las pasas reposaron por varias semanas en la nevera, junto a las hojas empaquetadas compradas en Bicentenario y el onoto del Mercado Guaicaipuro. Si se dejaba algo para última hora, se corría el riesgo de no conseguirlo o no tener el dinero para comprarlo.

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Hacer las hallacas es como un juego de fútbol en el que cada uno tiene una posición en el campo con un trabajo específico. Lo mío siempre había sido ponerle los adornos al guiso que mi mamá, con su experiencia de ecónoma de comedores escolares, distribuía equitativamente, mi hermano amarraba porque nadie lo hacía más prolijo que él, y mi papá se ahumaba en el fogón alimentado con leña. Mis tías y mis primas también colaboraban porque todos querían ganarse la hallaca de la tía Belkys: no soy la única que sabe que las de mi mamá son las mejores.

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Pero este año nos tocaron otras tareas para suplir las ausencias de la diáspora: escuchamos a mi hermano en una nota de voz que nos decía desde Panamá que comiéramos rico por él, y mi prima nos escribía desde Buenos Aires que harían una parrilla para cenar pero que ella extrañaba las hallacas.

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Durante todo el día no nos detuvimos a pensar en que éramos pocos, sino en que recibíamos invitados que compartían nuestras ganas de alegrarnos empujados por la nostalgia de mejores tiempos y la esperanza de que todo pasa.

No hablamos del precio del dólar, ni de la escasez, mi papá no me preguntó qué sabía sobre este o algún otro rumor, ni me indigné por las colas que tiene que hacer mi mamá para comprar cualquier cosa.

En cambio, nos reímos de la lógica beisbolera de mi tía Mitzy: “Tiburonera que se respeta, hace hallacas”, dijo con su gorra de los Tiburones de La Guaira calzada sobre su pelo rubio mientras estiraba una bola de masa onotada sobre una hoja de plátano; de que mi novio y mi papá estuvieron todo el día disputándose un refresco de uva; y de que nuestras perras, Vicky y Sofía, eran las aspiradoras más eficientes que podíamos tener en la cocina.

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Nos sentamos a comer pasadas las diez de la noche, en nuestro comedor que también es sala y cocina. La casa de mis papás tiene la arquitectura de los barrios, paredes que se van construyendo a medida que se va teniendo el dinero para hacerlas, y así quedó el espacio principal: un juego de comedor para seis personas, cocina, neveras, lavadora, televisor, microondas y una vitrina que sirve de gabinete.

Nos acomodamos en nuestros puestos y nos deseamos feliz Navidad. Sonreímos de felicidad pero también de alivio: en nuestro plato había hallaca, pan de jamón, ensalada de gallina y carne asada, somos privilegiados de poder tener la misma cena de Navidad de los años anteriores y lo agradecimos, junto a la brisa del Caribe que refrescaba toda la casa.

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Quizás de eso se trató nuestro 24, de agradecer que entre tanto desasosiego, éramos afortunados de poder tener una mesa para compartir, de que la separación de muchas familias que ha dejado el éxodo, ha hecho que muchas otras nos formemos y nos unamos, de que no rendirse no es conformarse ni entregarse, es empeñarse.

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