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FOTOS | Juan Pablo Pernalete no se quería ir de Venezuela, afirman sus padres

16062017 Casa Juan Pernalete Andrea Hernandez/EL ESTIMULO
19/06/2017
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TEXTO: GABRIELA GONZÁLEZ @GABYGABYGG | FOTOS: ANDREA HERNÁNDEZ

”Los que mueren por la vida, no pueden llamarse muertos”. Esa frase de Alí Primera, aunque resulta ya trillada, es una verdad del tamaño de una piedra.

Sin embargo, el dolor de perder a un ser querido sigue allí. Intacto, incólume.

Una casa en silencio, un cuarto vacío cuya puerta con un letrero de “mantener cerrada por favor”, se mantendrá así. Cerrada. Guardando cada recuerdo de un joven, de un “niño”, como lo llama su padre. De Juan Pablo Pernalete.

El próximo 26 de junio se cumplen dos meses de su asesinato. Elvira Llovera y José Gregorio Pernalete viven en el mismo 26 de abril indefinidamente. Los mueve el deseo y el derecho de hacer justicia por su hijo.

El héroe

 

El señor José Gregorio recorre una sala de estar en la que tenía todo listo para  instalar un televisor para que, Juan Pablo, pudiera ver los juegos de basket y fútbol con sus amigos. Y es que Juan era fanático de los deportes. Juan, era el deporte mismo. Una mesa de ping pong con dos vasos que dejaron sus amigos, se mantienen allí, resguardados, congelados en el tiempo.

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Una casa en la que cada pared y cada rincón, reflejan el dolor de una familia que no será la misma. “Nunca más”.

Juan Pablo no era un “terrorista” o “guarimbero”, como lo calificó el gobierno en varias oportunidades. Juan Pablo era un “héroe”, como lo aseguran no solo sus padres sino amigos, profesores, entrenadores. Un héroe anónimo dedicado a salvar a perros callejeros y con una vocación de ayuda muy marcada.

Para él, “imposible era solo una palabra que inventaron los adultos”.

Elvira, sentada en esa misma sala donde Juan ya no podrá ver los juegos que tanto le apasionaban, saca cajas con papeles, fotos, dibujos. Esas cajas de “recuerdos” que toda madre atesora. Esta, cobra un nuevo significado.

“Estaba a dieta y no me venía el periodo”, recuerda Elvira cuando una amiga le dijo que estaba embarazada. José Gregorio estaba de viaje y para ese momento, tenían un año de casados. Esa prueba de embarazo, 20 años después y que refleja el paso del tiempo con ese color amarillento, todavía le ilumina su mirada.

Juan, se lo puso su padre por el Santo Juan Bautista. Ese que “todo lo tiene y todo lo da”. “Es corto pero fuerte”, dice José Gregorio mientras que, Elvira,  le puso Pablo. Ella sentía que sonaba “principesco”. “era mi príncipe”, dice.

Elvira también recuerda cómo lo abrazó cuando se lo entregaron y aquellas palabras de su esposo que hoy, cobran otro significado. El señor José Gregorio le dijo en ese momento, aquel diciembre, que recordara que “es prestado. Él crecerá y se irá para hacer su vida”.

 

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A Juan le gustaba que lo llamaran Pablo y de hecho, quería ponerle ese nombre a su hijo. Y Camila si tenía una niña.

Su padre, aunque le veía condiciones para el atletismo no logró convencer a Juan. Lo suyo era el basket. Era su amor.

Aunque se caía, se rompía y golpeaba, le decía a sus padres que, “el basket es un juego de equipo y cada uno tiene que tomar una decisión en un momento determinado. Eso te forma el carácter”. Tenía 14 años.

Desde ese momento, su papá no se perdió ningún juego.

Su mamá, recuerda que en una ocasión, se fracturó jugando basket en Petare a unos días de viajar a Argentina. Un viaje para el que tenían todo listo. Y  al que fueron aunque él no podía jugar. Ese era el acuerdo. Sin embargo, el día del juego, Elvira y José Gregorio lo encontraron intentando quitarse el yeso y aunque trataron de detenerlo, se lo quitó porque su equipo estaba perdiendo. “Ese día jugó como nunca”, recuerdan entre lágrimas.

Lágrimas de dolor, orgullo y amor que se confunden en cada parte del relato, en cada recuerdo.

“Era un atleta integral”

 

Su ídolo era LeBron James. Su padre relata cómo fue ese día que viajaron a Miami a ver a los Heat en el Arena Stadium. “Él veía a LeBron y yo le veía a él. Sentía una alegría. Él veía a su héroe y mi héroe, estaba a mi lado”, dice con un dolor que quiebra.

Detrás de la puerta de su cuarto, tenía hojas donde escribía sobre su entrenamiento, su alimentación y resaltaba una frase: “Go hard or go home”. Siempre eligió lo primero.

Llegó a la NBA, aunque no de la forma que él hubiese querido. La organización envió a sus padres una carta en la que se solidarizan con ellos y reconocen la pasión que sentía por la disciplina.

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Un afiche con todos los equipos de la NBA, un cuadro con LeBron, Michael Jordan y otros jugadores en el que salía él junto a ellos en una especie de montaje; sus títulos del colegio, muñecos de Disney y trofeos y medallas conviven en su cuarto. Su bolso de la Universidad quedó guindado, esperándolo.

Hay tantas anécdotas como lágrimas y tristeza. Cuando LeBron se fue a los Cavaliers, Juan no se molestó. Decía que creía en el libre pensamiento y que “cada quien tenía derecho a decidir dónde estaba mejor”. Ese era Juan Pablo, un joven de 21 años.

Elvira empezó a entender el juego con él, aunque confiesa, se ponía muy nerviosa. “Me gustaba mucho verlo jugar”. Siempre le decía que estaba destinado para cosas grandes.

También recuerda que se tapaba los ojos y pedía que metiera el último punto y que era su mayor crítica.

Su “Vinotinto”,  era su otro amor. El Barsa, las Panteras de Miranda y Tiburones de la Guaira sus equipos. “Yo intenté meterlo a magallanero y no pude”, dice Elvira, y “yo a las Águilas y tampoco”, agrega José Gregorio.

 

En cuanto a los estudios, sus compañeros del colegio “María Santísima” señalan que era muy bueno en Biología, Matemática, Castellano y Religión. “Las monjas siempre lo buscaban”, dice una de sus compañeras. Y claro, Educación Física que era su hobby.

Y es que, Juan era muy religioso y “muy humilde”, dice su madre. “Tomaba en cuenta a todos”.

Ya en su faceta universitaria, Juan quería estudiar Medicina pero no pudo. Así que presentó -y quedó- en la Escuela de Contaduría de la UCV. Pero recibió una beca de excelencia deportiva para estudiar en la Universidad Metropolitana. Allí comenzó a estudiar Contaduría Pública. Decía que quería ser contador público como su mamá. Ella le decía, “serás mejor que yo”.

No descartaba cambiarse a Economía o Administración. Siempre hablaba con sus papás de que, al graduarse haría un post grado y tendría su negocio.

Además, Juan Pablo participó en el Modelo de Naciones Unidas (MASMUN), donde sus compañeros destacaron su capacidad de liderazgo.

Un tema común hoy en día entre los jóvenes es el irse del país. Juan no quería irse de Venezuela. Aunque el tema lo abordaron varias veces tras los tres robos que sufrió. En uno de ellos, con pistola incluida. Le robaron el carro en la UCV. Luego, cerca de su casa, le quitaron el teléfono y otra vez, en un carrito.

 

“¿Por qué me tengo que ir si yo tengo a mi familia aquí, a ustedes, a mis amigos?”, decía.

Elvira y José Gregorio lo recuerdan y discuten sobre si fue un error o no. José Gregorio, señala que no. “Él no quería irse,  Elvira”.

La Historia era otra cosa que le gustaba mucho. Era un lector empedernido. La Mitología Griega y “El diario de Ana Frank”, eran sus lecturas preferidas. También Dan Brown, cuyo libro “El Código Da Vinci” no pudo terminar.

Todos los domingos veían películas juntos. Él y Elvira porque José Gregorio se quedaba dormido la mayoría de las veces. La última película que vieron fue “Belleza Inesperada”, protagonizada por Will Smith.

¿De qué trataba? De un padre que pierde a su hija.

Los cómics y “Dragon Ball Z”, formaban parte de esa larga lista de cosas especiales para Juan.

Como todo deportista y joven en pleno desarrollo, Juan comía mucho. Sobre todo, pasta. “Era importante para él no botar comida porque vivió de cerca con gente que pasaba hambre. Compañeros de equipo que no tenían recursos. Nos decía: yo estoy agradecido con ustedes”, relata Elvira.

 

No solo lo decía. Juan practicaba el agradecimiento como un mantra. De hecho, en su closet, tenía pegada una hoja con todo aquello por lo que daba las gracias. Su familia, su salud, sus amigos, entre otras cosas.

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Un amor heredado

 

Ese amor a los animales es algo que Elvira asegura lo heredó de ella. “Yo le decía que esa era mi herencia”. Luego de la muerte de una de sus peritas, Camila, decidió hacer un curso para rescate canino.

Así comenzó una historia de activismo. Empezó a traer animalitos de la calle  para curarlos y alimentarlos. “Cómo no lo íbamos a apoyar”, dice José Gregorio orgulloso.

Canelo (por el boxeador), IVA, Dulce, una perrita que nadie quería porque ya estaba viejita, son algunos de los perritos que se pasean hoy por la casa. Canelo esta deprimido y se sienta en el sofá, en el que pasa horas.

Elvira conserva aún en su teléfono dos videos de Juan en la Universidad Metropolitana cuidando a sus perritos, a los que iba a ver todo los fines de semana. Los perros le saltaban y ladraban y él les decía, “vengo mañana, vengo mañana”. Ya no irá más.

Muchas veces, Juan llegaba llorando porque no podía curar a más perritos. Un día, recuerda Elvira, les dijo que vendería su Play 3 para mantener a todos los perros que llevaba a casa, ya que le daba pena con sus padres. “Se sentía responsable”, dice Elvira. Fue otra de sus grandes pasiones, la de rescatar y cuidar a los “mejores amigos del hombre”.

“Una vez estábamos comprando y venía un niño con su uniforme y los zapatos rotos. Sus compañeros se reían. Juan Pablo nos dijo que ya venía, se acercó al niño y le pidió que lo esperara allí. Fue a la casa, buscó sus zapatos de graduación y se los dio”. Elvira, lo felicitó y le dijo que se lo iba a contar a su papá.

 

“Mamá, lo que hace la mano izquierda no tiene porqué saberlo la derecha”, fue la respuesta de Juan.

Otro aspecto en el que destacaba Juan, era el tecnológico. Como buen “millennial”, incursionó para ser “Youtuber”. “Él hizo lámparas, luces y montó su página donde hablaba en tono de broma de la crisis. Era una forma de protesta”, recuerda su papá.

“Me vas a ver mucho porque me meto contigo”, le decía a Elvira riéndose. Al principio, tenía pocos seguidores. Hoy su página “No es asunto tuyo”, es asunto de muchos y cuenta con más de 30 mil seguidores.

Sus últimos días…

 

Juan Pablo era muy pegado a su madre. El 11 de abril celebraron el cumpleaños de Elvira comiendo sushi, una de las comidas preferidas de Juan. Juntos en familia. Con esa alegría en el rostro que solo el amor puro y verdadero genera. Así son las fotos que conserva ella en su teléfono.

Un teléfono que hoy atesora como nada ya que no solo fotos y videos están “resguardados” allí. La última nota de voz, con su voz, también reposa en ese celular.

“Salía a manifestar por un país mejor”, dicen sus padres, aunque lo único que conoció fue este gobierno.

Una de las últimas conversaciones fue la del lunes 24, durante la actividad que convocó la oposición denominada “el plantón”. Una nota de voz de Juan le relataba a su madre cómo estaba la autopista trancada y cómo se desarrollaba la actividad.

”Te quiero muchísimo mamá”, era un mensaje que se repetía en el chat entre Juan y Elvira.

-¿Cómo fue ese 26 de abril?

-“Lo llevamos al gimnasio y porque nosotros íbamos a buscar medicinas. Siempre lo monitoreábamos”, dice Elvira.

“Ese día, un amigo lo buscó para ir a la marcha porque nosotros estábamos en la cola para las medicinas. Nos escribió y no pude advertir nada…”, se fustiga Elvira.

 

Una amiga de la familia la llamó: “Mujer no te asustes, pero a Juan Pablo se lo acaban de llevar”, fue lo que le dijo. José Gregorio le decía que no se preocupara. Que Juan era fuerte, era deportista y que, seguro era solo un golpe.

 

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Ninguno de los dos vio venir la noticia.

El peor temor de Elvira, era que lo hubiesen detenido.

-¿Qué sintió? Silencio…

“Es un golpe tan duro. Yo lo intentaba revivir. Le decía, Juan Pablo, ¡párate! Quería salir corriendo. Que me dijeran que era mentira… Todas las noches me despierto buscando a mi hijo y me siento y me doy cuenta que no lo tengo. Ese día a mí me mataron.

“No voy a poder tener un cumpleaños más, una Navidad. Nos destruyeron como familia”, dice Elvira.

“La familia es la base de la sociedad y si nos sigue destruyendo, ¿qué queda?”, reflexiona José Gregorio.

-¿Cómo lo recuerdan?

Elvira: “Todo él era bonito. Lo veo ahí. Él subía las escaleras corriendo y se me tiraba encima y nos reíamos y me contaba su día. Me contaba todo”.

José Gregorio: “Siempre con una sonrisa, un chiste, un chalequeo. A su mama le decía “Nani” y a mí,  “el Tri”. Le ponía sobrenombres a todos”.

¿Quién era Juan Pablo Pernalete? Un joven lleno de vida con mucho para dar. Un joven que vendió su carro para pagar la operación de un familiar. Ese era Juan Pablo.

 

Su papá recuerda que una semana antes de morir, él le tenia un carro negociado para ponerlo a su nombre. “No me dio tiempo…”, se lamenta.

Esa casa que compraron para él, para que pudiera estar tranquilo, entrenar y jugar con sus amigos, “ya no tiene sentido”, dicen.

“Me arrancaron el alma pero no me mataron, voy a seguir luchando por él y vamos a conseguir justicia. No nos queda la menor duda”, dice decidido José Gregorio.

Él y Elvira solo han ido una vez al cementerio. “Ya habrá tiempo”.

-¿Qué harían al día siguiente cuando se haya hecho justicia?

“Empezar a atrabajar en su obra. Los perritos de la calle, los niños. Eso sería buscarle sentido a la vida”, dicen ambos.

Juan: “Papá, esto esto está rudo, estoy cansado”

José Gregorio: “Y, ¿qué vas a hacer Juan?”.

Juan: “Ganar, papá. Ganar”.

Y ganó.

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En palabras…

 

-Una palabra que defina a Juan Pablo:

Elvira: Humano.

José Gregorio: Amor. Ese muchacho era amor.

-Una palabra que describa lo que sienten:

Elvira: Muerta. No tengo alma. Solo respiro

Me tiene parada ver la justicia para mi hijo.

-¿Qué palabra le diría a su esposo en este momento?

Elvira: Tenemos que tener fuerza para seguir adelante.

-¿Y usted a su esposa?

José Gregorio: Juan Pablo. Somos la voz de nuestro hijo.

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