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Harry Potter y las Madres del Barrio, en Harvard

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En más de una ocasión, J. K. Rowling ha dicho que cuando escribió su primer libro sobre Harry Potter era tan pobre como podía serse en la moderna Bretaña, teniendo un techo. Que era una madre sola, y que sufría de depresión clínica.

Que su existencia y la de su hija dependía por completo de los “beneficios”, una expresión utilizada para referirse al “bienestar”, o la asistencia provista por el estado a quienes consideraba elegibles.

El sistema de asistencia social en el Reino Unido es complejo en su organización administrativa, y parte de una historia de más de cuatro siglos. La Ley de Pobres de 1601 establecía algunos principios que se han mantenido en el tiempo, como la provisión de alivio y la orientación hacia el trabajo.

Entre 1906 y 1914, oponiéndose al laissez faire del siglo XIX, fueron aprobadas las leyes de la llamada reforma liberal, que pretendían proteger a niños, ancianos, enfermos y desempleados. Los sistemas creados incluían límites temporales y mecanismos de financiamiento que hacían explícita la contribución de los potenciales beneficiarios.

Por ejemplo, la parte dos de la National Insurance Act aprobada en 1911 requería de los trabajadores registrarse en el Labour Exchange para recibir “beneficios” en caso de desempleo. Las contribuciones semanales de los trabajadores, los empleadores y el estado se fijaron en 2,5; 2 y 3 peniques respectivamente, siendo obligatorias para las actividades productivas estacionales. Si pasaba desempleado una semana, el desempleado recibiría 7 chelines semanales durante 15 semanas.

Luego del Informe Beveridge, de 1942, fueron aprobadas en 1946 la National Insurance Act y la National Health Service Act, y en 1948 National Assistance Act, que abolió la Ley de Pobres.

El Estado del Bienestar contaba con la posibilidad de lograr el pleno empleo a partir de políticas keynesianas, lo que podría aliviar con trabajo los efectos de la pobreza. Se atribuye a Churchill haber dicho que a un hombre que se ahoga no hay que arrastrarlo a la orilla, sino darle los medios para que pueda nadar por sí mismo hacia ella.

Sin embargo, no bastaba con declarar los objetivos. Ni las políticas keynesianas podían asegurar el pleno empleo cuando la industria inglesa se hacía tecnológicamente obsoleta, ni bastaba el gasto público para garantizar su adecuada gerencia. Durante las décadas siguientes, la organización del gobierno para la atención de los grupos elegibles ha ido modificándose por etapas.
J. K. Rowling fue elegible a principios de los 90 del siglo XX para recibir “beneficios”. En Harvard contó a los graduandos de 2008 que su pobreza, y la de sus padres, no fue una experiencia ennoblecedora, y que sólo los tontos harían de ella algo romántico. Que la pobreza era humillante, que causaba miedo, angustia y depresión. Y que por ella sus padres no querían que estudiase literatura ni se dedicase a escribir novelas. Que debía estudiar para garantizarse una pensión, y el pago de una hipoteca.
J. K. Rowling estudió a los clásicos griegos, regresó de Portugal divorciada, con una hija y enferma. Sin los beneficios por desempleo, quizás las historias de Harry Potter no habrían sido contadas, y los millardos de dólares que han generado hubieran tenido usos diferentes, quizás menos mágicos.
La Misión Madres del Barrio, como otros programas del chavismo, ha recibido críticas justas. Por ejemplo, que se condicione la asistencia que ofrece a la construcción del socialismo. Otras hacen generalizaciones completamente inaceptables: afirmar por ejemplo que basta asistir a una mujer pobre para que no busque trabajo y prefiera embarazarse por dinero.

El diseño de los programas sociales es tarea compleja, indispensable por múltiples razones que van más allá de las productivas, pero las incluyen. Todas las mujeres no son J. K. Rowling. Pero J. K. Rowling fue una mujer enferma, madre sola, desempleada, tan pobre como puede serlo una mujer pobre en la moderna Bretaña cuando se tiene un techo. Y escribió Harry Potter.