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Humboldt en Venezuela: aventuras, anécdotas y curiosidades

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14/09/2019
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FOTOGRAFÍA: LADERA SUR

Hace 250 años nació en Berlín Alexander von Humboldt, una de las figuras científicas más importantes de la historia de Venezuela gracias a los numerosos estudios realizados durante su viaje al país a finales del siglo XVIII. Su legado sigue vigente en nuestros días. 

En Venezuela son varios los lugares e instituciones que llevan el nombre de Humboldt: un famoso hotel, un prestigioso colegio, una universidad, una asociación cultural, un monumento natural, un planetario y una de las montañas más altas del país, por solo mencionar unos cuantos ejemplos.

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Tales denominaciones rinden homenaje a uno de los últimos sabios universales de la historia y al primer gran estudioso y divulgador de las maravillas naturales de nuestro país. Uno de sus admiradores, Simón Bolívar, lo denominó “el descubridor científico del Nuevo Mundo” y el mismísimo Charles Darwin, padre de la moderna teoría de la evolución, llegó a afirmar de Humboldt: “Le debo todo”.

Nacido el 14 de septiembre de 1769 en una familia de la nobleza prusiana, el barón Alexander von Humboldt recibió una esmerada educación en diversas disciplinas científicas. En 1799, obtuvo de la Corona española pasaportes y salvoconductos para realizar una expedición científica a América en compañía de su colega, el botánico francés Aimé Bonpland.

El viaje se extendió durante cinco años y los dos hombres visitaron siete naciones del continente. La entonces Capitanía General de Venezuela fue su primer destino. Durante 16 meses la recorrieron extensamente, efectuaron numerosas observaciones científicas y vivieron innumerables peripecias y aventuras.

Cumaná

Humbolt y Bonpland zarparon de España el 5 de junio de 1799 y llegaron a Cumaná la mañana del 16 de julio. El entonces gobernador de la provincia acogió a los viajeros, los deslumbró con sus conocimientos científicos y les mostró artesanías locales. Años más tarde, aquel funcionario fue designado Capitán General de Venezuela, pero terminó depuesto por los sucesos del 19 de abril de 1810. Su nombre era Vicente Emparan.

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Durante sus primeras semanas en Venezuela, los dos sabios se deslumbraron constantemente ante las maravillas naturales que se desplegaban ante ellos.

“Corremos de un lado para otro como locos. Bonpland dice que va a enloquecer si las maravillas no acaban pronto”, escribió Humboldt a su hermano. Y apenas estaban empezando.

En Cumaná Humboldt y Bonpland observaron un eclipse de sol, experimentaron un terremoto, se deslumbraron con una lluvia de estrellas y asombraron a los habitantes de la ciudad con sus instrumentos, pues les acercaban los astros con el telescopio y convertían en gigantes a los piojos del cabello gracias al microscopio.

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También conocieron el increíble caso del peón Francisco Loyano, que amamantó a su hijo con su propia leche luego de que la madre cayera enferma.

“Loyano tenía entonces 32 años y nunca había comentado anteriormente que tuviera leche, pero la tetilla estaba irritada cuando el bebé la chupó y esto provocó que la leche se acumulara. Era leche espesa y muy dulce (…). Amamantó al niño dos o tres veces al día durante cinco meses”, escribió Humboldt. Se trata de uno de los primeros casos conocidos y confirmados de lactancia masculina.

La Cueva del Guácharo

Durante su estadía en Cumaná, Humboldt y Bonpland aprovecharon para dirigirse al pueblo de Caripe, ubicado en el estado Monagas. Querían conocer una famosa cueva que hasta entonces no había sido estudiada científicamente. Los dos hombres ingresaron a ella el 18 de septiembre de 1799 junto con algunos indios chaimas y frailes del cercano convento capuchino. Pero tras avanzar 472 metros, los nativos se negaron a continuar, pues creían que las almas de sus antepasados vivían en las profundidades de la gruta.

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Humboldt también estudió al habitante más ilustre de la cueva: el guácharo, la única ave nocturna del mundo que se alimenta de frutas y se guía en la oscuridad mediante ecolocación a semejanza de los murciélagos, aunque esto último el prusiano nunca llegó a saberlo, pues no se descubrió hasta mediados del siglo XX.

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El naturalista alemán notó que las aves más jóvenes tenían entre las patas un cojín de grasa comestible. Por esta razón una vez al año, en el día de san Juan (23 de junio), los indígenas ingresaban en la cueva, mataban miles de pollos y calentaban su grasa para obtener un aceite muy utilizado en la cocina del convento local. Humboldt le dio al guácharo su nombre científico: “Steatornis caripensis”, esto es, “pájaro aceitoso del Caripe”.

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La Cueva del Guácharo tiene una extensión de 10,2 kilómetros, de los que solo 1.500 metros están habilitados para turistas. En 1949 fue declarada “Monumento Natural Alejandro de Humboldt” y desde 1975 forma parte del Parque Nacional el Guácharo.

Caracas y el Ávila

Humboldt llegó a Caracas el 21 de septiembre de 1799 y alquiló junto con Bonpland una casa grande hoy desaparecida y ubicada cerca del actual Panteón Nacional. Los dos sabios se relacionaron con las familias más ilustres de aquella ciudad de 40.000 habitantes. El berlinés describió a los caraqueños como cultos, educados y aficionados a la música.

“En ninguna parte de la América española ha tomado la civilización una fisionomía más europea”, escribió.

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Humboldt manifestó su interés por alcanzar la cima de la Silla del Ávila y se sorprendió al no encontrar a nadie que la hubiera escalado hasta entonces.

“Acostumbrados a la vida uniforme y doméstica (los caraqueños) temen las fatigas y las mutaciones rápidas de temperatura. Podría decirse que allí no se vive para gozar de la vida, sino únicamente para prolongarla”, apuntó el alemán.

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El entonces capitán general, Manuel de Guevara Vasconcelos, facilitó a Humboldt y Bonpland guías y porteadores para efectuar el ascenso al Ávila. El recorrido empezó la mañana del 2 de enero de 1800 desde la quebrada Chacaíto. Los acompañaban varios vecinos de la ciudad, entre ellos un fraile capuchino y profesor de matemáticas llamado Francisco de Andújar, que se jactaba de la superioridad física de los españoles sobre los americanos, y un joven poeta e intelectual de 18 años de edad llamado Andrés Bello. Ambos, por cierto, fueron maestros de Simón Bolívar

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Humboldt y Bonpland completaron la subida y descenso del Ávila en 15 horas, pero hicieron la mayor parte del trayecto en solitario, pues los vecinos caraqueños, incluyendo a Bello y al fanfarrón padre Andújar, no aguantaron el esfuerzo físico y se devolvieron antes de alcanzar la cima.

El samán y los valles

Los dos sabios europeos permanecieron dos meses y medio en Caracas y salieron el 7 de febrero de 1800 rumbo a los llanos y el Orinoco. Pero antes hicieron un rodeo para conocer las haciendas de los valles de Aragua y el Lago de Valencia. Cerca del pueblo de Turmero admiraron lo que desde lejos lucía como un grupo de árboles juntos, pero que más cerca se revelaba como un único árbol majestuoso y gigantesco: el Samán de Güere.

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Este prodigio vegetal ya era venerado por los indígenas en tiempos precolombinos. Humboldt estimó su edad en mil años y calculó su altura en 19 metros y una circunferencia de 187 metros en la copa. Como curiosidad, más de medio siglo después el fotógrafo húngaro Pál Rosty le tomó una fotografía y se la mostró a Humboldt en Berlín. El octogenario sabio no aguantó las lágrimas y exclamó: “Vea usted como estoy yo convertido en una ruina, cómo ya no soy sino para esperar la hora en que me lleven a la tumba, y vea este árbol, que yo contemplé en mi juventud, cómo sigue siendo de frondoso, vigoroso, poderoso y lleno de vida”.

El Samán de Güere siguió siendo objeto de admiración tras la visita de Humboldt. Simón Bolívar y sus tropas acamparon bajo su copa durante la guerra de independencia y en 1933 el dictador Juan Vicente Gómez lo declaró Monumento Histórico Nacional. Por desgracia el árbol se deterioró hasta colapsar y hoy solo sobrevive un muñón petrificado, aunque varios de sus hijos y nietos han sido sembrados en diversos puntos de la geografía venezolana.

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Los llanos y la electricidad

Tras conocer Aragua, Humboldt y Bonpland se adentraron en la inmensidad de los llanos. En Calabozo, actual estado Guárico, se sorprendieron al conocer a un autodidacta llamado Carlos Del Pozo y Sucre, quien, basándose únicamente en un libro de Benjamín Franklin, construyó por su cuenta varios artefactos eléctricos que Humboldt juzgó a la altura de los más sofisticados fabricados entonces en Europa. Los pararrayos que diseñó Del Pozo seguían instalados a la entrada de Calabozo varias décadas después de su muerte en 1813, pero ninguna de sus invenciones ha llegado hasta nuestros días.

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Humboldt se interesó por estudiar a la anguila eléctrica, también conocida como “gimnoto” o “temblador de los llanos”. Este pez alcanza los dos metros de largo y mediante un par de órganos ubicados en su cabeza es capaz de emitir poderosas descargas de entre 600 y 850 voltios para defenderse y cazar a sus presas.

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Los dos científicos presenciaron el cruel método local para pescar al temblador. Los indígenas acorralaron 30 caballos en una charca. Cuando los peces que habitaban en el fondo sintieron los cascos de los equinos, subieron a la superficie, se juntaron bajo las panzas de los caballos y soltaron su carga eléctrica. Los caballos, desesperados por el dolor, se encabritaron y trataron de salir de la charca, pero los indígenas se lo impidieron con palos y gritos. Varios no resistieron las descargas y murieron ahogados. Pero al final los tembladores terminaron agotados, con “poca batería”, y los nativos pudieron capturarlos sin correr riesgo.

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El Orinoco

Desde los llanos, Humboldt y Bonpland se embarcaron en un largo periplo de 74 días y 2.500 kilómetros a través del río Orinoco y sus afluentes. Experimentaron picaduras de mosquitos, amenazas de jaguares y otras bestias salvajes, sortearon peligrosos rápidos, recolectaron miles de especies de plantas desconocidas para la ciencia, presenciaron la gran recolección anual de huevos de tortuga arrau y demostraron científicamente la existencia del canal Casiquiare, una conexión fluvial entre las cuencas del Orinoco y el Amazonas.

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En la hoy desaparecida misión Esmeralda, en el Alto Orinoco, Humboldt fue el primer europeo en observar la fabricación del curare, un veneno extraído del bejuco de mavacure y con propiedades paralizantes y mortales, aunque también usado con fines médicos en pequeñas dosis. El berlinés estuvo a punto de sufrir un accidente fatal cuando una muestra de curare se derramó y empapó una de sus medias. Humboldt se dio cuenta a tiempo y se salvó de una muerte segura.

El relato de este viaje fue una de las principales fuentes de inspiración del gran escritor francés Julio Verne para su novela de tema venezolano “el soberbio Orinoco”, publicada en 1898 y adaptada al cine en 2005 por el director venezolano Alfredo Anzola.

Epílogo

Tras completar la travesía del Orinoco, los viajeros volvieron a Cumaná y se embarcaron rumbo a Cuba el 24 de noviembre de 1800. Era el fin de su etapa venezolana, pero la travesía americana estaba lejos de concluir, pues también abarcó Colombia, Ecuador (donde escalaron el Chimborazo y les faltó poco para alcanzar su nevada cumbre de más de 6.260 metros), Perú, México y Estados Unidos. Finalmente volvieron a Europa en 1804.

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Humboldt nunca regresó a América ni volvió a hacer una expedición de semejante magnitud (salvo un viaje a Rusia en su madurez), pero dedicó buena parte del resto de su vida a escribir su “Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente”, en 30 gruesos volúmenes. Murió en Berlín el 6 de mayo de 1859, cuatro meses antes de cumplir 90 años.

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