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Igual vas preso

Tanto el ya viralizadísimo speech de Lorenzo Mendoza como el comercial de la chica corriendo han sacado a relucir una arista del carácter de los venezolanos que, siento, se ha hecho presente de un modo más extremo en el último año.

Hasta hoy, antes de escribir esta columna, no había leído el “mensaje inspirador” de Lorenzo Mendoza. Me enteré de que existía por el aluvión de mensajes que encontré en mis redes sociales. Pocos lo analizaban desde los zapatos del empresario y a quienes hablaba, sus empleados. Demasiados escribieron desde las vísceras, como ocurre siempre en Venezuela cuando se habla de política, beisbol y hasta de si Migbelis Castellanos tiene barriga o no. Y muchos pelearon.

Es un efecto similar al que ha tenido el comercial de la chica corriendo. No importa el mensaje que te dan, no importa lo que tratan de mover en quien lo ve. Lo que importa es buscar la falla y criticarla hasta el fin. Lo que importa es decir que esa Venezuela no existe, que todo está mal y que, encima, la chica no dio las gracias a las personas que la ayudaron. (Un apunte: uno hace buenos gestos no para esperar un agradecimiento, sino porque se quiere y ya.)

En el caso de migrar/no migrar, la pasión crítico-opinante llega a límites que ni Lupita Ferrer. Y las frases lacerantes del estilo “te has ido, tú no puedes opinar de Venezuela”, “si te quedas es porque quieres y te la calas” y similares llenan muros y muros de las lamentaciones. No importa lo que hagas, ni tus intenciones, porque igual vas preso.

Hay quien se quiere ir y da sus razones. Incluso tratará de convencer a otros para que lo sigan. Hay otros que se quieren quedar y harán lo propio. A ambos los entiendo. Yo me he ido. Primero de Almería, después de Madrid. Y luego me he quedado en Caracas. Al menos por ahora. ¿Soy una apátrida por irme de mi país y una chévere por quedarme en éste cuando todos se van?

Como escribió Laura Solórzano estos días a cuento del discurso de Mendoza, la cuestión no es irse o quedarse, sino escucharse. La cuestión es que, por una vez, dejemos de alzar la voz para dar nuestras razones y entendamos las del otro.