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La ciudad de la imaginación

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A Luis Brito, ojo de ambas
Sigo a Adam Zagajewski, poeta polaco. También busco “un lugar para la imaginación”. También tengo una ciudad real, pero vivo mis días buscando/construyendo “una ciudad de la imaginación”: Un lugar donde el dolor no venga del descuido ni del odio, sino de haberle agregado nuestro sentido a la vida. La calle donde la muerte es el acto sereno del agradecimiento de mirarnos/los por última vez.

La imaginación es el báculo para cruzar los puentes y mantenerse distante de los parques del poder. Es la protección contra los paraísos del odio. Con ella sucede el cuido de los verbos y los sentimientos. Permite despertar resguardado por lo verdadero; por aquello indeleznable, incorrompible, innegociable: todo lo que en uno celebra lo verdadero de los demás. Ese mandato que impide lesionar y humillar tanto al semejante como al distinto en acciones y silencios. Es el acatamiento de sus prácticos códigos sagrados. Simplicidad de la válvula mitral ante la complicada válvula de la desesperación y el olvido.

Una sociedad que celebra lo vulgar y pobre, que desprecia el diálogo que construye la convivencia razonable, es una sociedad que diseña y ejecuta pacientemente la destrucción de la imaginación y sus obras. Es un pensamiento rígido que propone la conformidad y la resignación como iglesias del espíritu. Y éstas son enemigas de la creación y recreación. Es una eco que dota de sequía muerta a la alegría de intuir, inferir y aspirar. En ella nadie aspira, porque en sí misma constituye la tumba de la aspiración, los sueños y las rupturas. Un cementerio de horizontes. Una región de bostezos. Aquí el pensamiento vivo es el enemigo. La intención burocrática de la improvisación es paralizarlo, asfixiarlo, hundirlo, banalizarlo, dotarlo de las consignas y los aullidos de la satisfacción. Partidización, fragmentación y atomización de la imaginación.

De esto último, la secuela: el fracaso de lo militar, totalitario, dictatorial ante la complejidad de la imaginación, de suyo irreductible e inesperada. Cuando esos atributos, contrarios y ajenos a la dignidad, arremeten contra el hábito creador de humanidad, la persona, el ciudadano, cubre su cuerpo con las filigranas naturales de íntimo y justo; y reconstruye su realidad a partir de las conversaciones de quienes viven la imaginación como oxígeno y pulmones.

Sigo a Zagajewski: sirvo a las palabras que me obligan a describir mi realidad. Defiendo los caminos de la imaginación.