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La decadencia gana por goleada en el estadio Olímpico

Estadio Olímpico Universtiario de Caracas. Foto: Eduardo González
27/10/2017
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FOTOGRAFÍAS: EDUARDO GONZÁLEZ

En los estadios de la Universidad Central de Venezuela (UCV), se juegan dos de los deportes más populares del país, el beisbol y el fútbol. La casa de los Leones del Caracas y los Tiburones de La Guaira sobrevive gracias a los petrodólares de Pdvsa, mientras que la de cinco clubes de fútbol capitalinos presenta problemas que reflejan cómo está el país. El Estímulo visitó ambos recintos, pudiendo contrastar sus realidades

A pesar que las entradas para ver un partido de fútbol en las gradas del estadio Olímpico Universitario cuestan Bs 2.800 -más económico que una galleta Cocosette o un refresco-, una reja aledaña a la zona de la boletería se abre cada cinco minutos. Por ella pasan fanáticos que evaden hacer la pequeña cola para comprar la entrada. También pasan los amigos o conocidos de los guardias que dicen resguardar el partido entre el Caracas FC y el Deportivo Lara, por la jornada 16 del Torneo Clausura.

Al otro lado del recinto, a tan solo metros de distancia, un pequeño grupo cumple el corto pero lento proceso de comprar el boleto. Los guardias cumplen con los protocolos de seguridad y requisan a los aficionados. Más de 20 minutos pueden pasar para adquirir la entrada. Aunque hay pocos fanáticos, el ambiente es de fiesta. Incluso más movidas que las que se arman en el vecino estadio de beisbol.

Asistir a un partido del Caracas Fútbol Club, uno de los cinco conjuntos que alberga el estadio Olímpico más viejo e importante de la capital, es sinónimo de estruendos, cantos y pasiones. Los tambores  de la barra de la escuadra capitalina se escucha en cada minuto de un partido donde cada vez que los “Rojos del Ávila” reciben a un rival.

Pero el amor de los hinchas no tapa las carencias del Olímpico. El desorden, la viveza y los problemas de servicios atentan contra un evento que, en otros países, supone un millonario negocio deportivo.

Una vez que se está adentro del estadio, otra fila se forma en el único local de comida habilitado para el partido. Se trata de una venta de tequeños equipada con una freidora y unas jarras con jugos y té frío. El dueño del puesto, quien lleva más de 15 años trabajando en el Olímpico, tiene razones para añorar el pasado.

Todo ha decaído muchísimo. Cuando empezamos, vendíamos mil tequeños en los juegos, ahora cuesta para llegar a 100. La fundación y el equipo se preocuparon de recuperar la cancha, pero no invirtieron en otras cosas. Han descuidado todo, ni siquiera hay baños. Ponen los portátiles y solo a veces”.

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El descuido en cada metro del estadio que albergó a los Juegos Bolivarianos 1958, a los Panamericanos de 1983  y uno de los choques de la Copa América 2007 es evidente. La suciedad está por doquier. Vasos de plástico y envoltorios de chucherías se están acumulando en el piso y dentro de las sillas. Los potes de basura son inexistentes. Lo que antes hacía de baños, está en el olvido. Nadie ingresa por esas puertas ni por equivocación.

Afuera del estadio, la decadencia también hace de las suyas. Los estacionamientos cuentan con un olor característico. Grandes pozos de agua, generados por la lluvia que cayó más temprano ese día, deben ser esquivados  si se quiere llegar al destino. Pero no todo es malo: el engramado luce verde y sin baches. La pista es usada por los atletas cuando no hay juegos programados.

Los problemas ponen a prueba la lealtad de los aficionados del Caracas FC. “Hace más de 10 años que vengo, las entradas han ido subiendo, pero eso pasa por cómo está el país. Aquí subestiman el fútbol y no invierten. Esto da pena, en un tiempo ya ni se va a poder jugar”, comenta un fanático.

“Todo esto estaba lleno de quioscos cuando yo comencé. Vendían hamburguesas o cachapas. Ahora solo somos tres. A pesar de todo, seguimos apostando. Antes venía muchísima gente, ahora ni se puede comparar”, recuerda el dueño del toldo de tequeños.

 

Hay otros vendedores que hacen vida, pero se encuentran fuera de este recinto, capaz de albergar a alrededor de 28.000 almas. Pegados a la reja que rodea la entrada, gritan y ofrecen sus productos; cervezas, agua y jugos. Con punto de venta inalámbrico en mano (un protagonista imprescindible en tiempos de hiperinflación), atienden a las personas en el medio tiempo, y a la vez hacen de malabaristas para pasar las bebidas a sus clientes por el estrecho espacio de la cerca.

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“Seguimos viniendo a esto que llaman ‘estadio’, a pesar de la falta de mantenimiento. Los precios de las entradas están bien, adentro si es más caro todo. Hasta el estacionamiento lo aumentaron a Bs 3.000 bolívares”, cuenta un seguidor del Caracas mientras espera pacientemente para comprar su comida.

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Entre los vendedores de chucherías y los niños que venden cigarros detallados, se encuentra una mesa con los productos del club de fútbol. Tan solo un bolígrafo, una bufanda y una camisa se muestran. “La camisa vale 169.000 bolívares y es de la temporada 2015”, responde el vendedor al ser preguntado por la indumentaria. Otros de los objetos que se pueden apreciar, como un bolso y una tira para llaves, pertenecen al equipo Cocodrilos de Caracas.

 

Presenciar un partido de fútbol en Venezuela no se traduce en un gasto exabrupto, en comparación a su deporte rey: el beisbol. Pero, sin duda, carece de atractivo y espectáculo. Por eso, solo los fanáticos fieles al Caracas siguen asistiendo a los encuentros, anteponiendo el amor a su equipo en un estadio, donde la desidia parece haber ganado el partido… y por goleada.

 

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