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La guillotina: una forma más humana de ejecución

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13/07/2019
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FOTOGRAFÍA: SLASHFILM

Hace 230 años una multitud enardecida tomó la fortaleza parisina de La Bastilla, símbolo del Antiguo Régimen absolutista, y desencadenó la Revolución Francesa, uno de los eventos fundacionales de la modernidad, pues supuso el punto de quiebre de una sociedad estamental y feudal para dar paso a sistemas más liberales y democráticos.

Pero antes de llegar a ese estado “superior” se produjo una orgía de sangre y muerte, conocida como “el Terror” y cuyo principal emblema fue un dispositivo que, paradójicamente, surgió para humanizar las ejecuciones: la guillotina.

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La vida e incluso la forma de morir en el llamado “Antiguo Régimen” (el período de la historia francesa regido por la monarquía absoluta y el feudalismo), privilegiaban a los estratos más privilegiados de la sociedad: la nobleza y el clero, y dejaban atrás al pueblo llano, que suponía más de 75% de la población.

Los nobles, caballeros, condes, duques, marqueses y el alto clero tenían derecho a una pena de muerte relativamente indolora por decapitación. Para el resto de los “estados” -en especial el pueblo llano- aguardaban suplicios prolongados y terribles.

Especialmente cruel era la ejecución conocida como “la rueda”, mediante la cual el verdugo destrozaba las articulaciones del reo a bastonazos, lo colocaba en una rueda y lo dejaba en lo alto de un poste para que muriera lentamente. También se aplicaban hogueras y ahorcamientos.

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Los regicidas la pasaban mucho peor. En 1757 un hombre llamado Robert Francois Damiens intentó sin éxito asesinar al rey Luis XV, pero lo trataron como si el crimen se hubiera consumado. A Damiens le quemaron la mano “homicida” con azufre, le vertieron aceite hirviendo en las heridas, lo atenazaron con pinzas al rojo vivo, lo desmembraron con caballos atados a sus brazos y piernas y por último lo arrojaron al fuego. El suplicio duró en total cuatro horas.

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Con tan siniestros antecedentes, no sorprende que tras el estallido de la revolución en 1789 el respetado médico parisino Ignace-Joseph Guillotin, presentara ante la Asamblea Nacional un mecanismo para humanizar la pena de muerte, con el fin de que ésta no incluyera torturas ni suplicios innecesarios y fuera lo más rápida e indolora posible para todos sin distinción de clase.

Guillotin se oponía a la pena de muerte, pero consideraba que si no era posible abolirla, al menos garantizara una ejecución más “digna” para los condenados.

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La propuesta de Guillotin (inspirada en otros mecanismos de ejecución utilizados desde hacía siglos en Europa) consistía básicamente en un bastidor de casi 3 metros de altura desde el cual una filosa cuchilla de acero oblicua descendía “en un abrir y cerrar de ojos” hasta el cuello del condenado, recostado boca abajo en un cepo circular. El médico argumentó: “Los delitos del mismo género se castigarán con el mismo género de pena, sin importa el rango o condición del culpable”.

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La Asamblea tardó tres años en dar el visto bueno a la máquina “humanitaria” del doctor Guillotin. El 3 de junio de 1791 aprobó el principio de igualdad para la pena capital y en marzo del año siguiente encargó la fabricación de un prototipo del aparato para su futura puesta en práctica. Guillotin nada tuvo que ver con la fábricación de la máquina. La construcción y diseño del modelo corrieron a cargo del cirujano Antoine Louise, quien contó con la ayuda del fabricante de instrumentos alemán Tobías Schmidt y el verdugo Charles Henri Sanson, responsable de casi 3.000 ejecuciones, tanto en el Antiguo Régimen como en la revolución.

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Dos semanas transcurrieron para que se pusiera en funcionamiento el prototipo y costó 329 francos. Louise y sus colaboradores experimentaron con corderos y cadáveres humanos. Cuando el dispositivo estuvo listo, tres mil parisinos se agolparon en la Plaza de Greve la tarde del 25 de abril de 1792 para presenciar la primera ejecución pública con el nuevo sistema. El condenado elegido fue Nicolás Jacques Pelletier, un ladrón de 36 años de edad. El procedimiento fue tan rápido que el populacho, acostumbrado a suplicios de duración mucho mayor, se enfureció y gritó: “¡Devuélvannos nuestra horca de madera!”.

La máquina originalmente se llamó “Louisette” por su constructor, Antoine Louise. Pero no tardó en ser rebautizada con el nombre de su promotor: Guillotina. Aquel “homenaje” no gustó para nada ni al prestigioso doctor ni a sus familiares, quienes incluso modificaron su apellido para evitar que las asociaciones incómodas continuaran. El cambio debió ser muy exitoso, pues no hay registros del nuevo apellido que adoptó la familia.

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A medida que la revolución se radicalizaba, la guillotina dejó de ser un simple mecanismo de ejecución de delincuentes comunes para tornarse en un instrumento de persecución política. Esta situación se agudizó cuando los extremistas jacobinos, con Maximilien Robespierre a la cabeza, tomaron el poder en 1792 e inauguraron el período conocido como “El Terror” que se extendió durante los siguientes dos años. Cualquiera podía ser acusado de “contrarrevolucionario” (incluso los propios revolucionarios) y acabar decapitado.

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Según la revista “Historia y Vida”, 30.000 personas fueron ajusticiadas en esta etapa, 1.500 de ellas solo en París durante las siete semanas de 1794 que duró el llamado “Gran Terror”.

Ni siquiera la familia real estuvo a salvo. Tras un incipiente ensayo de monarquía constitucional, los jacobinos, desesperados por barrer el viejo orden, proclamaron la república y sentenciaron al depuesto rey Luis XVI (ahora degradado a simple “ciudadano Luis Capeto”) a morir en la guillotina. La sentencia se cumplió el 21 de enero de 1793. El monarca de 39 años de edad se mantuvo sereno durante todo el proceso. Se dirigió a los asistentes, exclamó: “¡Pueblo, muero inocente!” y luego dijo a sus verdugos: “Ruego a Dios que mi sangre nunca caiga sobre Francia”.

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La odiada reina María Antonieta corrió la misma suerte de su marido nueve meses más tarde, el 16 de octubre de 1793, con apenas 37 años. Sus últimas palabras fueron para disculparse con su verdugo por haberlo pisado. Asimismo, se dice que su pelo se volvió blanco de la noche a la mañana. Esto último tiene algo de verdad, pues María Antonieta padecía la llamada “alopecia areata difusa”, una enfermedad autoinmune que causa la caída del cabello con color, mientras las canas y el pelo no pigmentado permanecen. Aunque este desorden es de origen genético, el enorme estrés que sufrió la reina durante su cautiverio también pudo jugar en su contra.

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La supuesta cuchilla que segó la vida de María Antonieta todavía existe y puede contemplarse en el museo de cera Madame Tussauds de Londres.

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Otra víctima de la guillotina revolucionaria fue Antoine Lavoisier, padre de la química moderna y uno de los descubridores del oxígeno, quien fue ejecutado en mayo de 1794 por su trabajo al servicio del Antiguo Régimen. Cuando Lavoisier intentó salvarse haciendo valer su condición de científico, las autoridades le replicaron secamente: “La república no necesita científicos”.

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Aunque a veces se dice que el propio Guillotin también sintió el filo de la cuchilla en su cuello, en realidad el médico murió en marzo de 1814 a los 76 años de edad por un furúnculo de ántrax en un hombro. Si bien es cierto que estuvo un tiempo en prisión por sus vínculos con un noble, el final del Terror lo salvó de una ejecución casi segura.

La guillotina ciertamente aligeró la muerte de los condenados. Pero… ¿cuánto vive una persona tras ser decapitada? Ya desde los tiempos de la revolución francesa se notaba que algunas cabezas de los guillotinados todavía gesticulaban durante un breve tiempo tras caer del cadalso. Pero hoy se piensa que se trata de meros reflejos, pues la actividad cerebral cesa tan pronto como se ve privada de sangre y oxígeno. Recientes experimentos realizados con ratones demostraron que sus signos vitales dejaron de funcionar solo cuatro segundos después de la decapitación.

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El período del Terror llegó a su fin en julio de 1794 con la caída y ajusticiamiento de Robespierre y sus colegas jacobinos. Pero esto no supuso en modo alguno la jubilación de la guillotina, que siguió funcionando para sentencias civiles durante el siguiente siglo y medio. En 1922 fue ejecutado Henri Desiré Landrú por el asesinato de diez mujeres. Su vida inspiró al mismísimo Charles Chaplin el argumento de su película de 1947 “Monsieur Verdoux”.

Otro asesino serial, el alemán Eugen Weidmann, terminó en la guillotina el 17 de junio de 1939, apenas dos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. La decapitación fue filmada desde un apartamento cercano y provocó tal histeria entre los asistentes que las ejecuciones públicas quedaron prohibidas desde entonces.

El último criminal ejecutado por la guillotina fue Hamida Djandoubi, un inmigrante tunecino de 28 años condenado por la tortura y asesinato de su ex novia. La sentencia se cumplió en la madrugada del 10 de septiembre de 1977 y cuatro años más tarde, el entonces presidente Francois Mitterand abolió la pena de muerte en Francia.

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La guillotina ha tenido presencia en la cultura pop. Por ejemplo, aparece como una presencia siniestra en el oscarizado cortometraje de Tom y Jerry “The two mouseketeers” (1952), donde por cierto se incurre en un anacronismo, pues la acción transcurre más de un siglo antes de que la cuchilla revolucionaria entrara en acción.