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La hermosa sencillez de la familia Bélier

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Está perdiendo el tiempo leyendo esta reseña. Salga corriendo a comprar una entrada mientras el festival de cine francés siga en Caracas.  Los que están afuera, ingénienselas para conseguirla. Me lo agradecerán toda la vida.

La mayor virtud del filme que dirige Eric Lartigau es su naturalidad. El espectador siente que no hay nada ficticio en lo contado y eso, hoy en día, es muy raro. Gracias a esa empatía entre los personajes, gracias a las excelentes actuaciones, gracias al brillante guión y la magnífica dirección, el espectador abandona el cine con una sonrisa en los labios, a pesar de que en los últimos cinco minutos las lágrimas inundan las butacas.

Como en todas las películas buenas, la recompensa por saber lo mínimo de la trama aumenta el botín. Digamos lo esencial: una familia, que vive de lo que su granja produce, se enfrenta a la universal crisis que genera la llegada de la adolescencia. El crecimiento de la hija mayor produce un sisma en el ecosistema Béliere por una razón simple: es la única que no es sordomuda y gracias a ella pueden llevar a buen puerto todas las actividades económicas (como vender el queso o negociar con los bancos). Incluso, las relaciones sexuales entre los padres dependen de que Paula (Louane Emera) traduzca el tratamiento que deben aplicarse en los genitales.

Pero resulta que Paula no solo habla sino que canta. Y lo hace como las diosas. Lo que en cualquier familia podría ser visto como un don, en la Béliere pareciera una maldición, como el viejo chiste de la familia hippie que se pregunta en qué falló cuando su hijo se dirige a Wall Street. Hasta aquí el spoiler.

Hacer una cinta que tiene muchos diálogos, cuando sus protagonistas no pueden hablar, es de valientes. Lo es mucho más tratar el tema de la discapacidad, rompiendo con lo políticamente correcto. Por eso, la Familia Béliere es tan buena, porque tenía todo para fracasar y consigue lo contrario.