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La historia de dos venezolanos en el incendio de Fort McMurray en Canadá

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04/05/2016
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FOTOGRAFÍA: AFP PHOTO / ALBERTA AGRICULTURE AND FORESTRY DEPARTMENT / LYNN DAINA

El ingeniero de Fort McMurray, Jesús Centeno, estaba anonadado por el incendio que arropó su localidad, con llamas tan altas que “hacían a las casas verse diminutas”.

Hasta ahora, el incendio ha consumido más de 10.000 hectáreas, han destruido 1.600 edificaciones y han desplazado a 80.000 personas —la emergencia más catastrófica en la historia de Alberta, Canadá.

“Recuerdo ver el humo cuando volví a casa del golf, el domingo”, dijo. “Me bañé y cuando salí de la ducha, era como ver una bomba atómica”.

Centeno, un venezolano que vive en Fort McMurray desde hace ocho años, dijo que en su vida había visto un fuego como ese. Pero aparte de la devastación causada por el incendio, a Centeno lo abruma la habilidad de la comunidad de apoyarse los unos a los otros durante tiempos de crisis.

Recapitula lo que comenzó como un día normal de trabajo que cambió apenas los fuegos se acercaron a la comunidad urbana.

“Había una temperatura récord de 32.7°C y el viento era muy fuerte. Para el mediodía, nos dijeron que debíamos evacuar la zona”, dijo. “Intentamos manejar hasta la ciudad, pero cuando estábamos a punto de llegar, un policía nos prohibió entrar. Así que no pudimos llegar a nuestras casas”, relató.

Podía ver las llamas cercando un lado del camino y el tráfico evitaba que los carros avanzaran. Centeno se devolvió a la planta instalada en las arenas bituminosas de Nexen para resguardarse porque no vio otra opción.

Su esposa, Karen, era su principal preocupación en ese punto. Afortunadamente, pudieron ponerse en contacto luego de dejar la ciudad. Karen estaba en un campamento temporal que asentó Suncor para la comunidad, pero tuvo que pasar la noche del martes en un estacionamiento.

“La respuesta ha sido muy buena, pero solo he dormido una hora desde anoche. Me asignaron a un cuarto y ahora lo único que quiero es darme una ducha y acostarme a dormir”, dijo con cansancio palpable.

Karen y Jesús no se han visto en los últimos dos días y no tienen idea de cuando lo harán. Ella está al norte de Fort McMurray, mientras que él está en el sur.

Una vez que él confirmó que su esposa estaba a salvo, Jesús preguntó a su vecino si podía rescatar a su mascota, que dejó en casa.

“Ella se arriesgó. Entró en nuestra casa antes de dejar la ciudad y salvó a nuestro perro”, dijo Centeno.

El continuó expresando su gratitud hacia la compañía por alojarlos a él y a sus compañeros de trabajo, a los bomberos, voluntarios, y oficiales del gobierno que se organizaron para ayudar a los evacuados.

“La gente habla de esta ciudad, sobre cómo los empleados solo vienen a hacer dinero, pero es una comunidad fantástica”, dijo Centeno. “Es triste ver que hemos perdido nuestros hogares, pero esas son solo cosas materiales y siempre se pueden reemplazar”.

Centeno está consciente de que muchas personas van a quedar sin nada y de que vienen tiempos difíciles. Pero también tiene confianza en que Fort Murray puede superar el desastre. 

“Este pueblo solo tiene algunos hoteles y estaremos en refugios temporales por un tiempo —por lo menos una semana— porque además no hay combustible para que las personas se puedan ir en sus carros a alguna otra parte. La comida probablemente también faltará, empleados temporales que no tienen los ahorros que tienen los residentes van a pasar trabajo, pero estoy seguro de que podemos manejar todas esas cosas”, dijo.

“Estamos bien. Vamos a estar bien”.

Nota: Esta historia fue originalmente publicada en inglés en el National Observer por la autora

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