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Las consecuencias morales del chavismo

AVN

El daño que como sociedad nos han hecho en estos años de normas cambiantes y a conveniencia, en todo caso, es a nivel de las instituciones, y no necesariamente en la moral del pueblo.

Una de las preocupaciones que muchos venezolanos tienen, y expresan con más recurrencia, es si los años que nos han tocado vivir nos dejarán algún tipo de secuela. Por lo general se refieren, o más bien temen, si tanta violencia, permisividad del Estado, corrupción o laxitud de las normas, terminarán dejando huellas indelebles en eso que podríamos llamar los valores o nuestra forma de ser.

La inquietud es válida, pero si me lo permiten, casi siempre se plantea de una forma externalizada (pensando que las consecuencias son para los otros), lo que conduce a conclusiones bastante falsas. Quien expresa esta preocupación no es porque él, bajo algún mecanismo de introspección, cuando no de auto-hipnosis, se ha descubierto con principios cambiados, con criterios morales volteados o con deseos incontenibles de trasgredir las normas. Nada de eso. Su preocupación se centra en los demás. En la causa que atribuye a los demás del comportamiento social.

Se interpreta que son los otros los que puede que hayan cambiado para siempre, los que han perdido los valores, los que dejaron de ser lo bueno que eran para convertirse en una suerte de hienas dispuestas a lo que sea con tal de sobrevivir en este infierno que nos ha tocado vivir. Por el contrario, si no son los otros, entonces son los jóvenes, aunque, otra vez, jamás los propios.

Bajo el anonimato de la nueva generación, esta que nació y creció bajo el signo del chavismo, suponen que ellos llevan el estigma de generación perdida, de irrecuperables, de tara cultural que nos llevará años cambiar.

Por ese camino, no se tarda mucho en concluir que el venezolano se ha vuelto triste, cuando antes era alegre; violento, cuando antes era pacífico; corrupto, cuando antes era honesto o desconfiado y aprovechador, cuando en el pasado era amigable y colaborador.

Como se entenderá, estás lógicas maniqueas del comportamiento no son ciertas, y en lo que sigue trataremos de ir desmitificando cada una de estas alarmas colectivas con las que la población ejemplifica lo mal que estamos.

¿Tienen consecuencias morales las crisis económicas?

La respuesta es no, o al menos no de manera directa. Las crisis económicas no producen cambios en los parámetros de diferenciación entre lo bueno y lo malo, que es en definitiva lo que define la moral. Las crisis económicas no pueden por sí solas cambiar esos criterios. Las crisis lo que pueden es cambiar el comportamiento de los individuos, pero no los parámetros desde los cuales los propios individuos evalúan ese comportamiento.

Pongamos un ejemplo. En un experimento controlado supongamos que propiciamos una situación anormal en una panadería cualquiera. El caso es que un conjunto de cómplices en el experimento desayunan y al terminar simplemente saludan al señor de la caja y se van sin pagar. No se trata de uno, sino de varios, muchos, tantos que los que no son cómplices del experimento se dan cuenta que los clientes se van sin pagar con tan sólo saludar. Aquí comienza lo bueno.

Algunos de los que no son cómplices ven el comportamiento de los demás y no tardan en considerar eso como una oportunidad de irse sin pagar, y efectivamente lo hacen. Otros con dudas se acercan a la caja y esperan que el cajero les diga cuánto es, o les pida el ticket, o haga algo que le indiquen lo que deben pagar. El cajero sólo saluda con una sonrisa. El pago en la panadería se ha vuelto un caos, nadie sabe muy bien si paga o se va sin hacerlo ¿La hora loca de la panadería?

El experimento no termina. A la salida de la panadería, se encuentran unos encuestadores y a los clientes no cómplices que saludaron y se fueron, se les pregunta si les parece bien que que la gente salga sin pagar lo que consumió. Allí empieza el lío moral. Excusas van y vienen, algunas personas se devuelven a pagar, otros se justifican porque los demás lo hacían. Etcétera, etcétera.

En todos los casos los comensales reconocían no haber perdido el sentido de lo que debían hacer, sólo cambió el comportamiento porque cambió la regla, ésta se relajó o se suspendió por alguna razón, lo que en ningún caso sería imputable a la pérdida o cambio de la moral de nadie.

Distinguir entre valores morales y comportamiento social es importante porque este último no depende sólo de las normas o pautas que hayamos aprendido, sino también, y muy especialmente, del contexto en que ellas operan, de los incentivos que existen, de las instituciones con las que interactuamos.

Es por ello que el daño que como sociedad nos han hecho en estos años de normas cambiantes y a conveniencia, en todo caso, es a nivel de las instituciones, y no necesariamente en la moral del pueblo.

Por ser acciones que dependen de incentivos, de adaptaciones racionales al estado de cosas que la revolución bolivariana ha creado, cabe esperar que su cambio (la vuelta a comportamientos más alineados con los preceptos morales del bien común, la convivencia y la justicia), dependerá de las transformaciones institucionales y no tanto de la recomposición de los valores. Dependerá de nuevas reglas de relacionamiento y no sólo de la recuperación de los contenidos educativos. En resumen, cambiará el venezolano cuando lo hagan la estructura de incentivos, sin tener que esperar por la transformación de esa cosa rara que llaman consciencia.

¿Una generación perdida?

Si lo que observamos con estupor en el presente, desde saqueos hasta linchamientos, son más el resultado del mundo material, del entorno situacional de cada caso, que de valores perdidos; entonces se entenderá que los cambios recuperadores pueden ser rápidos. Si cambiamos los contextos, cambia el comportamiento. Por ello, no se necesitan años de espera o generaciones futuras para enderezar los entuertos.

Lo anterior no quiere decir que las normas no importan. Lógicamente todo lo que pueda impartirse desde la educación y la familia, así como el reforzamiento valorativo que provenga desde los lugares de trabajo, las instituciones públicas, las iglesias y las organizaciones sociales en general, no sólo es bienvenido, sino además es necesario. Pero, como decíamos, los cambios en el comportamiento dependen de los entornos y estos pueden cambiar con rapidez.

Las reformas económicas e institucionales de los países de América Latina que pasaron por traumas similares al nuestro, son pruebas de la naturaleza del problema, del tipo de soluciones y de los plazos de la recomposición.

En nuestro patio creo que el comportamiento político de la generación emergente, esa que no alcanza aún a los 30 años, es la prueba, no sólo de que esa generación que nació con el chavismo no se perdió, sino todo lo contrario, esa es la generación que nos está sacando de esto.

Como colectivo la mayoría de ellos no simpatizan con la revolución bolivariana en una proporción de 2 a 3, por decir lo menos, y en términos de liderazgo ellos son la generación que le van propinando las derrotas al estatus al menos desde 2007 hasta el presente.

Si de generación perdida hablamos, yo diría que fue la mía. Los que tenemos más de 45 o 50 años somos responsables del chavismo en el poder. Nosotros fuimos los responsables de que las ideas fascistamente sencillas de explicar se impusiera en la opinión pública, se ensalzó la anti-política, se pretendió gobernar o hacer política sin partidos políticos. Esa fue la generación que se comió el cuento de la superioridad de los gerentes y estudiados sin importar la sensibilidad y la proximidad con el pueblo.

Las ideas con las que Chávez ganó su primera elección fueron seguidas, aplaudidas y lógicamente votadas por esa clase media defraudada y empobrecida que vio en la figura del hombre fuerte, al vengador, cuando no al castigador del caos adeco-copeyano de entonces, la forma de solucionar rápidamente y sin esfuerzo propio los problemas de hace 20 años.

Esto no quiere decir de que la generación de hoy tenga más o mejores valores a los que tenía o tiene la anterior. No estamos afirmando que la generación que nació bajo el chavismo es superior moralmente a la que llevó con entusiasmo a Chávez a ser presidente. Se trata de contextos y de procesos sociales distintos, que le permitieron a los jóvenes de hoy experimentar el desastre del populismo actual, mientras que la generación previa apostó infantilmente a que un caudillo les resolviera los problemas.

Son comportamientos sociopolíticos distintos, que si bien parten de principios morales similares y compartidos por ambas generaciones, sus circunstancias los llevan a comportamientos sociopolíticos diferentes.

¿Se puede prescindir de los valores? ¿Cómo se robustecen?

Con lo dicho hasta aquí, cabe preguntar ¿los valores no importan? Obviamente sí. Los valores son mamparas para evitar que todo el comportamiento sea resultado del contexto donde tiene lugar la acción. Sirven para resguardar el orden cuando la vida material se vuelve caótica y, claro está, operan como límite a la conveniencia utilitaria. Un Chávez en una sociedad con valores democráticos más fuertes e ideas económicas distintas a las de la Venezuela de finales de siglo, le habría costado más trabajo engañarla.

El problema en Venezuela con lo valores no es tanto que no se tengan, o que se hayan perdido, sino que no existen entidades y procesos sociales que los refuercen. Lo que se aprende en la casa y en la escuela debe ser reforzado (y en especial sancionado cuando se desvía), a lo largo de toda la vida, cuestión que no ocurre en Venezuela producto de nuestra debilidad institucional.

Cuando los tribunales obran según el capricho del Ejecutivo, cuando las normas se cambian a conveniencia, cuando los crímenes o faltas se pagan sólo dependiendo de quien es la víctima o el victimario; entonces los aprendizajes valorativos dejan de tener presencia cotidiana y son las otras variables las que tienen más importancia en la determinación del comportamiento.

Así los valores no se pierden, sino que las instituciones dejan de recordárnoslos al dejar de convertir en consecuencias negativas su transgresión. Esta ha sido precisamente la consecuencias moral del chavismo: destruyó la institucionalidad, esa que permite desde los incentivos reforzar los valores.

Reconstruir la institucionalidad civil, democrática y pública en general será la gran obra de reconstrucción social del país. Para ello habrá que poner a un lado muchas de las cosas que el chavismo vendió como “moral”. Tendremos que poner en su sitio al militarismo, acabar con los privilegios y apartar de las normas los casos especiales. Para que a partir de entonces todos pasemos a ser iguales, civiles y responsables de nuestro comportamiento. Esa es la forma de reforzar lo que hoy vemos como moralidad perdida, o mejor, laxa o suspendida.

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