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Lo que pudo haber sido… ¿será?

Plaza Venezuela 1960 Caracas Ora Chapellin

Ayer llevé a una prima que vive en España a conocer la Villa Planchart. Uno de los más hermosos tesoros de Caracas, se yergue altiva sobre un cerrito –de allí su otro nombre, El Cerrito- con una vista de 360 grados de nuestra ciudad capital. Ella salió feliz e impresionada de haber conocido esa maravilla y comentó que ésa era la Caracas que había frecuentado cuando era una niña. Una Caracas que se ha ido desdibujando en el tiempo y de la que quedan construcciones como El Cerrito, símbolos de lo que pudo haber sido si no hubiera pasado todo lo que pasó.

Cuando Anala y Armando Planchart fueron a Milán a contratar al arquitecto Gio Ponti para que les diseñara la casa, era muy poco lo que el italiano sabía de Caracas. Pero cuando llegó aquí, a fines de los años 50, se enamoró no sólo de la idea de diseñarles la casa a los Planchart, sino del prospecto que significaba aquella metrópoli que entraba en la modernidad. Comentó varias veces sobre su convicción de que Caracas se convertiría en la referencia arquitectónica del siglo XX en América Latina e incluso dejó proyectos -que por desgracia nunca se construyeron- para la ciudad.

Gio Ponti se encontró con una ciudad que crecía a un ritmo vertiginoso, gracias a la industria petrolera. A tres lustros de la muerte de Juan Vicente Gómez, la Venezuela rural se desdibujaba para dar paso a una Venezuela moderna. Era un país donde todo estaba por hacerse y para quien estuviera dispuesto a trabajar, el lugar para hacer fortuna de manera honesta.

Marcos Pérez Jiménez, el dictador de los años 50, fue un constructor. Un hombre con la visión de un gran país, que por desgracia sucumbió a la tentación del autoritarismo. A diferencia de lo que tenemos hoy en día, un régimen formado por los peores destructores que ha conocido Venezuela, Pérez Jiménez sentó las bases para que la Venezuela moderna despegara. Bases sobre las que construyeron los demócratas. El nuestro era un país que tenía a su favor todos los indicadores para ser un país desarrollado a la entrada del nuevo milenio. Sin embargo, la historia demostró que para ser un país desarrollado no sólo se necesitan indicadores económicos promisorios, ni balanzas de pago positivas. Se necesita educación, educación y más educación. Educación para obtener conocimientos, educación para formar ciudadanos y educación en valores. La receta infalible de los países que han sido exitosos. Aquí no hay que inventar nada. Las “terceras vías” han demostrado ser un fracaso. Siempre recuerdo a ese prohombre que fue mi amigo Ricardo Zuloaga, quien constantemente decía que “no tenemos que inventar el agua tibia. Lo que tenemos que hacer es copiarnos de quienes lo han hecho bien”. Sin complejos. Ya vivimos lo que es ser gobernados por unos acomplejados que vinieron a vengarse de quién sabe qué humillaciones, donde hemos pagado más justos que pecadores.

Lo que pudo haber sido puede llegar a ser. Yo estoy convencida de que al salir de este régimen el factor confianza generará cuantiosas inversiones que redundarán en el bien colectivo. Pero ya sabemos que eso sólo no resolverá los problemas de raíz que tenemos. Por eso, a quienes les toque conducir el destino de la nación les pido, mejor dicho, les exijo, que se dediquen a sembrar conocimientos, ciudadanía y ética. Si no, la lección es que el fondo no tiene fondo. Y lo que pudo haber sido… ¡no será!

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